domingo, 23 de abril de 2017

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47



Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno.
Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo.
Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquéllos que debían salvarse.

Palabra de Dios.


Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Uno se alegra al ver de nuevo a alguien al que amamos, en el que creemos, en el que confiamos. Uno se alegra, sobre todo, si creíamos que le habíamos perdido, que había desaparecido, o porque creíamos que él había dejado de amarnos, y, de pronto, le tenemos ahí, delante de nosotros, diciéndonos de mil maneras que sigue amándonos, que él nunca nos había olvidado, que nos trasmite una vez más, de nuevo, su paz, su espíritu, su presencia confortadora y protectora. Esto es lo que les pasó a los discípulos de Jesús. Se habían quedado desconcertados y llenos de dudas cuando vieron que sus enemigos, las autoridades judías y romanas le habían matado, habían terminado con él. Sí, es verdad que algunas mujeres de las que más le amaban decían que ellas le habían visto, que estaban seguras de que había resucitado. Pero los discípulos no creyeron a las mujeres y andaban huidizos, llenos de miedo, escondidos en una casa. Cuando ahora ellos mismos le ven se llenan de alegría, porque vuelven a creer en él, a confiar en él, a recibir su paz y su espíritu. Sí, es la fe en Jesús la que les llena de alegría, la que les da paz, confianza, fuerza y valor para seguir viviendo como auténticos creyentes. Entre los discípulos no estaba Tomás, y Tomás andaba tan despistado y muerto de miedo como los demás antes de ver a Jesús. Tomás no era ni mejor, ni peor que los otros. Y cuando vio de nuevo a Jesús también él se llenó de alegría, recibió su espíritu y creyó firmemente en él. ¡Señor mío y Dios mío! ¿Y nosotros? ¿Nuestra fe en Jesús nos hace alegres, fuertes de espíritu, apóstoles valientes y decididos anunciadores del evangelio, de la buena nueva, que Jesús vino a traer al mundo, vino a traernos a nosotros? Es posible que todos nosotros, en estos momentos, tengamos dentro de nosotros a algún Tomás. ¿Nuestra fe en Cristo nos hace alegres y valientes, llenos del espíritu del Jesús muerto y resucitado de entre los muertos? Con el termómetro de nuestra alegría y de nuestra paz interior y espiritual examinemos nuestra fe en Jesús.

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