domingo, 13 de agosto de 2017

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9. 11-13a



Habiendo llegado Elías a la montaña de Dios, el Horeb, entró en la gruta y pasó la noche. Allí le fue dirigida la palabra del Señor. El Señor le dijo: «Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor».
Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se .oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Ellas se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta.

Palabra de Dios.


Esta peregrinación de Elías puede darnos indicaciones muy válidas sobre el peregrinar humano. Como a Elías, también al hombre le sucede que pasa por muy diversos y difíciles momentos en su caminar. Momentos de desolación interior, momentos de incertidumbre, momentos de intenso sufrimiento físico y moral. El hombre se descorazona ante un mundo que parece superior a sus fuerzas de comprensión. El misterio del mal y de la muerte parecen atenazar su corazón y reducirlo a la desconfianza, a la desesperanza, a la cancelación de cualquier esperanza que no sea de carácter intra mundano. En estas circunstancias, el hombre, o se abandona al placer o se abandona a la desesperación. Desearía no haber nacido, quisiera no encontrarse en esa situación dramática; desearía llegar cuanto antes al final de sus días. Sin embargo, la providencia y el amor de Dios salen a su encuentro de uno y mil modos para confortarlo y decirle: “Ánimo, levántate y come porque el camino es superior a tus fuerzas”. Ponte en camino, porque este peregrinar por el desierto, esta “noche obscura del alma” te prepara, te purifica para un encuentro más profundo y personal con Dios. Así como Elías en sus momentos de desolación no podía prever los resultados de su encuentro con Dios, así el hombre no llega ni siquiera a imaginar lo que el Señor le reserva en la revelación de su Alianza y de su amor. Ni el ojo vio, ni el oído oyó lo que el Señor tiene reservado para los que lo aman (1 Cor 2,9). 

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