martes, 17 de octubre de 2017

Enfadarse con el cura, pagarlo con Dios (y con uno mismo)




Pues sí, así como suena, y mucho más común de lo que parece. Gente que se enfada con el cura, con el párroco, siempre ha existido. Jamás por temas fundamentales, eso sí.
Aunque en las peleas nadie tiene la culpa al cien por cien, sí he de reconocer que, por parte del clero, la mayor culpa se la lleva nuestro orgullo de ser el cura párroco, y como soy el párroco se hace lo que yo digo. Unamos alguna salida de pata de banco por no andar uno en su mejor día y reconozco que hay gente que sale escaldada.
Luego están las cuestiones y exigencias más que cuestionables de los fieles a las cuales hay que poner coto. No recuerdo haber discutido con nadie por la materia de la confesión, la correcta celebración de la eucaristía según la liturgia romana o una interpretación no del todo correcta de algún punto de moral. Las peleas más gordas han sido por horarios de bautizos y comuniones, adornos del templo en celebraciones concretas, liturgias pretendidamente especiales, particulares y singulares, detalles relacionados con religiosidad popular, como mantos, cetros o coronas y, cada vez más, por las condiciones que hay que poner, por ejemplo, para ser padrino.
La gente no acaba de entender que no es de recibo llevar al terreno personal cosas que son de derecho canónico. Entiendo que alguien deje de hablarme o prefiera ir a misa a otra parte si un día le he llamado perro judío, he mentado a su madre y además me pescó rayándole el coche. Pero no se entiende que dejen de dirigirte la palabra simplemente porque, como ejemplo, digas que no aceptas dos padrinos o dos madrinas de bautismo por la sencilla razón de que el derecho canónico no lo permite, o porque te niegues a ir a casar a la niña en su colegio de monjitas donde les han dicho que tienen que ir con el cura puesto.
El primer nivel es que dejan de hablarte, muchas veces por tener la desfachatez de pretender gobernar la parroquia según el derecho canónico, cosa a todas luces intolerable. Qué se le va a hacer. Sufrirlo con paciencia como enseñan las obras de misericordia.
Pero hay otro nivel mucho más preocupante, y es el de pagarlo con Dios y con la comunidad parroquial.
Recuerdo en una ocasión, era otra parroquia, en la que me negué a oficiar un bautizo, sin condicionante alguno, fuera de los días y horarios establecidos. Se ofendieron tanto que decidieron retirar la aportación económica para la construcción del templo. Les dije: tengo casa propia, mi parroquia personal, la de mi pueblo, está pagada y con buenos locales, y yo me iré algún día de aquí. Ustedes sabrán lo que quieren hacer con su parroquia.
Gente que deja de asistir a la misa dominical no en la parroquia, sino definitivamente, como si el cumplir con el precepto fuera un favor al cura párroco. O los que dejan su turno de adoración en la capilla de adoración perpetua porque tuvieron una enganchada con el señor cura.
Hay gente que sigue con la mentalidad de que acudir a misa, ofrecer una limosna en el cepillo, comprometerse con un turno de adoración o ayudar en Cáritas, es un favor que le hacen al cura de turno. Mala cosa.
Recuerdo en un lugar donde fui párroco en el que el cementerio pertenecía a la parroquia y la parroquia lo administraba. Para ello se abonaban unas humildísimas cuotas para que por lo menos estuviera limpio de hierbajos y lo más curioso posible. En una ocasión, ante una subida ínfima, me dice una señora: imagine ahora que la gente deja de pagar las cuotas del cementerio. ¿Qué pasaría? Le replico: yo tengo a los míos enterrados en mi pueblo y el cementerio está limpio. Si a vosotros no os importa que vuestros difuntos estén entre hierbajos y maleza, a mí me da igual. Yo puedo intentar que no, pero los difuntos son vuestros.
Pues eso. Gente que ha hecho suya la sabia receta de que se fastidie el capitán que yo no como rancho. Parece mentira que pueda suceder en la Iglesia: Que se fastidie el cura que yo no voy a misa.
P.D. Y mucha culpa de esto la tenemos los curas por no habernos preocupado de formar bien a la gente.  


P. Jorge González Guadalix

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (1,16-25):



Yo no me avergüenzo del Evangelio; es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe.» Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque, lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista; Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen disculpa, porque, conociendo a Dios, no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía, al contrario, su razonar acabó en vaciedades, y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por esa razón, abandonándolos a los deseos de su corazón, los ha entregado Dios a la inmoralidad, con la que degradan ellos mismos sus propios cuerpos; por haber cambiado al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén.

Palabra de Dios



Reflexionamos juntos

La Iglesia en Roma, compuesta por judíos y por gentiles convertidos al cristianismo, estaba pasando momentos de dificultad debido a problemas entre los hermanos. Efectivamente, Pablo no conocía a la comunidad, pero si que conocía el problema, ya que, era el mismo problema que estaba azotando al resto de las primeras comunidades cristianas. Por eso, Pablo con fuertes palabras les advierte de dicho problema: “Yo no me avergüenzo del Evangelio; porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen: de los judíos en primer lugar, y después de los que no lo son”. Jesucristo, el Evangelio, es la salvación para quien cree. No es la Ley Judaica, sino Jesucristo. Pablo, por tanto, les advierte de lo grave de tener a la Verdad del Evangelio escondida por medio de una injusticia. En este caso, deja entrever que hay algunos que han llegado a la comunidad de Roma predicando estupideces, cosas sin sentido, vacías… la sabiduría humana… escondiendo la Verdad de Dios que es: invisible a los ojos.

P. Juan R. Celeiro

Sal 18,2-3.4-5



R/.
 El cielo proclama la gloria de Dios

El cielo proclama la gloria de Dios, 
el firmamento pregona la obra de sus manos: 
el día al día le pasa el mensaje, 
la noche a la noche se lo susurra. R/.


Sin que hablen, sin que pronuncien, 
sin que resuene su voz, 
a toda la tierra alcanza su pregón 
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,37-41):


En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. 
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosan de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Den limosna de lo de dentro, y lo tendran limpio todo.»

Palabra del Señor


¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

Así dice Jesús a los fariseos y al fariseo que todos llevamos dentro. Generalmente cuidamos más la belleza exterior que la interior, nos importa más el aplauso de las personas que el reconocimiento de Dios, nos gusta destacar más nuestras buenas obras que las de los demás.

Jesús nos llama a la coherencia, a la humildad, a la verdad.

Señor, también yo vivo preocupado por la apariencia
y no me ocupo del cuidado del corazón.
Dedico más tiempo a maquillarme que a mejorarme,
a aparentar bondad que a ser bueno,
a cuidar más las ramas que las raíces,
a vivir más de cara afuera que de cara adentro.

Hazme comprender, Señor, que no desperdicio el tiempo
cuando me dedico a reflexionar y a pensar,
a sopesar las consecuencias de lo que hago y de lo que no hago;
cuando procuro espacios de silencio y de quietud,
para poder escuchar, escucharme y escucharte.

Ayúdame, Señor, a cuidar y a alimentar mi espíritu,
leyendo buenas lecturas, viendo bellos paisajes,
acercándome a las personas que me pueden motivar
y a todas aquellas a las que puedo ayudar,
dejando que tu amor me purifique y me dé vida. Amén.

San Ignacio de Antioquía


Antioquía era una ciudad famosa en Asia Menor, en Siria, al norte de Jerusalén. En esa ciudad (que era la tercera en el imperio Romano, después de Roma y Alejandría) fue donde los seguidores de Cristo empezaron a llamarse "cristianos". De esa ciudad era obispo San Ignacio, el cual se hizo célebre porque cuando era llevado al martirio, en vez de sentir miedo, rogaba a sus amigos que le ayudaran a pedirle a Dios que las fieras no le fueran a dejar sin destrozar, porque deseaba ser muerto por proclamar su amor a Jesucristo.
Dicen que fue un discípulo de San Juan Evangelista. Por 40 años estuvo como obispo ejemplar de Antioquía que, después de Roma, era la ciudad más importante para los cristianos, porque tenía el mayor número de creyentes.
Mandó el emperador Trajano que pusieran presos a todos los que no adoraran a los falsos dioses de los paganos. Como Ignacio se negó a adorar esos ídolos, fue llevado preso y entre el perseguidor y el santo se produjo el siguiente diálogo.
  • ¿Por qué te niegas a adorar a mis dioses, hombre malvado?
  • No me llames malvado. Más bien llámame Teóforo, que significa el que lleva a Dios dentro de sí.
  • ¿Y por qué no aceptas a mis dioses?
  • Porque ellos no son dioses. No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo.
El emperador ordenó entonces que Ignacio fuera llevado a Roma y echado a las fieras, para diversión del pueblo.
Encadenado fue llevado preso en un barco desde Antioquía hasta Roma en un largo y penosísimo viaje, durante el cual el santo escribió siete cartas que se han hecho famosas. Iban dirigidas a las Iglesias de Asia Menor.
En una de esas cartas dice que los soldados que lo llevaban eran feroces como leopardos; que lo trataban como fieras salvajes y que cuanto más amablemente los trataba él, con más furia lo atormentaban.
El barco se detuvo en muchos puertos y en cada una de esas ciudades salían el obispo y todos los cristianos a saludar al santo mártir y a escucharle sus provechosas enseñanzas. De rodillas recibían todos su bendición. Varios se fueron adelante hasta Roma a acompañarlo en su gloriosos martirio.
Con los que se adelantaron a ir a la capital antes que él, envió una carta a los cristianos de Roma diciéndoles: "Por favor: no le vayan a pedir a Dios que las fieras no me hagan nada. Esto no sería para mí un bien sino un mal. Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo. Y si cuando yo llegue allá me lleno de miedo, no me vayan a hacer caso si digo que ya no quiero morir. Que vengan sobre mí, fuego, cruz, cuchilladas, fracturas, mordiscos, desgarrones, y que mi cuerpo sea hecho pedazos con tal de poder demostrarle mi amor al Señor Jesús". ¡Admirable ejemplo!.
Al llegar a Roma, salieron a recibirlo miles de cristianos. Y algunos de ellos le ofrecieron hablar con altos dignatarios del gobierno para obtener que no lo martirizaran. Él les rogó que no lo hicieran y se arrodilló y oró con ellos por la Iglesia, por el fin de la persecución y por la paz del mundo. Como al día siguiente era el último y el más concurrido día de las fiestas populares y el pueblo quería ver muchos martirizados en el circo, especialmente que fueran personajes importantes, fue llevado sin más al circo para echarlo a las fieras. Era el año 107.
Ante el inmenso gentío fue presentado en el anfiteatro. Él oró a Dios y en seguida fueron soltados dos leones hambrientos y feroces que lo destrozaron y devoraron, entre el aplauso de aquella multitud ignorante y cruel. Así consiguió Ignacio lo que tanto deseaba: ser martirizado por proclamar su amor a Jesucristo.
Algunos escritores antiguos decían que Ignacio fue aquel niño que Jesús colocó en medio de los apóstoles para decirles: "Quien no se haga como un niño no puede entrar en el reino de los cielos" (Mc. 9,36).
San Ignacio dice en sus cartas que María Santísima fue siempre Virgen. Él es el primero en llamar Católica, a la Iglesia de Cristo (Católica significa: universal).

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