lunes, 30 de enero de 2017

Lectura de la carta a los Hebreos 11, 32-40



Hermanos:
Me faltaría tiempo para hablar de los Jueces y de los Profetas que Dios envió a su pueblo.
Ellos, gracias a la fe, conquistaron reinos, administraron justicia, alcanzaron el cumplimiento de las promesas, cerraron las fauces de los leones, extinguieron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada. Su debilidad se convirtió en vigor: fueron fuertes en la lucha y rechazaron los ataques de los extranjeros.
Hubo mujeres que recobraron con vida a sus muertos. Unos se dejaron torturar, renunciando a ser liberados, para obtener una mejor resurrección.
Otros sufrieron injurias y golpes, cadenas y cárceles. Fueron apedreados, destrozados, muertos por la espada. Anduvieron errantes, cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, desprovistos de todo, oprimidos y maltratados. Ya que el mundo no era digno de ellos, tuvieron que vagar por desiertos y montañas, refugiándose en cuevas y cavernas.
Pero, aunque su fe los hizo merecedores de un testimonio tan valioso, ninguno de ellos entró en posesión de la promesa.
Porque Dios nos tenía reservado algo mejor, y no quiso que ellos llegaran a la perfección sin nosotros.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Se canta, como en una rapsodia, la fe de los padres de Israel y se los propone como modelo a los judíos cristianos que vacilan en la fidelidad a Cristo porque están siendo probados por la persecución y asediados por la nostalgia de los ritos del templo. La fe les dio a sus padres la energía espiritual necesaria para realizar grandes empresas y para soportar penosas tribulaciones, en particular el desprecio y la marginación, señal de que «el mundo no era digno» de ellos. La ejemplar fortaleza de ánimo de los antiguos debe estimularlos, haciéndoles comprender que el ser extraños al mundo -cosa que padecen de una manera dolorosa- es la condición normal para quien quiere adherirse de verdad a Dios. De la comparación con estos «gigantes en la fe» procede otro consuelo: la gracia recibida por los creyentes en Cristo e s mayor, ya que Jesús es el cumplimiento de las promesas de Dios. Los justos de la antigua alianza vivieron con la mirada puesta en un futuro que no pudieron ver, y el buen testimonio de su fe debe sostener ahora a cuantos –habiendo tenido el don de conocer a Cristo- están llamados a perseverar firmes en la espera de su día glorioso, cuando se consume el designio de su salvación universal.

P. Juan R. Celeiro

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