miércoles, 26 de julio de 2017

Lectura del libro de Jeremías 7, 1-11


 
Palabra que llegó a Jeremías de parte del Señor, en estos términos: «Párate a la puerta de la Casa del Señor, y proclama allí esta palabra, Tú dirás: Escuchen la palabra del Señor, todos ustedes, hombres de Judá que entran por estas puertas para postrarse delante del Señor.
Así habla el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: Enmienden su conducta y sus acciones, y Yo haré que ustedes habiten en este lugar. No se fíen de estas palabras ilusorias: "¡Aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor!"
Pero si ustedes enmiendan realmente su conducta y sus acciones, si de veras se hacen justicia unos a otros, si no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no derraman en este lugar sangre inocente, si no van detrás de otros dioses para desgracia de ustedes mismos, entonces Yo haré que ustedes habiten en este lugar, en el país que he dado a sus padres desde siempre y para siempre.
¡Pero ustedes se fían de palabras ilusorias, que no sirven para nada! ¡Robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, quemar incienso a Baal, ir detrás de otros dioses que ustedes no cono- cían! y después vienen a presentarse delante de mí en esta Casa que es llamada con mi Nombre, y dicen: "¡Estamos salvados! ", a fin de seguir cometiendo todas estas abominaciones.
¿Piensan acaso que es una cueva de ladrones esta Casa que es llamada con mi Nombre? Pero Yo también veo claro».
 
Palabra de Dios.



Reflexionamos juntos



En el camino de la fe no existen signos mágicos, que a pesar de no querer dejar nuestros caminos equivocados, pudieran por sí mismos darnos la salvación. Nadie puede sentirse seguro en su salvación sólo por acudir a determinados santuarios, o por colgarse imágenes en el pecho, o por celebrar algunos ritos sagrados, o por cumplir con algunos actos que lleven aneja alguna promesa venida del cielo.
La salvación, que es un don gratuito y amoroso de Dios hacia aquellos que Él libremente quiera salvar, requiere de parte de quien ha sido llamado y amado por Dios, un sincero volver a Él; un abandonar los robos, los crímenes, los adulterios, los perjurios y los falsos dioses. No por mucho orar pensemos que la salvación es nuestra. Si el Señor realmente vive ya en nosotros debemos manifestarlo por medio de nuestras buenas obras, fruto de su presencia en nuestro interior.
Seamos fieles y sinceros con el Señor, no sea que al final al llegar y tocar para que el Señor nos abra la puerta, después de haber sido puntuales en nuestro culto a Él, Él nos la cierre y nos diga: ¡Aléjense de mí, obradores de iniquidad! pues yo no los conozco.




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