jueves, 9 de marzo de 2017

Lectura del libro de Ester 3, 6; 4, 11-12. 14-16. 23-25



El rey de Persia firmó un decreto, ordenando que todos los judíos fueran exterminados del país por la espada. Al enterarse, todo Israel clamaba con todas sus fuerzas, porque veían que su muerte era inminente.
La reina Ester, presa de una angustia mortal, también buscó refugio en el Señor. Luego oró al Señor, Dios de Israel, diciendo:
«¡Señor mío, nuestro Rey, Tú eres el Único!
Ven a socorrerme, porque estoy sola,
no tengo otra ayuda fuera de ti
y estoy expuesta al peligro.
Yo aprendí desde mi infancia, en mi familia paterna,
que Tú, Señor, elegiste a Israel entre todos los pueblos,
y a nuestros padres entre todos sus antepasados,
para que fueran tu herencia eternamente.
¡Y Tú has hecho por ellos lo que habías prometido!

¡Acuérdate, Señor, y manifiéstate
en el momento de nuestra aflicción!
Y a mí, dame valor, Rey de los dioses
y Señor de todos los que tienen autoridad.
Coloca en mis labios palabras armoniosas
cuando me encuentre delante del león,
y cámbiale el corazón
para que deteste al que nos combate
y acabe con él y con sus partidarios.
¡Líbranos de ellos con tu mano
y ven a socorrerme, porque estoy sola,
y no tengo a nadie fuera de ti, Señor!
Tú, que lo conoces todo».

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

«No conviene que el hombre esté solo»: es como si Dios, después de haber creado a Adán, se diera cuenta de que no lo hizo bien. El hombre, por sí solo, es una criatura no lograda, incompleta. En el relato de Gn 1, después de haber creado al hombre varón y mujer, «vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno». Aquí, el varon por sí solo, «no es bueno». ¿Por qué? Porque el hombre no es Dios. El hombre es imagen de Dios, es «poco menos» que Dios (Sal 8), pero no es Dios. Sólo Dios es grande. La soledad va acompañada de una idea de grandeza, de autosuficiencia. El hombre, en cambio, es pequeño, debe crecer, debe multiplicarse. Debe recorrer un camino, no puede permanecer solo. El hombre, para tener una historia, necesita a alguien como él que le acompañe. La mujer es «una ayuda adecuada». Es una ayuda porque le limita en su deseo de omnipotencia o porque le fuerza a salir de su aislamiento. Así, el autor se muestra realista en el tema de la relación hombre y mujer, no proyecta una mirada ideal. Esta relación puede llegar a ser conflictiva (cf. 3,16). Sin embargo, está bendecida, porque sustrae al hombre, a la mujer, de la soledad. De ahí que el primer encuentro entre un hombre y una mujer tenga algo de fascinante. Percepción de una pertenencia recíproca, de un destino común. La atracción ejercida por la mujer sobre el hombre, es una fuerza misteriosa que le libera de una soledad que no es buena.


P. Juan R. Celeiro

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Buscar este blog