sábado, 1 de abril de 2017

Lectura del libro de Jeremías 11, 18-20



Señor, Tú me has hecho ver las intrigas de este pueblo.
Y yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que ellos urdían contra mí sus maquinaciones: «¡Destruyamos el árbol mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y que nadie se acuerde más de su nombre!»
Señor de los ejércitos,
que juzgas con justicia,
que sondeas las entrañas y los corazones,
que yo vea tu venganza contra ellos,
porque a ti he confiado mi causa!

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

El profeta perseguido por defender el único templo que ha de ser el de Jerusalén, y que, por tanto, el de su tierra natal, Anatot, ha de ser destruido, es perseguido incluso por su propia familia. No sólo lo persiguen, quieren apagar su voz, quieren matarlo. Dios le descubre a Jeremías lo que planean contra él sus enemigos. Y Jeremías pronuncia una frase que se convertirá en un oráculo sobre el Mesías: Yo era conducido como un manso cordero que es llevado a degollar. El profeta pide al Señor que lo defienda de sus enemigos.
En Cristo Jesús se ha cumplido esta profecía. Él nos dice que a Dios se le adora en espíritu y verdad. Hay que entrar en la propia habitación, cerrar la puerta y orar ante nuestro Padre, que está en lo secreto de cada uno de nosotros. No es malo acudir a los templos a orar junto con la comunidad de creyentes. Sin embargo, aún ahí hemos de comunicarnos con el Señor que habita en nosotros; si no tenemos un encuentro personal con Él podemos diluirnos en la comunidad y pensar que estuvimos con el Señor porque oramos y cantamos juntos. Quien no entienda esto podrá afanarse por tener un lugar de culto muy hermoso, y por preparar la liturgia de tal forma que cause impacto en los asistentes.
Hablar de que hay que destruir esa imagen de exterioridades para darle la importancia a nuestro templo interior, podría causar descontentos, críticas y persecuciones. Si en verdad viviésemos conforme a las enseñanzas de Jesús en este aspecto, la comunidad de fieles que se reúne para alabar a Dios y ofrecerle el único sacrificio que le es grato, tendría un sólo corazón y una sola alma, pues seríamos conscientes que es el único y mismo Señor, el único y mismo Espíritu que habita en cada uno de nosotros y nos reúne, como un cuerpo que alaba a Dios.

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