martes, 25 de abril de 2017

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 5, 5b-14


Queridos hermanos:
Que cada uno se revista de sentimientos de humildad para con los demás, porque Dios se opone a los orgullosos y da su ayuda a los humildes. Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que él los eleve en el momento oportuno. Descarguen en él todas sus inquietudes, ya que él se ocupa de ustedes.
Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar.
Resistan firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo padecen los mismos sufrimientos que ustedes. El Dios de toda gracia, que nos ha llamado a su gloria eterna en Cristo, después que hayan padecido un poco, los restablecerá y confirmará, los hará fuertes e inconmovibles. ¡A él sea la gloria y el poder eternamente! Amén.
Les escribo estas palabras por medio de Silvano, a quien considero un hermano fiel, para exhortarlos y atestiguar que ésta es la verdadera gracia de Dios: permanezcan adheridos a ella.
La Iglesia de Babilonia, que ha sido elegida como ustedes, los saluda, lo mismo que mi hijo Marcos. Salúdense los unos a los otros con un beso de amor fraternal.
Que descienda la paz sobre ustedes, los que están unidos a Cristo.

Palabra de Dios.

Dios, en Cristo, nos ha llamado a su eterna Gloria. Sin embargo para llegar a ella ya sabemos cuál es el camino: Cristo Jesús que, en obediencia amorosa a su Padre celestial, se encamina hacia Él pasando por el sufrimiento y la muerte, como el signo de su amor hasta el extremo por nosotros, para perdonarnos y reconciliarnos con nuestro Dios y Padre.
Los que aceptamos el llamamiento de Dios a participar de su Vida y de su Gloria, no podemos inventarnos un camino al margen de Cristo. También nosotros hemos de tomar nuestra cruz de cada día, y encaminar nuestros pasos hacia la gloria que nos espera después de breves sufrimientos. Por eso no podemos vivir bajo el signo del orgullo, que nos levanta en contra de Dios y en contra de nuestro prójimo, sino bajo el signo de la humildad, que nos hace estar abiertos a la voluntad de Dios sobre nosotros y sobre su Iglesia, para llevar nuestra existencia conforme al estilo de vida de Cristo.
La humildad nos hará bajar las armas, pues no podemos destruirnos unos y otros, sino que nos hemos de ver como hermanos, siempre dispuestos a vivir en paz, en santidad de vida y en un auténtico amor fraterno. Así, fortalecidos por el Espíritu de Dios y por la caridad fraterna, no seremos víctimas del maligno que, como león rugiente, quisiera devorarnos y separarnos del amor a Dios y del amor al prójimo.
Pongamos nuestra vida en manos de Dios; pero que esto no nos lleve a desligarnos de nuestras obligaciones, sino que, confiados en el Señor, trabajemos incansablemente por hacer realidad entre nosotros su Reino, afrontando, con fortaleza y humildad, todos los riesgos que por ello nos vengan, sabiendo que, al final, Dios será nuestra recompensa eterna.



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