martes, 14 de marzo de 2017

Lectura del libro de Isaías 1, 10. 16-20




¡Escuchen la palabra del Señor,
jefes de Sodoma!
¡Presten atención a la instrucción de nuestro Dios,
pueblo de Gomorra!
¡Lávense, purifíquense,
aparten de mi vista
la maldad de sus acciones!
¡Cesen de hacer el mal,
¡aprendan a hacer el bien!
¡Busquen el derecho,
socorran al oprimido,
hagan justicia al huérfano,
defiendan a la viuda!

Vengan, y discutamos
-dice el Señor-.
Aunque sus pecados sean como la escarlata,
se volverán blancos como la nieve;
aunque sean rojos como la púrpura,
serán como la lana.
Si están dispuestos a escuchar,
comerán los bienes del país;
pero si rehúsan hacerlo y se rebelan,
serán devorados por la espada,
porque ha hablado la boca del Señor.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Dios se da cuenta de que el pecado humano compromete la bondad de la creación: «se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra» y se sintió profundamente afligido. ¡Un Dios sorprendente, que se arrepiente de lo que apenas acaba de hacer! Dios no se arrepiente de la creación en sí, que sigue siendo buena; le disgusta el pecado de los hombres, que la contamina. En realidad, correspondería a los hombres «arrepentirse» de sus pecados: Dios hace lo que los hombres no son capaces de hacer. Y su arrepentimiento (si así podemos llamarlo) inventa el único remedio posible, dada la gravedad de la situación. Destruir para reconstruir, des-crear para re-crear, recomenzar todo desde el principio. Del diluvio, tenemos paralelos literarios en la antigua Mesopotamia y versiones orales en casi todas las culturas primitivas. El autor bíblico lo reelabora como el único remedio posible a la maldad del corazón humano. No hay que tomarlo, como un castigo que golpea indiscriminadamente a justos e injustos, a inocentes y a culpables.  La intención divina es recrear el mundo,  renovar la faz de la tierra. Alguien sobrevive, por gracia, y representa a toda la humanidad salvada de las aguas, fundador de una nueva familia humana. En la tradición cristiana, Noé se convertirá en figura de Jesús; las aguas del diluvio emblema del bautismo que ahora nos salva, y el arca de la supervivencia de hombres y animales, una imagen de la «barca» eclesial.


P. Juan R. Celeiro

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