sábado, 24 de junio de 2017

Lectura del libro del profeta Isaías 49, 1-6



        ¡Escúchenme, costas lejanas, presten atención, pueblos remotos! El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre. El hizo de mi boca una espada afilada, me ocultó a la sombra de su mano; hizo de mí una flecha punzante, me escondió en su aljaba. El me dijo: «Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré.» Pero yo dije: «En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza.» Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios. Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. El dice: «Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra.»

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. No nos convertimos sólo, ni principalmente, para nosotros mismos; nos convertimos para Dios y para el prójimo. Nos convertimos para ser luz de Dios, para iluminar el verdadero camino que conduce hacia Dios. Por este camino queremos caminar nosotros y queremos que caminen todas las personas a las que amamos. Queremos ser señales de Dios, piedras miliares que indican el camino más corto y más recto que conduce hacia Dios. La conversión nos lleva a la misión. La persona convertida es una persona enviada por Dios, para orientar y conducir hacia Dios a las personas descarriadas, equivocadas, o pervertidas. Y lo hacemos con la luz de Dios, que es una luz que orienta, que invita, que llama, pero que no fuerza ni violenta a las personas. Tanto la conversión como la misión deben ser siempre una tarea libremente aceptada y libremente realizada. La Nueva Alianza no es ley que obliga y condena, sino consejo y llamada, invitación y gracia.



P. Juan R. Celeiro

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