miércoles, 15 de marzo de 2017

Lectura del libro de Jeremías 18, 18-20




Los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén dijeron: «¡Vengan, tramemos un plan contra Jeremías, porque no le faltará la instrucción al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta! Vengan, inventemos algún cargo contra él, y no prestemos atención a sus palabras».

¡Préstame atención, Señor,
y oye la voz de los que me acusan!
¿Acaso se devuelve mal por bien
para que me hayan cavado una fosa?
Recuerda que yo me presenté delante de ti
para hablar en favor de ellos,
para apartar de ellos tu furor.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Jeremías fue una figura impresionante de la pasión de Jesús. Tuvo que hablar en nombre de Dios en tiempos difíciles, inmediatamente antes del destierro. No le hicieron caso. Le persiguieron. Les estorba. Como estorban siempre los verdaderos profetas, los que dicen, no lo que halaga los oídos de sus oyentes, sino lo que es la voluntad de Dios. El profeta se queja ante Dios de esta persecución y le pide su ayuda. Se siente indefenso. Y eso que Jeremías habla intercedido ante Dios en favor del pueblo que ahora le vuelve la espalda. Lo que pasa con Jeremías es un exacto anuncio de lo que en el NT harán con Jesús sus enemigos, acusándole y acosándole hasta eliminarlo. Pero él murió pidiendo a Dios que perdonara a sus verdugos. Jeremías es también el prototipo de tantos inocentes que padecen injustamente por el testimonio que dan, y de tantos profetas que en todos los tiempos han padecido persecución y muerte por sus incómodas denuncias.


P. Juan R. Celeiro

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