jueves, 16 de marzo de 2017

Una revisión cuaresmal


(Para colocar a Cristo en el corazón)

Relación con Dios. ¿Cuántas veces recurres al día
a la vitamina de la oración? ¿Es la llave de tus días
y el cerrojo de tus noches? ¿Eres consciente que,
con la oración, ejercitas tu piedad, tus detalles con el Señor?

Visión del Señor. ¿Reconoces al Señor en los que te rodean
y, especialmente, en los más necesitados? ¿Sueles utilizar
gafas oscuras para ver sólo aquello que te conviene
y menos hiere tu sensibilidad espiritual?

La paz con Dios. ¿Tienes asignaturas pendientes con alguien
cercano o lejano? ¿Te cuesta ofrecer tu perdón o, si lo ofreces,
recordar que tú has sido el que ejerció la misericordia?

El perdón con Jesús. La convivencia, la seducción,
las prisas…. nos hacen caer con frecuencia en el pecado.
¿Cuánto hace que no practicas la confesión sacramental?
¿Que ya lo haces directamente con Dios? ¿Te imaginas que,
ante una enfermedad grave, tú mismo te automedicaras?

El ayuno de palabras. El mundo es un volcán de palabras.
Muchas de ellas son ofensivas y otras tantas vacías de contenido.
¿Cómo son tus expresiones? ¿Eres exigente a la hora
de seleccionar una lectura, una emisora que te haga
crecer interior y exteriormente como cristiano?

La sobriedad en la vida. La crisis nos hace caer en la cuenta
de que, tal vez, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades
y que, el becerro de oro, es eso: oro que no garantiza la felicidad
permanente ni verdadera. ¿Prácticas la austeridad en aquello
que es secundario e innecesario?

La caridad con el Señor. Como cristianos sabemos
que la caridad es un deber. Elegir la forma y el método
es cosa de cada uno. ¿Utilizas algún medio eclesial
para que llegue tu generosidad a los más pobres?

La escucha del Espíritu. Sometidos a una invasión de decibeles
nuestros oídos suelen ser tercos para escuchar lo esencial.
¿Estás atento a la Palabra de Dios? ¿Llegas con puntualidad
a la Eucaristía? Para testimoniar a Cristo, primero
hay que conocerlo.

El dinamismo de la fe. Hay caminos que nos llevan al cielo y,
otros, que nos alejan de él. ¿Cuánto hace que no mides
los kilómetros recorridos por los senderos de la fe?
¿Qué durezas han aparecido en las plantas de tus pies
que te impiden caminar con libertad, coherencia y valentía?
¿Tal vez el egoísmo, la avaricia, la comodidad, la pereza?

El corazón. Cuando nos levantamos solemos asearnos
y arreglar el pelo pero, por otra parte, no siempre cuidamos
el corazón. ¿Sientes al Señor en tu interior? ¿Le has dejado
la mejor habitación para él? ¿Eres consciente de que
“un infarto espiritual” consigue que tu corazón siga
funcionando pero sólo para el cuerpo y no para Dios?

La cruz de nuestro hombro. Rodeados de diversos
acontecimientos dolorosos y superados por otros tantos
dramas internacionales, corremos el riesgo de no ser sensibles
a la cruz. De conformarnos con la propia. Recuerda que,
Dios, nunca nos ofrece sino aquella carga que podemos soportar.
Y, cuando somos alivio en la de los demás, entonces el Señor
refuerza nuestro hombro.

P. Javier Leoz

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