martes, 24 de enero de 2017

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 1-10



Hermanos:
La Ley, al no tener más que la sombra de los bienes futuros y no la misma realidad de las cosas, con los sacrificios repetidos año tras año en forma ininterrumpida, es incapaz de perfeccionar a aquellos que se acercan a Dios. De lo contrario no se hubieran ofrecido más esos sacrificios, porque los que participan de ellos, al quedar purificados una vez para siempre, ya no tendrían conciencia de ningún pecado. En cambio, estos sacrificios renuevan cada año el recuerdo del pecado, porque es imposible que la sangre de toros y chivos quite los pecados.
Por eso, Cristo al entrar en el mundo dijo:
“Tú no has querido sacrificio ni oblación;
en cambio, me has dados un cuerpo.
No has mirado con agrado los holocaustos
ni los sacrificios expiatorios.
Entonces dije: Dios, aquí estoy, yo vengo
como está escrito de mí en el libro de la Ley
para hacer tu voluntad”
Él comienza diciendo: “Tú nos has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios, a pesar de que están prescritos por la Ley”, Y luego añade: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Como consecuencia de la caída original, la naturaleza del hombre está inclinada al mal. De ahí deriva un estado de esclavitud permanente. Por eso, la ley antigua prescribía complicados ritos de purificación, exigía la ofrenda repetida de víctimas sacrificiales. Estos conseguían mantener viva la conciencia del pecado, pero eran insuficientes para extirparlo de raíz y devolver la auténtica libertad. Un rito exterior no puede poner remedio de manera automática a una herida interior que tiene su origen en un acto de desobediencia a Dios. El verdadero antídoto está, en la humilde obediencia al designio divino de salvación. Jesús vino al mundo a construir, por vez primera, este camino de retorno, abriendo así a los hombres la única vía que puede conducir a la salvación. Aunque era Hijo de Dios, se rebajó a la condición humana y se hizo obediente hasta morir en la cruz. Toda su vida terrena fue: «hacer la voluntad de aquel que me ha enviado-». En esta obediencia consiste el culto perfecto en espíritu y en verdad, el que no se agota en prácticas exteriores, sino que se convierte en comunión con Dios y en salvación para todos.

P. Juan R. Celeiro

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