viernes, 14 de abril de 2017

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9



Hermanos:
Ya que tenemos en Jesús, el Rijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.
Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.
Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Palabra de Dios.



 ACERQUÉMONOS CONFIADAMENTE. "Mantengamos firmes la fe que profesamos" (Hb 4, 14) La perícopa de la carta a los Hebreos que contiene la segunda lectura de hoy, nos exhorta a la confianza, a la firme convicción de que podemos, y debemos, acercarnos al trono de la gracia, es decir al trono de Dios, para alcanzar misericordia y ayuda en el tiempo oportuno. Nada, por tanto, ha de frenar nuestra camino hacia Dios, nada debe oscurecer nuestra seguridad en ser escuchados y complacidos en nuestras peticiones.
La razón última está en que Jesús es nuestro intercesor, el Sumo Sacerdote que ha penetrado ya en los cielos. El es, además, conocedor de nuestras necesidades, de nuestras limitaciones y carencias. El se hizo hombre con todas sus consecuencias, fue igual a nosotros, menos en el pecado. Por eso puede compadecerse de las flaquezas que nos afligen. De ahí que debemos estar firmes, seguros de ser comprendidos y atendidos.



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