lunes, 10 de abril de 2017

Lectura del libro de Isaías 42, 1-7


Así habla el Señor:
Éste es mi Servidor, a quien yo sostengo,
mi elegido, en quien se complace mi alma.
Yo he puesto mi espíritu sobre él
para que lleve el derecho a las naciones.
Él no gritará, no levantará la voz
ni la hará resonar por las calles.
No romperá la caña quebrada
ni apagará la mecha que arde débilmente.
Expondrá el derecho con fidelidad;
no desfallecerá ni se desalentará
hasta implantar el derecho en la tierra,
y las costas lejanas esperarán su Ley.

Así habla Dios, el Señor,
el que creó el cielo y lo desplegó,
el que extendió la tierra y lo que ella produce,
el que da el aliento al pueblo que la habita
y el espíritu a los que caminan por ella.
Yo, el Señor, te llamé en la justicia,
te sostuve de la mano, te formé
y te destiné a ser la alianza del pueblo,
la luz de las naciones,
para abrir los ojos de los ciegos,
para hacer salir de la prisión a los cautivos
y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.

Palabra de Dios.


El Creador de cielo y tierra, y de cuanto habita en ellos, es el que ha formado a su Siervo en quien tiene sus complacencias. En él ha puesto su Espíritu para que cumpla con su misión no con gritos ni clamores, no con gesto amenazante, sino con la sencillez de quien llega al corazón para hacer brillar en él la justicia. Esto no le restará la firmeza en su propósito. Así será una personificación de la salvación de Dios.
Es el Señor el que toma a su siervo de la mano y lo forma para que pueda llevar a buen término la obra que le confía: Ser Alianza entre Dios y el pueblo, y liberar a los cautivos de sus cadenas, levantar los ánimos decaídos y hacer que brillen la justicia y el derecho hasta los últimos confines de la tierra.
Sólo entendiendo este cántico desde Cristo podremos entender todo su significado. Ya en su Bautismo se nos habla del Espíritu de Dios que reposa sobre Él, y de la voz del Padre que dice que Jesús es su Hijo amado, en quien Él se complace. El Espíritu de Dios está sobre Jesús para evangelizar a los pobres, para sanar a los de corazón contrito. Él no ha venido a condenar, ni a destruir, ni a arrancar, ni a apagar la poca luz y esperanza que aún queda en los corazones deteriorados por el pecado. Él ha venido a buscar y a salvar todo lo que se había perdido. Así Jesús se convierte para nosotros en la Nueva y definitiva Alianza que nos une con Dios, y que lo hace ser nuestro Padre. Dios velará por nosotros y nosotros permaneceremos unidos a Cristo. Sólo así seremos partícipes de la vida de Dios y un signo de su amor para nuestros hermanos, a quienes no destruiremos, sino que más bien les ayudaremos a recobrar su dignidad de hijos de Dios.

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