martes, 14 de febrero de 2017

Lectura del libro del Génesis 6, 5-8; 7, 1-5.10




Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón. Por eso el Señor dijo: «Voy a eliminar de la superficie del suelo a los hombres que he creado –y junto con ellos a las bestias, los reptiles y los pájaros del cielo– porque me arrepiento de haberlos hecho». Pero Noé fue agradable a los ojos del Señor.
Entonces el Señor dijo a Noé: «Entra en el arca, junto con toda tu familia, porque he visto que eres el único verdaderamente justo en medio de esta generación. Lleva siete parejas de todas las especies de animales puros y una pareja de los impuros, los machos con sus hembras –también siete parejas de todas las clases de pájaros– para perpetuar sus especies sobre la tierra. Porque dentro de siete días haré llover durante cuarenta días y cuarenta noches, y eliminaré de la superficie de la tierra a todos los seres que hice». Y Noé cumplió la orden que Dios le dio.
A los siete días, las aguas del Diluvio cayeron sobre la tierra.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos



Dios se da cuenta de que el pecado humano compromete la bondad de la creación: «se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra» y se sintió profundamente afligido. ¡Un Dios sorprendente, que se arrepiente de lo que apenas acaba de hacer! Dios no se arrepiente de la creación en sí, que sigue siendo buena; le disgusta el pecado de los hombres, que la contamina. En realidad, correspondería a los hombres «arrepentirse» de sus pecados: Dios hace lo que los hombres no son capaces de hacer. Y su arrepentimiento (si así podemos llamarlo) inventa el único remedio posible, dada la gravedad de la situación. Destruir para reconstruir, des-crear para re-crear, recomenzar todo desde el principio. Del diluvio, tenemos paralelos literarios en la antigua Mesopotamia y versiones orales en casi todas las culturas primitivas. El autor bíblico lo reelabora como el único remedio posible a la maldad del corazón humano. No hay que tomarlo, como un castigo que golpea indiscriminadamente a justos e injustos, a inocentes y a culpables.  La intención divina es recrear el mundo,  renovar la faz de la tierra. Alguien sobrevive, por gracia, y representa a toda la humanidad salvada de las aguas, fundador de una nueva familia humana. En la tradición cristiana, Noé se convertirá en figura de Jesús; las aguas del diluvio emblema del bautismo que ahora nos salva, y el arca de la supervivencia de hombres y animales, una imagen de la «barca» eclesial.


P. Juan R. Celeiro

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