sábado, 17 de junio de 2017

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 14-21




Hermanos:
El amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por ellos.
Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.
Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.
Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. A Aquél que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por Él.

Palabra de Dios.


Reflexionamos Juntos

Los conflictos en la iglesia de Antioquía se agudizan con la intervención de "algunos bajados de Judea", y que quieren imponer unas leyes claramente judaizantes. Ahora nos puede parecer que el problema de aquella comunidad era de poca importancia, pero para ellos era decisivo. La circuncisión es un detalle representativo para saber si siguen en vigor las leyes judías también para los paganos que se convierten: ¿nos salvamos por Jesús o seguimos dependiendo de la ley de Moisés? Ya antes, en el caso de Cornelio, les había indicado claramente el Espíritu Santo que debían abrirse a los paganos. Pero la sensibilidad de las personas no cambia en dos días, y sigue la tensión. Se está librando la batalla de la universalidad del Cristianismo. La comunidad de Antioquía envía a Pablo y Bernabé a Jerusalén –costeando su viaje, detalle muy realista- para que confronten su problema con los apóstoles y presbíteros. Fueron bien recibidos y todos "se reunieron para deliberar". Empieza el llamado "concilio de Jerusalén".

P. Juan R. Celeiro

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