domingo, 5 de febrero de 2017

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 2, 1-5



Hermanos, cuando los visité para anunciar  el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.


Me presenté a vosotros débil y temeroso… para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. San Pablo reconocía siempre su debilidad y pensaba que toda su fortaleza estaba en Cristo, en un Cristo humillado, crucificado y resucitado. Cuanto más débil se veía a sí mismo, más se agarraba al Cristo que había triunfado de la muerte. Su fortaleza era la fortaleza de Cristo, porque él ya no vivía para sí mismo, sino que era Cristo quien vivía en él. Su humildad cristiana no era debilidad temerosa, sino confianza atrevida; era débil por sí mismo, pero era fuerte en el Dios que le confortaba. Así quería san Pablo que fueran los cristianos de Corinto: que su fe no se apoyara en el poder y en la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu, en el poder de Dios. Mirar la vida desde Cristo, implica dar valor a las personas más sufrientes, pobres y marginadas.

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