domingo, 16 de julio de 2017

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 8, 18-23


Hermanos:
Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando a plena realización de nuestra filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo.

Palabra de Dios.



Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá… para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sí, en este mundo no siempre encontraos motivos suficientes para creer en un futuro liberador y salvador. Pero nuestra fe cristiana nos dice que nuestro futuro es la liberación de los males de este mundo. San Pablo les dice a los cristianos de Roma que no se desanimen, que ellos tienen las primicias del Espíritu y, por tanto, tienen derecho a esperar la redención del cuerpo, el momento en el que podrán vivir con la gloria propia de los hijos de Dios. No es cuestión de cálculos sociológicos; es cuestión de fe en un Dios que es salvador y liberador, que nos liberará y nos salvará. Como el profeta Isaías, en la primera lectura, también aquí san Pablo nos dice que no nos desanimemos, que un cristiano nunca debe perder la esperanza en un futuro de redención y salvación. El futuro salvador al que estamos llamados superará con mucho las miserias que actualmente padecemos. En el fondo, como siempre, es la fe en la resurrección gloriosa de nuestro cuerpo la que no nos debe dejar nunca caer en el desánimo y la desesperanza. Creamos en la palabra de Dios, en una palabra cargada siempre de una auténtica y real esperanza. Y vivamos de tal modo que lo que la palabra de Dios nos dice y nos promete se pueda realizar en nuestro corazón. Dejemos a Dios ser Dios y comportémonos nosotros como humildes hijos suyos, reconociendo nuestra pequeñez y miseria, pero confiando siempre en la potencia y la voluntad salvadora de nuestro Dios.

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