domingo, 26 de marzo de 2017

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1 b. 5b- 7. 10-13a



El Señor dijo a Samuel: «¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey».
Samuel fue, purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrificio. Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: «Seguro que el Señor tiene ante Él a su ungido».
Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque Yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón».
Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a ninguno de éstos». Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿Están aquí todos los muchachos?»
Él respondió: «Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño».
Samuel dijo a Jesé: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí».
Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo, porque es éste».
Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Se puede decir con verdad que «las apariencias engañan». También para personajes bíblicos de la talla de Samuel. El momento tiene toda la importancia que se da a la unción del rey. Con el rey cambia, el modo mismo de guiar Dios a su pueblo. No es extraño que Samuel, mirando con sus propios ojos, se fijara en la apariencia, resumida en una gran estatura. Un hombre corpulento y fuerte, le hace pensar a Samuel: «Seguro que el Señor tiene ante Él a su ungido». Pero, recibe la primera gran lección, vista desde los ojos de Dios. Un criterio repetido en los relatos de vocación: «Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón ». La mirada humana no repara en lo pequeño. Con afanes de grandeza, había hecho Samuel pasar a los hijos de Jesé ante el Señor. Y, extrañado, pregunta: « ¿estan aquí todos los muchachos?». Y es que faltaba el pequeño. A él lo habían enviado a cuidar el rebaño, porque no estaba previsto que entrara en el «desfile». Y sin embargo, «dijo el Señor, levántate, porque es este». ¡Cuánta teología de lo pequeño encierran los relatos vocación!..., como para andar buscando apariencias de grandeza...




P. Juan R. Celeiro

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