sábado, 12 de agosto de 2017

Lectura del libro del Deuteronomio 6, 4-13



Moisés habló al pueblo diciendo:
Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus postes.
Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que Él te dará, porque así lo juró a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob -en ciudades grandes y prósperas que tú no levantaste; en casas colmadas de toda clase de bienes, que tú no acumulaste; en pozos que tú no cavaste; en viñedos y olivares que tú no plantaste- y cuando comas hasta saciarte, ten cuidado de no olvidar al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud.
Teme al Señor, tu Dios, sírvelo y jura por su Nombre.

Palabra de Dios.


Escucha, Israel. Moisés, amigo de Dios, que veía cara a cara al Señor; que platicaba con Él como lo hace un amigo con su amigo, se convierte en maestro del Pueblo que, por orden de Dios, conduce hacia la posesión de la tierra prometida.
Dios ama a su pueblo, como pueblo único para Él; y le ha manifestado su amor mediante muchos signos y, finalmente, mediante el cumplimiento de las promesas hechas a sus antiguos padres.
Si Dios ha amado así a su pueblo, este debe corresponder al Señor con un amor igualmente exclusivo. Por eso este mandato ha de acompañar a todo Israelita por todas partes, de tal forma que, hacia donde voltee la vista, ahí lo encuentre, lo recuerde y lo cumpla.
En el corazón de quienes creemos en Cristo, Dios ha esculpido su mandamiento de amor, y nos ha concedido su Espíritu, que viene en ayuda de nuestra fragilidad para que podamos ponerlo en práctica, no tanto como un mandato, sino como una vida que brote de haber experimentado primero el amor que Dios nos tiene, amándonos hasta el extremo de entregar por nosotros a su propio Hijo para que, libres de nuestros pecado, seamos hechos hijos suyos y, en Él y con Él, herederos de la vida eterna.

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