domingo, 6 de agosto de 2017

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pedro 1, 16-19



Queridos hermanos:
No les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza.
En efecto, Él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena de majestad le dirigió esta palabra: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección». Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con Él en la montaña santa.
Así hemos visto continuada la palabra de los profetas, y ustedes hacen bien en prestar atención a ella, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones.

Palabra de Dios.

Cristo recibió del Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: “este es mi Hijo amado, mi predilecto”.  Esta carta, escrita por algún discípulo de san Pedro, es el escrito más tardío del Nuevo Testamento. El autor de la carta se dirige a unos cristianos que se tenían que enfrentar todos los días con doctrinas falsas –fábulas fantásticas– sobre la última venida de nuestro Señor Jesucristo y les pide que no se aparten de la verdadera doctrina, que se acuerden de las palabras del Padre que resonaron sobre el Tabor: este es mi hijo amado, mi predilecto.  Nosotros también vivimos hoy rodeados de falsas doctrinas, de materialismo anticristiano, y de una sociedad que es, en gran medida, agnóstica. Leamos con profundidad el evangelio de Jesús y hagamos el propósito firme de seguirle a él, porque sólo él es el Hijo amado, el predilecto del Padre, como acabamos de escuchar en el relato evangélico de este domingo, fiesta de la Transfiguración del Señor.

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