domingo, 23 de abril de 2017

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pedro 1, 3-9



Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final.
Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en Él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación.

Palabra de Dios.


 La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final… Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco. Sí, alegrémonos, como nos dice hoy el apóstol san Pedro, con un gozo inefable y transfigurado. La fe, acompañada de la  confianza cristiana, debe producirnos la alegría de saber que la fuerza de Dios nos salvará por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. Una fe sin alegría sería una fe sin esperanza, y, como sabemos, sin esperanza, no se puede vivir. También las primeras comunidades cristianas tuvieron que sufrir, a veces hasta el martirio, y san Pedro les recomienda que no perdieran nunca la alegría de ser cristianos Al final, es siempre Dios el que salva.

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