miércoles, 31 de mayo de 2017

Lectura de la profecía de Sofonías (3,14-18):



Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán a Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.» Apartaré de ti la amenaza, el oprobio que pesa sobre ti.

Palabra de Dios


Reflexionamos juntos

La hija de Sión de la que habla Sofonías y que experimenta la revocación de la condena es figura de María.  Ésta ha sido agraciada por Dios, ha sido alcanzada en su pobreza de criatura. Así como Dios interviene con su omnipotencia en favor del pueblo de Israel a partir de la pobreza, así ocurre con nosotros: Dios despliega su omnipotencia a partir de nuestra pobreza. María no ve aún la realidad de Jesús presente en ella, pero lo cree ya, igual que el profeta no veía aún la realidad de la revocación de la condena, pero la creía  ya presente, dentro de la historia de Israel. Son miradas de fe, y también nosotros necesitamos esta mirada, una capacidad visual que penetre en lo hondo de los acontecimientos que vivimos. Un ojo que sepa reconocer que la fe, la alegría que viene del Espíritu y el servicio son como la punta de un iceberg. Indican que debajo hay algo grande, enorme: «Aquel a quien los cielos no pueden contener». Es la presencia de Dios lo que motiva y alimenta la fe, la alegría y el servicio. Ahora, si dejamos que las aguas de la indiferencia, de la prisa, de los afanes, de nuestra propia realización, quiten espacio en nosotros a la presencia de Dios, entonces todo se pone al revés: la fe se convierte en ideología o huida de la realidad; la exultación en el espíritu, en euforia o alegría pasajera y superficial; el servicio, en búsqueda de nosotros mismos o autoafirmación.



P. Juan R. Celeiro

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