domingo, 6 de agosto de 2017

La Proclamación de la Palabra de Dios/ CONSEJOS PARA UN BUEN LECTOR

Cuando hablamos de proclamar la Palabra de Dios, estamos hablando de comunicar lo que Dios quiere decir a su pueblo, de lo que el Señor, creador y Padre de todos, quiere poner en la mente y el corazón de los que lo escuchan, siempre con la finalidad de que esa Palabra produzca frutos de vida eterna.

La comunicación es un arte a través del cual podemos llevar mensajes a los demás. Pero para que ese mensaje que queremos transmitir llegue, a los que nos oyen en una forma clara y precisa, es necesario que usemos los términos correctos.


Ministerio

En Latín, la Palabra Ministerio significa Servicio. De ahí que un Ministro que ejerce un Ministerio es un servidor de la comunidad.

Cristo resume su vida no en ser servido, sino en servir, y esto nos pone de frente a la importancia que tiene el hecho de servir en cualquier ministerio. El ministerio, el servicio a los demás, nos asemeja a Cristo. El que no vive para servir, no sirve para vivir; en otras palabras, no está haciendo nada vivo. Por eso, todos debemos siempre preguntarnos, ¿Qué Ministerio estoy yo ejerciendo en mi comunidad?.

Claro, que hay diferentes ministerios de servicio, pero no todos podemos servir en todos; no todos tenemos ese don; pero sí que todos podemos y debemos ejercer algún Ministerio. Las ultimas palabras de Cristo que encontramos en Mt. 28,19-20, y que se consideran como el mandato final de Jesús a los apóstoles son: "Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, Bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado" (Mt. 28, 19-20).

Estas palabras de Cristo son también para nosotros, y con ellas Cristo nos manda ir por todo el mundo predicando, ejerciendo el Ministerio de la Palabra. San Pablo nos dice también que la fe entra por la Palabra, y ese es el mandato de Cristo para todos nosotros.



La Historia de la Iglesia registra en sus páginas del pasado, que el ser un lector, que el proclamar la Palabra de Dios, no era labor de cualquiera ni de quien quisiera hacerlo. El Lector era una de las Órdenes Menores que habían en los Seminarios.

La primera orden eran el Hostiario, que era el que tenía la llave y abría la Iglesia; la segunda orden era el Lector, que era el que le daban el libro; la tercera orden era el exorcista que era una orden para expulsar demonios, y una cuarta orden menor era el acólito, para ayudar en la misa. Luego venían las ordenaciones de subdiácono, de diácono, y finalmente la ordenación de Sacerdote.

Todo esto nos deja ver que para la Iglesia ser un Proclamador de la Palabra ha sido siempre algo muy importante, y tanto era así, que todavía en el año 1951, en Roma solo habían 52 lectores ordenados. Por eso, el lector no es un personaje secundario.

El Concilio Vaticano II, que comenzó en 1962 y terminó en 1965, fue el que abrió las ventanas para renovar el servicio en la Iglesia, y nos dió un lugar a los laicos, en la Proclamación de la Palabra.

Cuando un lector proclama, está ejerciendo un Ministerio tan importante, como el del Sacerdote y el diácono. El Sacerdote no puede comer el Pan de la Eucaristía, si antes no se ha comido el Pan de la Palabra de Dios, porque tiene como oficio transmitir al pueblo los mandatos de Dios.

El Lector o Ministro de la Palabra, con su presencia y con su voz, debe respetar la dignidad de su ministerio. Hay conceptos muy prácticos que nos ayudan a comprender la dignidad del ministerio de la Proclamación de la Palabra. Y esto es algo muy importante, porque quizás sin pensarlo, a veces podemos minimizar o disminuir la dignidad de la Palabra de Dios en muchas, a veces con nuestra forma de vestir, a veces con nuestro comportamiento, a veces con el vocabulario, y otras veces con formas y actitudes que plantean ciertas interrogantes a los que nos observan.




¿Qué significa leer? ¿Qué diferencia habrá entre leer en público una obra literaria cualquiera y leer la Palabra de Dios? ¿Qué diferencia hay entre leer un informe público y proclamar la Palabra de Dios en la asamblea litúrgica? ¿Supone alguna diferencia en la forma de leer? ¿Qué relación hay entre leer y escuchar? ¿Cuál es la diferencia entre oír y escuchar?

Leer es dar vida a un texto; dar voz a un autor; decir un mensaje vivo, que produce apelación, crisis, comunicación. Comunica espíritu, da vida a la palabra, da expresión; no es letra neutra, ni teatro.
Leer la Palabra de Dios no es una mera fuente de enseñanza, ni evocación de hechos pasados, ni una fase preparatoria de la liturgia. Es presencia eficaz del Misterio de salvación.

Ser lector es un servicio a la Palabra de Dios. No sustituye a Dios, sino le sirve.

La Iglesia confía el importante acto de proclamar la Palabra de Dios a un ministro eclesial llamado lector.
Es un laico que sabe proclamar la Palabra de Dios, con conocimiento y unción. Forma parte de la asamblea y de los actores de la celebración, por tanto, está en el equipo de liturgia. Si los diversos sectores de la comunidad están representados, aparece mejor el rostro de la comunidad.
Como todo actor de la celebración, debe promover la participación consciente y activa. No es sólo una persona que hace el servicio de leer un texto, sino es un ministro de la Iglesia, que anuncia la Palabra de Dios en la comunidad, y por eso la proclama en la asamblea litúrgica. De ordinario se elige a quien ya trabaja en la comunidad en la catequesis, el consejo, la promoción bíblica, la evangelización, la defensa de la fe, etc.
Tiene el carisma de proclamar la Palabra ante la asamblea reunida, con claridad y veneración, de modo que llegue convenientemente a los oídos y el corazón de los presentes.
No basta la habilidad natural o adquirida de dar vida a un texto al leerlo. En su vida diaria ha de ser testigo del texto que proclama. Tiene amor a la Escritura y se prepara. Es maestro que alimenta y sostiene la fe de los creyentes, iluminando las situaciones históricas y concretas con la luz de la Palabra de Dios. Es contemplativo, dócil al Espíritu Santo.

Por eso se le piden las siguientes capacidades:
a) Buena voluntad, humilde y generosa, en el deseo de servir a Dios y a la comunidad.
b) Animado de amor a los hermanos y del aprecio de una celebración devota y armoniosa. Eso le da paciencia, perseverancia y convicción en el esfuerzo por prepararse mejor.
c) Aprecia la oración de la Iglesia, como búsqueda de la voluntad de Dios y compromiso por realizarla.
d) Sentido de lo sagrado, del respeto reverencial a Dios, del sentido del gesto y de la expresión de los signos, ya que la Iglesia encuentra y expresa la presencia y acción de Dios a través de esas realidades sensibles.
e) Comprender la Misa y vivir el Misterio Pascual.

LUEGO ACTUEMOS:
¿Qué diferencia hay entre un ministerio y un servicio? Todo ministerio es un servicio, pero no todo servicio es ministerio.
El ministerio es un servicio en un área importante de la misión de la Iglesia (anunciar la Palabra, celebrar el culto, organizar la caridad, formar la comunidad), realizado de modo más o menos permanente (no ocasional ni eventual), por parte de una persona que tiene la adecuada cualificación y capacitación, y que ha recibido una encomienda pública por parte de los responsables de la Iglesia con un compromiso de cierta permanencia, conferida a través de un rito litúrgico, y que la comunidad cristiana experimenta y reconoce.
El ministerio se ejerce en la vida ordinaria de la comunidad; el servicio, en un acto concreto y pasajero. Lo mejor es que quien ejerce el servicio en la celebración sea quien de ordinario ejerce el ministerio en la vida de la comunidad.

Funciones del ministro lector en la comunidad:

1) Proclamación de las Lecturas en la asamblea litúrgica. Para éso el obispo le entrega el Libro santo diciendo: "Recibe el Libro de la Sagrada Escritura y transmite fielmente la Palabra de Dios para que arraigue y crezca vigorosamente en el corazón de los hombres". Supone la capacitación necesaria para la comunicación de un mensaje, la consciencia de ser portador de la Palabra, profeta de quien Dios se sirve para despertar la fe, y la posibilidad de hacer una buena monición que ubique la Lectura en su contexto histórico, literario, litúrgico o espiritual. Donde no hay sacerdote, puede presidir las Celebraciones de la Palabra. Capacita a otros jóvenes para que sean lectores, primero como servicio y luego como ministerio.

2) Organizar la evangelización y formación en la fe de la comunidad. Cuida de la preparación de los fieles para que comprendan la Palabra, aplica el Evangelio a las situaciones de vida, y educa a la vida sacramental evangelizada. Sostiene, pues, iniciativas que apoyen la formación en la fe de niños, adolescentes, jóvenes y adultos, ancianos y enfermos, personas que se preparan a los sacramentos, agentes de religiosidad popular, comunidades de escucha, grupos de evangelización, círculos bíblicos, visiteo familiar, defensa de la fe, etc. Es un testigo, maestro y educador que orienta y guía a los catequistas más jóvenes y coordina sus actividades. Se realiza en plena comunión con los pastores.


PREPARAR LA LECTURA
ORACIÓN INICIAL:

Entre todos preparan un altar para la Palabra de Dios, con todos los elementos que quieran y tengan a la mano. Al final se preguntan: ¿Qué es más importante: preparar el altar externo, o preparar el altar interno a la Palabra de Dios? ¿Cómo lo preparamos, en nosotros mismos, y en los demás?

PRIMERO VEAMOS:

 ¿Cuál será la finalidad de leer la Palabra de Dios a la asamblea litúrgica?
¿Cuáles son los principales defectos que vemos en los lectores? ¿Qué recomendaciones les haríamos? ¿Qué opinas de los que al momento de las Lecturas dicen: "¿Alguien gusta pasar a leer?" ¿O de quien está buscando la página, no tiene el micrófono encendido, o lee una lectura correspondiente a otro día? ¿A qué se deben estas fallas?

AHORA PENSEMOS:

El texto debe ser preparado antes de la Misa. Sólo así evitamos la improvisación, y ofrecemos a Dios nuestra voz para que salve eficazmente a los oyentes.
Cuidar que sea la Lectura que nos propone el Leccionario para este día. No tenemos derecho a sustituir las lecturas según nuestros gustos o elecciones. Debemos tener gran fidelidad a los textos previstos por la Iglesia.
Comprender el sentido del texto y conocer el contexto de la celebración. Me lleno del mensaje que contiene el texto. ¿Qué quiere Dios decirnos de sí mismo, de nosotros como comunidad, de nuestra vida histórica, en esta celebración concreta?
No es fácil leer la Biblia a los demás. Supone que vivimos previamente el texto, con actitud despejada, humilde y objetiva. El lector es el primer destinatario de la Palabra.
Yo no soy el que se irrita, el que consuela, el que exhorta, sino Dios. No puedo leer el texto de modo monótono e indiferente, sino sintiéndome yo mismo interpelado y comprometido interiormente. Y presto mi voz y mis labios al Señor; me dejo convertir en canal del diálogo de Dios con su pueblo.

La palabra impresa es una palabra muerta. Pero el lector le insufla vida, y se convierte en palabra viva. Proclamar significa: anunciar a otros. No es un mero leer en voz alta, sino comunicar un mensaje vivo que provoca una respuesta. No se trata de cumplir con leer, sino de prolongar la acción de los profetas.


La proclamación consiste en anunciar algo a otros. Exteriorizar una vivencia, una reflexión, un descubrimiento, una vida. Lo que no se ha comprendido no se puede proclamar.
Supone un clima de escucha. Sólo el Espíritu Santo penetra en nuestras profundidades, hace viva la Palabra, y nos hace proclamar a Jesús como Señor.

Lugar:

El altar de la Palabra y lugar de la proclamación de la Palabra de Dios es el ambón. Sirve exclusivamente para la proclamación de la Palabra. Siempre desde el ambón y sólo desde él se hacen las Lecturas bíblicas y salmos. El lector debe colocarse de modo que sea visto y oído por toda la asamblea; no debe esconderlo el atril.
Conviene que los lectores tengan un lugar en el presbiterio, o al menos cerca de él, delante de las bancas; y que en las Misas solemnes entren en procesión con todos los ministros. Eso facilita su servicio y reduce los desplazamientos; permite asociarse mejor a la celebración.

Postura:
La liturgia es comunicación en lenguaje total. El oyente tiene oídos e inteligencia, pero también ojos, sensibilidad y tacto. Interesa, por tanto, el aspecto externo de la comunicación.
Al terminar la oración colecta, los lectores y el salmista pasan al centro del altar, hacen la debida reverencia, y pasan junto al ambón, al cual van pasando a su debido tiempo de ejecutar su participación. Se debe tomar el tiempo necesario para llegar a tiempo.
Con calma, sin precipitación, sube al ambón. Se asegura que el Leccionario esté en la página correcta, el micrófono esté en buena altura, y la asamblea esté sentada y atenta.

Al terminar de leer, cuando el pueblo dijo la aclamación, hace reverencia, baja del ambón, y va junto a los otros lectores. Una vez que todos terminaron su función, hacen nuevamente la debida reverencia juntos, y pasan a su lugar dignamente.


Mirada:

Conviene, antes de comenzar la lectura, tomar posesión del auditorio paseando la mirada a toda la asamblea, aunque sin mirar a nadie en particular. Se abarca con la mirada a todos aquellos a quienes se va a comunicar el mensaje, sobre todo a los que están más lejos, hasta el fondo del templo o a los lados.
La mirada dura mientras se establece el silencio. Se comienza a leer sólo hasta que hayan cesado los ruidos de bancas, hojas, murmullos, etc.
No mira a cada rato a la asamblea, sino al final de un párrafo, o tras una frase importante. Con un dedo señala el lugar donde va la lectura, para no perderse. La verdadera comunicación en el acto de leer no viene de la mirada, sino de la dicción perfecta con voz intensa y sostenida.

Respiración:

La respiración profunda, abdominal, y pausada, ayuda a controlar los nervios y a pronunciar bien. Muchos leen mal porque no saben respirar; o se cansan de la garganta, porque no saben respirar. Si respiran desde la parte alta del pecho, sólo la cuarta parte de los pulmones se llena de aire; al aliento es corto, la palabra es cortada, agravado por el miedo o la emoción.

Voz:

Cada uno tiene su voz propia; más o menos bonita, timbrada; pero hay que saber utilizarla y aprovecharla. También cada uno tiene un registro propio, una extensión de la voz, un punto en el cual suena mejor la voz. Se debe hablar alto y lento.
No una voz neutra, sino expresiva, clara, digna, inteligente e inteligible. Hay que evitar una voz fingida, ampulosa, enfática, que cae mal; y también un tono de voz que sólo se emplea para confidencias o cuchicheos.
Durante la lectura, la voz sube y baja sin cesar. No se puede proclamar todo un texto en tono igual y cansado, sino subrayando la entonación del texto, con apenas sensibles acentos melódicos. La caída de la voz al final de la frase debe ser siempre conclusiva. Las frases de un texto pueden compararse a los arcos de un puente: cada uno de los arcos representa el arranque, la cima y el final de la frase.
La voz humana puede matizar una inmensa diversidad de sonidos, apenas perceptible, y posibilita una enorme novedad asequible a una acústica perfecta. Por eso, la adecuada entonación del texto es una riqueza de la lectura. El buen lector es un intérprete, en cuya boca el texto toma vida, resucita.

Tono:

¿Cuál es el tono justo de una lectura bíblica? Depende del género literario del texto. Y depende también del temperamento, timbre de voz y personalidad del lector.
No es igual el tono de un poema, que de una narración, de una exposición doctrinal, de un regaño, etc. 

Distinguimos cinco grandes géneros literarios en los textos que corresponden a los lectores:

a) Relato histórico: tono sencillo, como el de un testigo que cuenta simplemente los hechos que relata o un cronista radiofónico de un evento. En estos textos se hallan frecuentes diálogos, donde intervienen dos o más personajes; el que proclama debe cambiar tono según los personajes, y hacer una pausa corta antes del cambio de tono.

b) Exhortación moral: tono más cariñoso, fraternal, como quien aconseja; o a veces con firmeza, cuando se llama la atención de los destinatarios.
c) Exposición dogmática o enseñanza doctrinal: tono más bien de maestro que enseña, con claridad y precisión, sobrio, afirmativo.

d) Proclamación profética, himnos y doxologías o alabanzas: tono solemne, sostenido, entusiasta, con un cierto calor en la voz, como declamador, aunque evitando teatralidades.

e) Texto lírico, salmos y cánticos: tono más elevado, lectura con cierta intensidad; atención a los puntos de exclamación; la lectura se construye alrededor de una frase, no de una palabra.
En regla general, el tono de una lectura requiere gran sobriedad de variación. Hay que evitar una modulación demasiado exagerada de las frases.

Dicción:

La comunicación no es sólo verbal, sino del tono de voz, los gestos, el calor humano u hostilidad, la paz o intranquilidad. Con los ojos damos una primera lectura, pero con voz baja damos una segunda.
Se exige una buena dicción, lentitud precisa, pausas frecuentes, buena pronunciación, no comerse letras ni sílabas, no cambiar palabras, sacar bien la voz, que se oigan los finales de las palabras y frases, no bajar la voz. No leer rápido, pues se anula la Palabra de Dios con precipitaciones.
Leer con naturalidad. Interpretar el texto. No separar el sujeto del verbo, ni el adjetivo de su sustantivo. Se sabe destacar la frase clave que es cumbre del texto, preparándola por una progresión de voz. Proclama con una sola emisión de voz los grupos de palabras que forman una unidad.
Aunque leer no es cantar, hay un ritmo en cada rase, que debemos encontrar y asimilar. El miedo, la mala postura, la mala respiración, lo impiden. El buen ritmo depende de: unir las palabras que deben unirse; hacer las pausas donde se necesite; hacer suspenso sobre algunas sílabas; acentuar las sílabas fuertes.

Pausas:

Se trata de repartir las palabras en unidades, de tal manera que el sentido del texto sea accesible al oyente.
El lector está viendo los signos de puntuación, pero el oyente no; debe descubrirlo por la forma de leer de aquel. Son signos que van formando pequeñas unidades de palabras, y en la lectura pública van a contribuir a transmitirlas al oyente con un sentido completo.
Es conveniente una pausa de silencio al terminar la lectura, para que la Palabra asiente en nosotros, y el Espíritu Santo haga su acción.

Reglas de una buena proclamación:

Hablar pausadamente. No precipitarse, pues no se trata de terminar pronto, sino de comunicar un mensaje. El oído es más lento que la vista.
Tener en cuenta a las personas más lejanas. Cerciorarse que están oyendo.
Emplear un tono más elevado que el timbre natural de voz que tenemos.
Evitar un tono cantilante, monótono, de dejadez.
No estar agachados. Abrir la boca más de lo habitual, y vocalizar bien aunque parezca que exagera.
Es importante la seguridad al empezar. Si al estar leyendo nos equivocamos, nos detenemos, y volvemos a leer con calma la frase correcta.
No enuncia "Primera Lectura", "Salmo responso­rial", "Segunda Lectura". Tampoco lee la frase clave que viene en rojo, ni las indicaciones de cita.
Al terminar hace una pausa (3 segundos de silencio), mira al pueblo, y, cambiando de tono, dice seguro y solemne: "Palabra de Dios"; y se queda en el ambón mirando al pueblo hasta que han respondido. No levanta el Leccionario; ni dice : "Esta es Palabra de Dios".
Supone una presentación digna, que no distraiga, ni ofenda a los presentes (evitando los dos extremos). Para anunciar algo digno, a una comunidad que merece respeto, evitando lo que distraiga.
No sólo proclama para otros, sino vive la Palabra para sí mismo.


SIETE CONSEJOS
PARA UN BUEN LECTOR

1.-  Leer  la lectura antes.    Leerla para entender bien el  sentido, y ver que entonación se le va a dar a cada frase. Conocer las palabras de difícil pronunciación.

2.-    Al  estar frente al  ambón, cuidar la postura del cuerpo, que se lea estando bien parados y de forma natural.
3.-  Situarse  a una distancia adecuada del micrófono para que se oiga bien. No empezar a leer hasta que el micrófono este bien acomodado.

4.-  Vocalizar.  Esto  es: remarcar cada sílaba, mover los labios y la boca, no atropellarse, no bajar el  tono de voz en los finales de la frase.

5.- Mirar a la gente. Los ojos no han de estar fijos todo el tiempo en el  libro, sino que de vez en cuando hay que levantarlos y dirigirlos con tranquilidad a los que nos escuchan. Eso crea un  clima  de  comunicación.

6.-  Leer con la cabeza alta. La voz resulta mas clara y el   tono mas elevado. Así se puede mirar mas fácilmente a la asamblea.

7.- Leer lentamente.  El principal defecto de los lectores es el nerviosismo. Esto trae como consecuencia de que se lea aprisa y no se entienda.
Al  llegar al ambón, respirar con tranquilidad y empezar la lectura con tranquilidad. Y al  terminar de leer, dejar una pausa breve, para decir:  Palabra de Dios. Escuchar desde el ambón la respuesta del pueblo, y luego volver hacia su sitio.


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