sábado, 9 de agosto de 2014

Lectura de la profecía de Habacuc 1, 12–2, 4




¿No eres Tú, Señor, desde los tiempos antiguos,
mi Dios, mi Santo, que no muere jamás?
Tú, Señor, pusiste a ese pueblo para hacer justicia,
Tú, mi Roca, lo estableciste para castigar.
Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal
y no puedes contemplar la opresión.
¿Por qué, entonces, contemplas a los traidores
y callas cuando el impío devora a uno más justo que él?
¡Tú tratas a los hombres como a los peces del mar,
como a reptiles, que no tienen jefe!
¡Él los pesca a todos con el anzuelo,
los barre y los recoge con sus redes!
Por eso se alegra y se regocija,
y ofrece sacrificios e incienso a sus redes,
porque gracias a ellas su porción es abundante
y sus manjares, suculentos.
¿Vaciará sus redes sin cesar,
masacrando a los pueblos sin compasión?

Me pondré en mi puesto de guardia
y me apostaré sobre el muro;
vigilaré para ver qué me dice el Señor,
y qué responde a mi reproche.
El Señor me respondió y dijo:
Escribe la visión, grábala sobre unas tablas
para que se la pueda leer de corrido.
Porque la visión aguarda el momento fijado,
ansía llegar a término y no fallará;
si parece que se demora, espérala,
porque vendrá seguramente, y no tardará.
El que no tiene el alma recta, sucumbirá,
pero el justo vivirá por su fidelidad.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 Hoy escuchamos a un profeta poco conocido: Habacuc. No se sabe casi nada de él. Pero sus palabras están llenas de consuelo y de interesante reflexión sobre la historia. Es un profeta que se atreve a interpelar a Dios y “pedirle cuentas” de por qué permite el mal en el mundo. Quizás este sea el mismo interrogante que nos viene a la mente con frecuencia, también en esta época a nosotros. El profeta no nos da todas las respuestas. Pero sí nos recuerda que Dios se preocupa de los pobres y que, de un modo misterioso, sigue estando cerca de los atribulados. También nos enseña a tener una visión más global de la historia. Dios le enseña a su profeta y a nosotros a respetar los tiempos: a seguir luchando contra el mal, pero sin perder el ánimo ni querer quemar etapas.

P. Juan R. Celeiro

SALMO RESPONSORIAL 9, 8-13




R.    ¡No abandones a los que te buscan, Señor! 
 

El Señor reina eternamente
y establece su trono para el juicio:
Él gobierna al mundo con justicia
y juzga con rectitud a las naciones. R.
 

El Señor es un baluarte para el oprimido,
un baluarte en los momentos de peligro.
¡Confíen en ti los que veneran tu Nombre,
porque Tú no abandonas a los que te buscan! R.
 

Canten al Señor, que reina en Sión,
proclamen entre los pueblos sus proezas.
Porque Él pide cuenta de la sangre,
se acuerda de los pobres y no olvida su clamor. R.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 17, 14-20



Un hombre se acercó a Jesús y, cayendo de rodillas, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron sanar».

Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí». Jesús increpó al demonio, y éste salió del niño, que desde aquel momento, quedó sano.
Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?»
«Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: "Trasládate de aquí a allá", y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes».

Palabra del Señor. 


 ¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?


Fe, fe transformante, fe que nos identifica con Cristo, fe que nos lleva a hacer nuestra la misma Misión de Cristo. Mientras no tengamos esa fe será imposible darle un nuevo rumbo a nuestra historia desde nuestras simples elucubraciones personales, o desde los puros criterios humanos, o desde nuestra ciencia y técnica humanas.
Tal vez luchemos y concibamos planes demasiado bien estructurados, pero al final, si no es el Señor el que realice su Obra de salvación, sólo daremos a luz el viento y no hijos, pues no somos nosotros sino Cristo el que murió por nosotros.
Tener fe no es sólo creer que sucederán las cosas que decimos; creer es dejarnos transformar en Cristo para que nuestras palabras sean capaces de mover cualquier obstáculo, cualquier montaña que nos impida alcanzar la Vida eterna.
Si nuestra fe nos ha unido al Señor entonces nada nos será imposible, pues Dios mismo vivirá en nosotros y por medio nuestro hará que su amor salvador llegue a la humanidad entera.
En la Eucaristía celebramos nuestra fe en Cristo. En ella volvemos a aceptar el compromiso de darle un nuevo rumbo a nuestra historia. En ella recibimos la misma vida de Dios y su Espíritu para que vayamos y trabajemos por el Reino de Dios, iniciándolo ya desde ahora entre nosotros.
Nosotros no somos cualquier cosa en las manos de Dios. Ante Él tenemos el valor de la Sangre derramada por su propio Hijo. Hasta allá ha llegado el amor que nos tiene. Y hoy venimos como hijos suyos, reconociéndonos pecadores en su presencia, pero con el corazón contrito y humillado; venimos para ser perdonados y para recibir nuevamente su Gracia para no sólo llamarnos hijos suyos, sino para serlo en verdad.
 


Santa Otilia

Esta es la santa patrona de Alsacia (una provincia muy famosa de Francia, que tiene como capital a Estrasburgo). En aquellas tierras se ha tenido enorme devoción a Santa Otilia, por más de 1,000 años. Y su historia es bien interesante.
El señor feudal que gobernaba Alsacia en el siglo VII era Aldarico. Era un pagano recién convertido al catolicismo, y no muy bien convertido aún.
Aldarico deseaba mucho tener un hijo varón, pero he aquí que lo que le nació fue una hija, y ciega. El hombre se llenó de cólera y mandó que su hija fuera expulsada muy lejos de su castillo. La pobre niña fue llevada a un lejano convento de religiosas, las cuales la educaron lo mejor que pudieron, en la religión de Cristo.
La niña crecía ciega pero he aquí que un día llegó al convento el obispo San Erardo, el cual había tenido un sueño en el que se le ordenaba que fuera a esa casa de religiosas y bautizara a una niña. Le presentaron a la cieguita y el santo al bautizarla le puso el nombre de Otilia, que significa: "luz de Dios". Y al administrarle el sacramento le dijo: "que se te abran los ojos de tu cuerpo, como se te han abierto los ojos de tu alma", y la niña recobró milagrosamente la vista.
El santo obispo fue donde el papá de Otilia a pedirle que la aceptara en su casa ya que era hija suya, pero el otro no quería de ninguna manera. Afortunadamente el hijo varón y hermano menor de Otilia, Hugo, intercedió ante su padre, y éste aunque de muy mala gana, permitió que la muchacha volviera al castillo, pero más como sirvienta que como hija.
Y sucedió que Aldarico empezó a notar que su hija era tan santa, tan caritativa, tan bondadosa con todos, que se encariñó grandemente con ella y la quiso con un amor fraternal que nunca antes había sentido.
Y el papá se propuso casarla con un gran señor alemán para que llegara a ser una princesa muy importante. Él no sabía que Otilia cuando estaba viviendo con las religiosas se había propuesto dedicar su vida entera a la oración y a las obras buenas, y a ser una religiosa. Cuando ella supo que su padre estaba resuelto a obligarla a casarse, se vistió de sirvienta, y así disfrazada huyó del palacio; un barquero la llevó al otro lado del inmenso río y ella siguió huyendo por los campos.
Aldarico envió a sus soldados a buscarla por todas partes y cuando la joven vio que se acercaban ya sus perseguidores pidió a Dios que la protegiera, y vio en una roca una hendidura, y ahí se escondió y nadie logró verla.
Entonces su padre, lleno de remordimientos por su actitud, mandó publicar un decreto por medio del cual perdonaba a su hija y le permitía que se hiciera religiosa. Ella al oír tal noticia volvió al castillo y Aldarico le regaló un convento en una alta montaña para que se fuera allá con las demás jóvenes que quisieran ser religiosas. Y allí se fundó el convento de Otilburg.
Otilia y sus compañeras se dedicaron a la oración, a los trabajos manuales y a atender a los centenares de pobres que llegaban a pedir ayuda. Otilia se dedicaba a socorrer a los enfermos más repugnantes y abandonados. Y fundó un hospital para ellos.
Al fin, Aldarico al darse cuenta de la gran santidad de su hija dispuso con su anciana esposa vivir los dos como monjes y convirtieron su castillo en un convento, dirigido por Otilia. Y allí murieron piadosamente. La santa se dedicó a ofrecer misas, limosnas y oraciones por el alma de su padre, y tiempo después en una visión le fue dicho que por sus misas y oraciones y obras de caridad, el alma de Aldarico lograba salir del purgatorio.
Después de dedicarse por muchos años a la oración y a prestar ayudas a enfermos y pobres, Otilia descansó en paz en el año 720. En su sepulcro empezaron a obrarse milagros, y toda aquella región de Alsacia la proclamó como patrona.
Todos los emperadores alemanes desde Carlo Magno (año 800) le rindieron homenaje.
El papa San León IX y el Rey Ricardo I de Inglaterra fueron en peregrinación a visitar su tumba.
Todavía se conserva una fuente de agua que la santa hizo brotar con su oración, cuando en el convento no había nada para beber. Y con esa agua se bañan los ojos muchos enfermos de la vista y consiguen admirables curaciones.

viernes, 8 de agosto de 2014

Lectura de la profecía de Nahúm 2, 1-3; 3, 1-3. 6-7



 

Miren sobre las montañas
los pasos del que trae la buena noticia,
del que proclama la paz.
Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus votos,
porque el hombre siniestro no pasará más por ti:
ha sido exterminado por completo.
 
Sí. el Señor ha restaurado la viña de Jacob
y la viña de Israel.
Los salteadores las habían saqueado
y habían destruido sus sarmientos.
¡Un destructor te ataca de frente!
¡Monta guardia en la fortaleza,
vigila los accesos, cíñete el cinturón,
concentra todas tus fuerzas!
 
¡Ay de la ciudad sanguinaria,
repleta de mentira, llena de rapiña,
que nunca suelta la presa!
¡Chasquido de látigos, estrépito de ruedas,
galope de caballos, rodar de carros,
carga de caballería,
centelleo de espadas, relampagueo de lanzas!
¡Multitud de víctimas,
cuerpos a montones,
cadáveres por todas partes!
¡Se tropieza con los cadáveres!
 
Arrojaré inmundicias sobre ti,
te cubriré de ignominia
y te expondré como espectáculo.
Así, todo el que te vea
huirá lejos de ti, diciendo:
«Nínive ha sido devastada!
¿Quién se lamentará por ella?
¿Dónde iré a buscar
alguien que te consuele?»
 
Palabra de Dios. 



Reflexionamos juntos

Ninive, capital de Asiría está en su esplendor, 50 años después será barrida por Babilonia. El profeta por anticipado canta la esperanza de los pobres: todas las pequeñas naciones, hasta ahora aplastadas, podrán levantar la cabeza. Ninive no solo es la capital de un país poderoso, es el símbolo del orgullo, de la violencia, de los “poderosos” de todo orden. Fraudes, barbarie, brutalidad. Ese tipo de ciudad no podría durar ante Dios. Será destruida. Ninive hoy son todas esas potencias sin escrúpulos, que en el seno de los sistemas económicos actuales, se aprovechan del dinero y de la mentira para oprimir a los débiles indefensos. Ninive, la “maravilla del mundo” hoy, es sólo un campo de ruinas: ¿podemos imaginarnos a Roma, Paris, Nueva York o Moscú en ruinas? Meditemos sobre la fragilidad de las cosas.

P. Juan R. Celeiro
 

SALMO RESPONSORIAL Deut 32, 35c-36b. 39abcd. 41



R.    ¡La herencia del Señor es su pueblo! 

 
Está cerca el día de su ruina
y ya se precipita el desenlace.
Sí, el Señor hará justicia con su pueblo
y tendrá compasión de sus servidores.  R.
 
 
Miren bien que Yo, sólo Yo soy,
y no hay otro dios junto a mí.
Yo doy la muerte y la vida,
Yo hiero y doy la salud.  R.
 
 
Cuando afile mi espada fulgurante
y mi mano empuñe la justicia,
me vengaré de mis enemigos
y daré su merecido a mis adversarios.  R.
 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 24-28


 

Jesús dijo a sus discípulos:
El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino.
 
Palabra del Señor.



¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

Jesús se da cuenta de que muchos le siguen por interés, por las curaciones, porque es alimenta el hambre de sus estómagos, sin embargo, pocos quieren seguir el nuevo estilo de vida que él propone. Y nosotros ¿por qué seguimos a Jesús? ¿por qué rezamos? ¿Qué le dices a Jesús?

Dar la vida, tomar la cruz. Éste es el nuevo estilo de vida que nos plantea Jesús. Hace 2000 años este camino parecería difícil de recorrer. A nosotros, instalados en la sociedad del confort, se nos antoja casi imposible.   
    "Señor, ¿cómo debo dar la vida y tomar la cruz?"
    "Dame la fuerza de tu Espíritu y de los hermanos para seguir tu camino"

¿Dar la vida? ¿tomar la cruz? ¿para qué? ¿por capricho? ¿para machacarnos? No. Cristo dio la vida para que todos tuviéramos más vida, para recuperarla multiplicada. Cristo tomó la cruz para que todos pudiésemos gozar de la resurrección.
    "Gracias Jesús por dar la vida, para que tengamos vida"
    "Gracias por las personas que siguen tu ejemplo"
    "Ayúdanos a creer y a experimentar que sólo vivimos cuando damos la vida"



Santo Domingo de Guzmán

El fundador de los Padres Dominicos, que son ahora 6,800 en 680 casas en el mundo, nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, era una mujer admirable en virtudes y ha sido declarada Beata. Lo educó en la más estricta formación religiosa.
A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano. Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.
Por aquel tiempo vino por la región una gran hambre y las gentes suplicaban alguna ayuda para sobrevivir. Domingo repartió en su casa todo lo que tenía y hasta el mobiliario. Luego, cuando ya no le quedaba nada más con qué ayudar a los hambrientos, vendió lo que más amaba y apreciaba, sus libros (que en ese tiempo eran copiados a mano y costosísimos y muy difíciles de conseguir) y con el precio de la venta ayudó a los menesterosos. A quienes lo criticaban por este desprendimiento, les decía: "No puede ser que Cristo sufra hambre en los pobres, mientras yo guarde en mi casa algo con lo cual podía socorrerlos".
En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas. Y el método que los misioneros católicos estaban empleando era totalmente inadecuado. Los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, y se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad. Y así de esa manera las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente.
Vio que a las gentes les impresionaba que el misionero fuera pobre como el pueblo. Que viviera una vida de verdadero buen ejemplo en todo. Y que se dedicara con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza, y con una santidad de conducta impresionante, empezaron a evangelizar con grandes éxitos apostólicos.
Sus armas para convertir eran la oración, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión. Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: "Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores por que nos ven muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones".
Domingo llevaba ya diez años predicando al sur de Francia y convirtiendo herejes y enfervorizando católicos, y a su alrededor había reunido un grupo de predicadores que él mismo había ido organizando e instruyendo de la mejor manera posible. Entonces pensó en formar con ellos una comunidad de religiosos, y acompañado de su obispo consultó al Sumo Pontífice Inocencio III.
Al principio el Pontífice estaba dudoso de si conceder o no el permiso para fundar la nueva comunidad religiosa. Pero dicen que en un sueño vio que el edificio de la Iglesia estaba ladeándose y con peligro de venirse abajo y que llegaban dos hombres, Santo Domingo y San Francisco, y le ponían el hombro y lo volvían a levantar. Después de esa visión ya el Papa no tuvo dudas en que sí debía aprobar las ideas de nuestro santo.
Y cuentan las antiguas tradiciones que Santo Domingo vio en sueños que la ira de Dios iba a enviar castigos sobre el mundo, pero que la Virgen Santísima señalaba a dos hombres que con sus obras iban a interceder ante Dios y lo calmaban. El uno era Domingo y el otro era un desconocido, vestido casi como un pordiosero. Y al día siguiente estando orando en el templo vio llegar al que vestía como un mendigo, y era nada menos que San Francisco de Asís. Nuestro santo lo abrazó y le dijo: "Los dos tenemos que trabajar muy unidos, para conseguir el Reino de Dios". Y desde hace siglos ha existido la bella costumbre de que cada año, el día de la fiesta de San Francisco, los Padres dominicos van a los conventos de los franciscanos y celebran con ellos muy fraternalmente la fiesta, y el día de la fiesta de Santo Domingo, los padres franciscanos van a los conventos de los dominicos y hacen juntos una alegre celebración de buenos hermanos.
Icono de San Dominico de GuzmánEn agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia.
El gran fundador le dio a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Por ejemplo estas:
  • Primero contemplar, y después enseñar. O sea: antes dedicar mucho tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia, y después sí dedicarse a predicar con todo el entusiasmo posible.
  • Predicar siempre y en todas partes. Santo Domingo quiere que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, tratar de propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles. Y él mismo daba el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
La experiencia le había demostrado que las almas se ganan con la caridad. Por eso todos los días pedía a Nuestro Señor la gracia de crecer en el amor hacia Dios y en la caridad hacia los demás y tener un gran deseo de salvar almas. Esto mismo recomendaba a sus discípulos que pidieran a Dios constantemente.
Los santos han dominado su cuerpo con unas mortificaciones que en muchos casos son más para admirar que para imitar. Recordemos algunas de las que hacía este hombre de Dios.
Cada año hacía varias cuaresmas, o sea, pasaba varias temporadas de a 40 días ayunando a pan y agua.
Siempre dormía sobre duras tablas. Caminaba descalzo por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. No se colocaba nada en la cabeza ni para defenderse del sol, ni para guarecerse contra los aguaceros. Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola palabra. Cuando llegaban de un viaje empapados por los terribles aguaceros mientras los demás se iban junto al fuego a calentarse un poco, el santo se iba al templo a rezar. Un día en que por venganza los enemigos los hicieron caminar descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas afiladas, el santo exclamaba: "la próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos". Y así sucedió en verdad. Sufría de muchas enfermedades, pero sin embargo seguía predicando y enseñando catecismo sin cansarse ni demostrar desánimo.
Era el hombre de la alegría, y del buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: "De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación". Pasaba noches enteras en oración.
Era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.
Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.
Los que trataron con él afirmaban que estaban seguros de que este santo conservó siempre la inocencia bautismal y que no cometió jamás un pecado grave.
Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: "Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte", dijo: "¡Qué hermoso, qué hermoso!" y expiró.
A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: "De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo".

jueves, 7 de agosto de 2014

El Papa recibe a Meriam Ibrahim, cristiana salvada de pena de muerte en Sudán

VATICANO, 24 Jul. 14 / 10:08 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco recibió hoy en la Casa de Santa Marta a Meriam Ibrahim, una joven cristiana recientemente absuelta de la pena de muerte en Sudán, tras ser acusada falsamente de blasfemia contra el Islam.
Meriam de 27 años, había sido condenada a muerte tras ser acusada de renunciar al Islam por tres personas que fraudulentamente aseguraron ser sus hermanos y su madre. Las autoridades islámicas la condenaron además a 100 latigazos por el delito de adulterio, pues su matrimonio con Daniel Wani no era reconocido como tal bajo la ley musulmana.
Meriam pasó varios meses en prisión y tuvo que dar a luz a su segunda hija, Maya, en un centro médico dentro de la cárcel, y durante el parto le mantuvieron puesta una cadena a la pierna.
El Santo Padre recibió a Meriam, que llegó junto a su esposo Daniel y a sus hijos Martin, de año y medio, y Maya, alrededor de la 1:00 p.m. (hora de Roma), expresando su cercanía, atención y oración, especialmente para lo perseguidos por su fe, según indicó el Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi.
Radio Vaticano informó que Francisco agradeció a Meriam y su familia por el valiente testimonio de perseverancia en la fe que han mostrado.
Por su parte, Meriam agradeció al Papa el gran apoyo y el aliento recibido, tanto por su oración como la de los numerosos creyentes y personas de buena voluntad.

Papa Francesco incontra Meriam: prego per i cristiani che soffrono a cau...

Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34




Llegarán los días -oráculo del Señor- en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque Yo era su dueño -oráculo del Señor-.
Ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo del Señor-: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.
Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande -oráculo del Señor-. Porque Yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

Estas palabras de Jeremías las hará realidad Jesús cuando diga: “he aquí la Sangre de la Alianza, nueva y eterna”, como repetimos en cada misa. Se adivina ya ese pacto más sólido, inquebrantable. Una comunión perfecta. La alianza no es ante todo un “contrato”, es la “comunión” de dos seres, en donde Dios ha tomado la iniciativa. ¿Cómo es mi vida de comunión, mi alianza de amor con Dios? El “conocimiento” del otro es un elemento importante en todo amor. ¿Qué hago para conocer mejor a Dios? También Dios se manifiesta en otra dimensión del amor, que es el perdón:”perdonaré tus faltas, no me acordaré de tus pecados”.

P. Juan R. Celeiro

SALMO RESPONSORIAL 50, 12-15. 18-19




R.    ¡Dios mío, crea en mí un corazón puro! 


Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu. R.
 

Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti. R.
 

Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
Tú no desprecias el corazón contrito y humillado. R.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 13-23





Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?» Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».
Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.
Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Palabra del Señor.




¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?



Pedro es la imagen de cada uno de nosotros. Podemos tener las palabras más desafortunadas, después de la respuesta más acertada. Somos capaces de arriesgar la vida en el monte de los Olivos y negar al maestro en la ciudad. Y ante esta realidad, tenemos que alejar dos peligros:

-          por un lado, dejarnos llevar por la mediocridad. Este camino nos conduciría a una vida cada vez más pobre, menos humana.

-          por otro, castigarnos continuamente cada vez que hacemos una cosa mal. Este camino nos lleva irremediablemente a la tristeza permanente y nos va destruyendo.

La actitud más humana y más cristiana es reconocer tanto lo positivo como lo negativo, dar gracias a Dios por lo primero e intentar descubrir el camino para superar lo segundo.

¿Cómo te sitúas? ¿Qué le dices a Dios?



Este evangelio nos da la ocasión de responder la pregunta que Jesús plantea a los discípulos. Pero no respondamos desde la teoría.
¿Quién ha sido hoy Jesús para ti? ¿Quién quieres que sea? ¿Cómo puedes avanzar en ese camino? ¿Qué dices a Dios?



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