viernes, 11 de agosto de 2017

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-40



Moisés habló al pueblo diciendo:
Pregúntale al tiempo pasado, a los días que se han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante.
¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ustedes en Egipto, delante de tus mismos ojos?
A ti se te hicieron ver todas estas cosas, para que sepas que el Señor es Dios, y que no hay otro dios fuera de Él. Él te hizo oír su voz desde el cielo para instruirte; en la tierra te mostró su gran fuego, y desde ese fuego tú escuchaste sus palabras. Por amor a tus padres, y porque eligió a la descendencia que nacería de ellos, el Señor te hizo salir de Egipto con su presencia y su gran poder; desposeyó a naciones más numerosas y fuertes que tú; te introdujo en sus territorios y te los dio como herencia, hasta el día de hoy.
Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios -allá arriba, en el cielo y aquí abajo, en la tierra- y no hay otro.
Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz, tú y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.

Palabra de Dios.


 Dios, creador de cielo y tierra, creador del hombre, ha amado a Abraham, Isaac y Jacob; y ha elegido a sus descendientes para que sean su Pueblo. Por el amor que les tiene los liberó de la esclavitud en Egipto y les dio en posesión su tierra, como herencia. Por eso hay que vivir siendo fieles al Señor, a la Alianza pactada con Él. A nosotros Dios nos ha manifestado el gran amor que nos tiene por medio de Cristo Jesús, pues, sin pertenecer al pueblo de Israel, nos llamó para que, por medio de la fe y el Bautismo, Él se convierta en Padre nuestro y, mediante su Hijo y su Espíritu en nosotros, seamos hechos ciudadanos del Reino, e invitados a recibir como herencia eterna la vida de Dios, la disfrutemos para siempre.

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