domingo, 25 de junio de 2017

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 5, 12-15



Hermanos:
Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.
En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquéllos que no habían pecado, cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir.
Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.

Palabra de Dios.


No hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos. San Pablo fue siempre un hombre fiel a su conciencia: antes de su conversión al cristianismo, fue una persona totalmente fiel a la Ley de Dios dada por Moisés, pero, desde el momento mismo en que se convierte a Jesús, todo lo anterior pierde importancia y sólo el evangelio, la buena noticia de Jesús, le interesa. Tendrá que sufrir mucho en su vida por defender y predicar el evangelio de Jesús, pero los sufrimientos interiores y exteriores que sufrió por ser fiel al mandato del Señor los consideró él ganancia ante Dios. Se identificó de tal manera con Cristo, que todo lo demás lo consideró despreciable y secundario. No cedió nunca ante el sufrimiento, la persecución y la misma muerte, sabiendo siempre que el don y la gracia de Dios nunca le iban a faltar. Él se sabía débil y frágil, pero también sabía que la gracia y el don de Dios suplían ampliamente su debilidad. Humildad para reconocer nuestra propia debilidad y confianza en la fuerza de Dios que actúa en nosotros es lo que debemos pedir nosotros en este domingo, a ejemplo del Señor Jesús, del profeta Jeremías y de san Pablo. Y que los sufrimientos interiores y exteriores no nos aparten nunca de seguir el camino que el mismo Dios nos marca. “El que a Dios tiene nada le falta; sólo Dios basta”.

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