lunes, 20 de febrero de 2017

Lectura del libro del Eclesiástico 1, 1-10




Toda sabiduría viene del Señor,
      y está con Él para siempre.
¿Quién puede contar la arena de los mares,
      las gotas de la lluvia y los días de la eternidad?
¿Quién puede medir la altura del cielo,
      la extensión de la tierra, el abismo y la sabiduría?
Antes que todas las cosas fue creada la sabiduría,
      y la inteligencia previsora desde toda la eternidad.
El manantial de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas,
      y sus canales son los mandamientos eternos.
¿A quién fue revelada la raíz de la sabiduría
      y quién conoció sus secretos designios?
¿A quién se le manifestó la ciencia de la sabiduría
      y quién comprendió la diversidad de sus caminos?
Sólo uno es sabio, temible en extremo:
      el Señor, que está sentado en su trono.
Él mismo la creó, la vio y la midió,
      y la derramó sobre todas sus obras:
la dio a todos los hombres, según su generosidad,
      y la infundió abundantemente en aquéllos que lo aman.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos


El Eclesiástico uno de los libros sapienciales, que tienen como característica su destacado interés por la sabiduría: un camino humano y espiritual que, partiendo de una dimensión humana, llega a las cumbres de una experiencia divina. El autor, ante la injerencia  de la civilización griega en el mundo judío, exhorta a sus discípulos a permanecer fíeles a la enseñanza de la religión de sus padres. Se hace saber que la sabiduría viene de Dios, es una propiedad suya. Por eso, es un bien primordial, creado antes de todas las cosas, no sujeto a valoración humana, dado que supera con mucho todas las posibilidades de comprensión por parte de los hombres. Una segunda afirmación nos revela que ese bien divino ha sido derramado sobre toda la creación. En ella encontramos los signos de la sabiduría divina. Ante la inmensidad del mar o ante una noche estrellada o el esplendor de un atardecer encendido, no es difícil ascender al Creador y apreciar su divina belleza. La tercera afirmación es como una semilla fructífera en la mente del lector: el lugar privilegiado en que está depositada es el corazón de aquellos que aman a Dios. Se crea un útil paralelismo entre sabiduría y amor. Quienes aman a Dios son los verdaderos sabios. En ellos mora la sabiduría, un atributo de Dios; más aún, Dios mismo.



P. Juan R. Celeiro

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