sábado, 29 de abril de 2017

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 6, 1-7


 
En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos.
Entonces los Doce convocaron. a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocupamos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. De esa manera, podremos dedicamos a la oración y al ministerio de la Palabra».
La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor ya Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los Apóstoles, y éstos, después de orar, les impusieron las manos.
Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.
 
Palabra de Dios.





¿Sería mejor que el número de los discípulos de Jesús no aumentara mucho para evitar discriminaciones? Jesús quiere que la salvación llegue a todos; no podemos ni ser pusilánimes en el anuncio del Evangelio, ni ponerle límites al mismo. Como consecuencia del verdadero compromiso con el anuncio del Evangelio brotará, casi espontáneamente, la capacidad de volver la mirada hacia los necesitados para tenderles la mano y poner en práctica el servicio de caridad de todos los días.
Quien cumpla con la misión de servir a su prójimo no puede dedicarse sólo a la oración y al servicio de la Palabra. De hecho, como nos narrará más adelante la Palabra de Dios, los que fueron escogidos para el servicio de las mesas también se dedicaron a anunciar el Evangelio, con valentía, hasta dar su vida por Cristo.
Nosotros no podemos llamarnos cristianos en plenitud sólo porque promovamos el servicio de caridad hacia los pobres y nos desvelemos por ellos. Mientras no hagamos llegar a ellos el Evangelio con toda su fuerza salvadora tal vez les llenaremos el estómago y les propiciaremos una vida más cómoda y confortable, pero los dejaremos muy lejos de Cristo y de su Salvación; pues no sólo han de vivir humanamente dignos, sino como hijos de Dios, lo cual es la misión principal que tiene la Iglesia. Por eso no hemos de privilegiar ni una cosa ni la otra, sino que, como consecuencia de la Salvación recibida, hemos de pasar haciendo el bien a todos en todos los niveles de su vida.

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