sábado, 17 de diciembre de 2016

Felicitación Papa Francisco 80 cumpleaños: 500 voces unidas por la músic...

La gracia y la bendición de Dios llene tu vida y tu Ministerio!!!


FELIZ CUMPLEAÑOS PAPA FRANCISCO!!!

Te espero, Señor



Con María, la que no teniendo nada
al tener en sus brazos, Jesús, lo tendrá todo.
Con José, con sus dudas y sombras,
pero con respuestas después de un dulce sueño.

Te espero, Señor.
Porque, más allá de luces artificiales,
necesito de una luz más eterna e interior.
Como la de María: llena de Dios.
Como la de José: soplada por la voluntad del Creador.

Te espero, Señor.
Para ser feliz y, con tu nacimiento,
ser mejor e intentando cambiar a mejor.
Para darme, y al ver cómo tú naces,
descubrir que, es en la pequeñez,
donde siempre podré encontrar a Dios.

Te espero, Señor                 .
Con la confianza de María,
con mi corazón abierto,
para que no pases de largo.
Con la serenidad de José,
con mis pasos firmes,
para que nada me aparte de TI.

Te espero, Señor.
Ven pronto… ilumina mi camino.
No tardes…. temo  cansarme por esperarte.
Ilumina al mundo…. que dice no necesitarte.
Te espero, Señor.

P. Javier Leoz

Lectura del libro del Génesis 49, 1-2. 8-10




Jacob llamó a sus hijos y les habló en estos términos:
Reúnanse, para que yo les anuncie lo que les va a suceder en el futuro:
Reúnanse y escuchen, hijos de Jacob,
oigan a Israel, su padre.
A ti, Judá, te alabarán tus hermanos,
tomarás a tus enemigos por la nuca
y los hijos de tu padre se postrarán ante ti.
Judá es un cachorro de león.
-¡Has vuelto de la matanza, hijo mío!- .
Se recuesta, se tiende como un león, como una leona:
¿quién lo hará levantar? ¡El cetro no se apartará de Judá
ni el bastón de mando de entre sus piernas,
hasta que llegue Aquél a quien le pertenece
y a quien los pueblos deben obediencia.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Se describe la despedida de Jacob moribundo rodeado de sus seres queridos. Las palabras que dirige a sus doce hijos se consideran sagradas y proféticas, y hablan del futuro de sus hijos y sus descendientes. Leemos las dirigidas a Judá, padre de la tribu homónima, de la que nacería el Mesías. La profecía, que se remonta al tiempo de Isaías (siglos VIII-VII), es misteriosa, exalta la superioridad de Judá sobre sus hermanos por su fuerza real, similar a la de un león. Y por el «cetro» y el «bastón de mando» que ejercitará sobre las tribus de Israel y sobre todos sus enemigos. Alude a la monarquía davídica, en la que reside el cetro del Ungido del Señor, que llevará la salvación ansiada cuando el verdadero rey anunciado, a quien pertenecen el poder y el reino, domine sobre todos los pueblos. Este rey ideal y definitivo aparecerá en la figura del Mesías, del que dice el libro del Apocalipsis: «Ha vencido el león de la tribu de Judá» (5,5). El es el único poseedor del cetro de Dios, cuyo reino no es de dominio y poder, sino de servicio y amor para con todos los pueblos, que le rendirán filial obediencia.

P. Juan R. Celeiro

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 1, 1-17



Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:
Abraham fue padre de Isaac;
Isaac, padre de Jacob;
Jacob, padre de Judá y de sus hermanos.
Judá fue padre de Fares y de Zará,
y la madre de éstos fue Tamar.
Fares fue padre de Esrón;
Esrón padre de Arám;
Arám, padre de Aminadab;
Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón.
Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab.
Booz fue padre de Obed, y la madre de éste fue Rut.
Obed fue padre de Jesé;
Jesé, padre del rey David.
David fue padre de Salomón, y la madre de éste fue la que
había sido mujer de Urías.
Salomón fue padre de Roboám;
Roboám, padre de Abías;
Abías, padre de Asá;
Asá, padre de J osafat;
Josafat, padre de Jorám;
Jorám, padre de Olías.
Olías fue padre de Joatám;
Joatám, padre de Acaz;
Acaz, padre de Ezequías;
Ezequías, padre de Manasés.
Manasés fue padre de Amón;
Amón, padre de Josías;
Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos,
durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia:
Jeconías fue padre de Salatiel;
Salatiel, padre de Zorobabel;
Zorobabel, padre de Abiud;
Abiud, padre de Eliacím;
Eliacím, padre de Azor.
Azor fue padre de Sadoc;
Sadoc, padre de Aquím;
Aquím, padre de Eliud;
Eliud, padre de Eleazar;
Eleazar, padre de Matán;
Matán, padre de Jacob.
Jacob fue padre de José, el esposo de María,
de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

Palabra del Señor.


¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida? 

A. ¿Qué nos quiere decir la Palabra de Dios con esta lista de nombres? El Evangelista quiere que caigamos en la cuenta de que el nacimiento de Jesús no ocurre en un momento cualquiera de la historia. Dios ha ido preparando a lo largo de muchos siglos este acontecimiento. Dios fue educando con paciencia el corazón de la humanidad hasta que pudiera acoger a su mismo Hijo. Así nos lo explica la carta a los hebreos: "En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo".
     "Señor, gracias por preparar el corazón del mundo para recibir a tu Hijo"
     "Enséñanos también a nosotros a acogerlo en esta Navidad"
     "Ayúdanos a ser pacientes, como tú eres paciente con nosotros"

B. Dice el teólogo navarro Cabodebilla: "Los escritores bíblicos no ocultan que Cristo desciende de bastardos". En efecto, en la lista aparece Farés, hijo incestuoso de Judá, y Salomón, hijo adulterino de David. Los evangelistas no ocultan siquiera la presencia de una prostituta. Y en esta historia de virtud y de pecado, Dios permanece fiel en su amor y conduce al mundo a la salvación, es decir, a Jesucristo.    
    "Dame Señor verdad para reconocer la bondad y la maldad de mí mismo"
     "Gracias Señor porque respondes con fidelidad a nuestras infidelidades"
     "Danos luz para descubrir tu presencia en las sombras del mundo"

Señor, te damos gracias porque, al hacerte humano, asumiste la historia de tu pueblo, la historia de la humanidad, una historia cuajada de nombres, nombres de héroes y villanos, de prostitutas y de santos, de gente mediocre como yo.

Gracias por amarnos, con nuestras luces y sombras, con nuestras coherencias y contradicciones. Gracias por dar la vida por personas que no lo merecemos.

Jesús, tú nos enseñas el camino de la Encarnación. Contigo podemos amar historias heridas, la historia de nuestro pueblo y de nuestra iglesia, la historia de nuestra familia y de nuestro grupo de fe.

Señor, haznos generosos para servir a todos, también a los pecadores, a los desagradecidos. Danos tu Espíritu para encarnarnos, amar, servir, entregarnos y morir, a fin de que nuestra historia se acerque más a Ti, a la corriente de amor y perdón que brota de tu corazón. Amén,


C. A partir de hoy la preparación del Adviento se intensifica, porque dentro de una semana nace Jesús. Y en la liturgia se rezan las antífonas O, llamadas así porque comienzan la exclamación "Oh". Pueden ser útiles para nuestra oración. Ésta es la de hoy:
    Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo,
    abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad,
    ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!

4. Termino la oración   
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...
     Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
     Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.

San Lázaro Amigo de Jesús

Lázaro es un nombre significativo en el idioma de Israel. Quiere decir: "Dios es mi auxilio". El santo de hoy se ha hecho universalmente famoso porque tuvo la dicha de recibir uno de los milagros más impresionantes de Jesucristo: su resurrección, después de llevar cuatro días enterrado.
Lázaro era el jefe de un hogar donde Jesús se sentía verdaderamente amado. A casa de Lázaro llegaba el Redentor como a la propia casa, y esto era muy importante para Cristo, porque él no tenía casa propia. El no tenía ni siquiera una piedra para recostar la cabeza (Lc. 9, 58). En casa de Lázaro había tres personas que amaban a Nuestro Salvador como un padre amabilísimo, como el mejor amigo del mundo. La casa de Betania es amable para todos los cristianos del universo porque nos recuerda el sitio donde Jesús encontraba descanso y cariño, después de las tensiones y oposiciones de su agitado apostolado.
En la tumba de un gran benefactor escribieron esta frase: "Para los pies fatigados tuvo siempre listo un descanso en su hogar". Esto se puede decir de San Lázaro y de sus dos hermanas, Martha y María.
La resurrección de Lázaro es una de las historias más interesantes que se han escrito. Es un famoso milagro que llena de admiración.
Un día se enferma Lázaro y sus dos hermanas envían con urgencia un mensajero a un sitio lejano donde se encuentra Jesús. Solamente le lleva este mensaje: "Aquél a quien Tú amas, está enfermo". Bellísimo modo de decir con pocas palabras muchas cosas. Si lo amas, estamos seguros de que vendrás, y si vienes, se librará de la muerte.
Y sucedió que Jesús no llegó y el enfermo seguía agravándose cada día más y más. Las dos hermanas se asoman a la orilla del camino y... Jesús no aparece. Sigue la enfermedad más grave cada día y los médicos dicen que la muerte ya va a llegar. Mandan a los amigos a que se asomen a las colinas cercanas y atisben a lo lejos, pero Jesús no se ve venir. Y al fin el pobre Lázaro se muere. Pasan dos y tres días y el amigo Jesús no llega. De Jerusalén vienen muchos amigos al entierro porque Lázaro y sus hermanas gozan de gran estimación entre la gente, pero en el entierro falta el mejor de los amigos: Jesús. Él que es uno de esos amigos que siempre están presentes cuando los demás necesitan de su ayuda, ¿por qué no habrá llegado en esta ocasión?
Al fin al cuarto día llega Jesús. Pero ya es demasiado tarde. Las dos hermanas salen a encontrarlo llorando: -"Oh, ¡si hubieras estado aquí! ¡Si hubieras oído cómo te llamaba Lázaro! Sólo una palabra tenía en sus labios: ‘Jesús’. No tenía otra palabra en su boca. Te llamaba en su agonía. ¡Deseaba tanto verte! Oh Señor: sí hubieras estado aquí no se habría muerto nuestro hermano".
Jesús responde: - "Yo soy la resurrección y la Vida. Los que creen en Mí, no morirán para siempre". Y al verlas llorar se estremeció y se conmovió. Verdaderamente de Él se puede repetir lo que decía el poeta: "en cada pena que sufra el corazón, el Varón de Dolores lo sigue acompañando".
Y Jesús se echó a llorar. Porque nuestro Redentor es perfectamente humano, y ante la muerte de un ser querido, hasta el más fuerte de los hombres tiene que echarse a llorar. Dichoso tú Lázaro, que fuiste tan amado de Jesús que con tu muerte lo hiciste llorar.
Los judíos que estaban allí en gran número, pronunciaron una exclamación que se ha divulgado por todos los países para causar admiración y emoción: "¡Miren cuánto lo amaba!".
¡Lázaro: yo te mando: sal fuera! Es una de las más poderosas frases salidas de los labios de Jesús. Un muerto con cuatro días de enterrado, maloliente y en descomposición, que recobra la vida y sale totalmente sano del sepulcro, por una sola frase del Salvador. ¡Que milagrazo de primera clase! Con razón se alarmaron los fariseos y Sumos sacerdotes diciendo: "Si este hombre sigue haciendo milagros como éste, todo el pueblo se irá con Él".
Cómo nos deben brillar los ojos al ver lo poderoso que es Nuestro jefe, Cristo. ¡Cómo deberían llenarse de sonrisas nuestros labios al recordar lo grande y amable que es el gran amigo Jesús!. Sin tocar siquiera el cadáver. Sin masajes, sin remedios, con sólo su palabra resucita a un muerto de 4 días de enterrado.
¡Que se reúnan todos los médicos de la tierra a ver si son capaces de resucitar a un piojo muerto!

viernes, 16 de diciembre de 2016

Lectio: Viernes, 16 Diciembre, 2016


Juan es la lámpara, Jesús la luz
ORACION
Padre, tú enviaste a Juan para que anunciase la venida de tu Hijo Jesús, y él dio testimonio de amor inmenso a su Amigo y Señor. En la plenitud de los tiempos nos has enviado a tu Hijo como Salvador, que ha dado testimonio de tu amor hasta la muerte y nos ha enseñado a vivir en íntima
familiaridad contigo. Haz que también nosotros acojamos con gran alegría la Presencia de Cristo para vivir en comunión con Él y caminar hacia ti iluminados por la luz de su rostro. Que brille su luz sobre nosotros y que llegue a los hermanos y hermanas que tú pones en nuestro camino.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
LECTURA
Del evangelio según san Juan (5, 33-36)
33Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. 34No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. 35Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz.
36 Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. 
MEDITACIÓN
“Vosotros mandasteis…el Padre me ha enviado”. El verbo “mandar”, “enviar”, abre y cierra este breve pasaje que recoge y resume toda la luz y riqueza de la Palabra del Señor quiere ofrecernos. Los judíos mandan sacerdotes y levitas desde Jerusalén para interrogar a Juan (Jn 1, 19); los envían con el fin de sonsacar y hacerse con el testimonio de Juan para poder matarlo. El Padre envía a su Hijo Jesús desde su seno (Jn 1,1-2) como Don de gracia y de salvación para todos los hombres.
Enviar es la acción propia del Padre; a los que son hijos, nosotros, les corresponde aceptar  a aquel
que es enviado. En esta acogida, vivida día a día, nace la experiencia de libertad y de crecimiento en el Espíritu, gracias a la cual nosotros mismos podemos pasar a ser los enviados, los misioneros, los testimonios de Dios en el mundo. Este es el recorrido que se nos ofrece y que Jesús, con su Palabra, quiere que descubramos. Él está dispuesto a recorrerlo con nosotros como maestro, como hermano y amigo, como compañero de viaje.

“dio testimonio”. He aquí otra palabra clave de nuestro pasaje, que se repite varias veces con expresiones diversas: dar testimonio; recibir testimonio; tengo un testimonio; dan testimonio de mí. Un testigo es aquel que ha visto y oído y por eso mismo puede recordar y repetir, puede afirmar, puede declarar con seguridad, con claridad. La palabra bíblica, incluso en el Antiguo Testamento, es muy fuerte, ya que la raíz de la palabra testigo-testimonio expresa una acción que se prolonga en el tiempo o una realidad que contiene en sí la fuerza de llegar “hasta”, de ir “más allá”, al otro lado, hasta la eternidad. Lo que Juan lleva a cabo, lo que vemos realizado en la vida de Jesús y posteriormente de sus discípulos a lo largo de los siglos, es justamente este movimiento de salir de sí, de darse incondicionalmente, con las palabras y con las obras, con la vida entera. Ellos han ido al otro lado, han pasado las fronteras, han dicho y repetido su sí a Dios. Nada ha sido capaz de frustrar su carrera hacia Dios y hacia los hermanos.

“Él era la lámpara”. En el centro del pasaje resalta la imagen de la lámpara con palabras que evocan la luz: “arde”, “alumbra”, “luz”. De esta manera, Jesús nos indica la dirección a mantener, el punto a dónde mirar. También hay una luz segura, un fuego encendido para nuestra noche (Sal 139, 12). La lámpara, que son los profetas (2P 1, 19) y los testigos de Cristo, la lámpara que de manera particular es Juan Bautista, principalmente en este tiempo de Adviento, tiene la misión de conducirnos a la verdadera luz, la que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9), la que no conoce ocaso (Lc 1, 78-79), la que es la vida misma (Jn 8, 12; 9, 5): Jesús.
Aparece también un signo característico, una prueba segura que el Señor pone ante nosotros: la alegría. Junto a esta luz que viene de lo alto, del Padre, nace la alegría. Sólo basta mirarse por dentro, ponerse con corazón abierto y sincero ante Él y ante nosotros mismos, con nuestra vida, para tratar de descubrir los signos de esta alegría. ¿Sólo para una hora? ¿Tal vez para siempre? …
ALGUNOS INTERROGANTES
* Los pasos del camino de fe que el Señor nos presenta, especialmente en este tiempo de Adviento, son muy claros: de Juan a Cristo, del testimonio al Testigo fiel y verdadero, de la lámpara a la luz que no conoce ocaso, de Cristo al Padre…
¿Estoy dispuesto a modificar mis pasos para no permanecer parado? ¿Siento dentro de mí el deseo de encaminarme verdaderamente hacia Cristo y hacia el Padre juntamente con Él? ¿Sigo prefiriendo olvidarme, esperar tiempos mejores y seguir, como los judíos, enviando a otros a hacer preguntas para hallar soluciones superficiales e inmediatas?
* ¿Mantengo abiertos los ojos y el corazón disponible para acoger el testimonio de Jesús, el de las obras que Él lleva a cabo, el del Padre que lo revela como Hijo, como Hermano? ¿Me muestro más bien ciego, incapaz de ver los signos de la gracia, de la misericordia, de la presencia de Dios?
* ¿Tengo disposición interior para ser testimonio de Cristo, del Padre? ¿Estoy más bien espantado, sin ganas, sin disponibilidad, prefiriendo mantenerme cerrado en vez de abrirme?
* ¿Hay alguna luz en mi vida, o me siento completamente a oscuras? ¿Hay niebla a mi alrededor, en mi corazón? La lámpara de la Palabra permanece encendida ya que el Padre ha enviado a su Hijo, Palabra viva y eterna, en la cual Él nos lo ha dicho todo. ¿Deseo yo escuchar, deseo recordar, deseo repetir todo lo que he oído?
* También en estas pocas líneas emerge con fuerza y con claridad la relación de amor que mantiene  Jesús con su Padre, la relación que los une y que hace de ellos una sola cosa. Yo sé que esta relación está abierta, porque el Padre también me invita a mí, y a todo hombre que viene a este mundo, a entrar, a permanecer en ella, para que goce de la verdadera alegría. ¿Acepto esta invitación, o estoy fuera y tal vez, como el joven rico, me voy con el corazón triste?

ORACIÓN FINAL
            R/  El Señor me ha dicho: “Tú eres mi hijo”.

¿Cómo podrá un joven andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras.
Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos.
En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti.
Bendito eres, Señor,
enséñame tus leyes.

Mis labios van enumerando
los mandamientos de tu boca;
mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas.

Medito tus decretos,
y me fijo en tus sendas;
tu voluntad es mi delicia,
no olvidaré tus palabras.

Lectura del libro de Isaías 56, 1-3a. 6-8



Así habla el Señor:
Observen el derecho y practiquen la justicia,
porque muy pronto llegará mi salvación
y ya está por revelarse mi justicia.
¡Feliz el hombre que cumple estos preceptos
y el mortal que se mantiene firme en ellos,
observando el sábado sin profanarlo
y preservando su mano de toda mala acción!
Que no diga el extranjero
que se ha unido al Señor:
«El Señor me excluirá de su Pueblo».

A los hijos de una tierra extranjera
que se han unido al Señor para servirlo,
para amar el nombre del Señor
y para ser sus servidores,
a todos los que observen el sábado sin profanarlo
y se mantengan firmes en mi alianza,
Yo los conduciré hasta mi santa Montaña
y los colmaré de alegría en mi Casa de oración;
sus holocaustos y sus sacrificios
serán aceptados sobre mi altar,
porque mi Casa será llamada
Casa de oración para todos los pueblos.
Oráculo del Señor,
que reúne a los desterrados de Israel:
Todavía reuniré a otros junto a él,
además de los que ya se han reunido.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

El mensaje de Isaías cobra un aire universalista y lleno de entusiasmo por la ciudad de Sión, concebida como el centro universal, desde el que Dios irradia su gloria. Comienza con una exhortación a practicar la justicia, porque es el camino que indica la sabiduría capaz de conducir a la dicha. A continuación se propone el caso del extranjero, que podría pensarse que está excluido de las promesas de Dios; y se indica la necesidad de una síntesis entre culto y vida, como condición para poder acceder al servicio divino. La única condición para participar en el pueblo de Dios y en la asamblea cultual no es la pertenencia étnica, sino una vida fiel a las exigencias de la alianza, ejemplarizada en el precepto del descanso sabático. Para todos Dios abre su casa, su templo, para que todos los justos experimenten su misericordia.

P. Juan R. Celeiro

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 5, 33-36



Jesús dijo a los judíos:
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan el Bautista, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que Yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que Yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.

Palabra del Señor.


¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida? 

Ni siquiera Jesús, el Hijo de Dios, da testimonio de sí mismo. Jesús da testimonio del Padre, realiza las obras del Padre. La Iglesia tampoco debe dar testimonio de sí misma. Los cristianos tampoco debemos dar testimonio de nosotros mismos. Nuestras palabras y nuestras vidas tienen que dar testimonio del amor, de la ternura, de la fuerza de Dios. Lo que dices y lo que haces ¿es para manifestar la gloria de Dios, o para exhibir tus capacidades, buscando el reconocimiento de los demás? ¿Qué te dice Dios? ¿Qué le dices?

Sabemos que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Sabemos que Él es Enviado por el Padre para traernos la paz. Sin embargo, no acabamos ir a Él con decisión, nuestra fe en Él es débil, no lo recibimos en lo más profundo de nuestro corazón. ¿Qué podríamos hacer acogerle con más decisión y alegría en esta “recta final” del adviento? ¿Qué le dices a Dios? ¿Qué le dices?

Te damos gracias, Padre, por Jesucristo, tu Hijo.
Te damos gracias, Padre, por Juan Bautista.

Juan es el amigo, Cristo es el Esposo.
Juan es la voz, Cristo es la Palabra.
Juan es la lámpara, Cristo es la Luz.
Juan es el precursor, Cristo es el Mesías.
Juan es el mensajero, Cristo es el Mensaje.
Juan anuncia la necesidad de allanar el camino, Cristo es el Camino.
Juan bautiza con agua, Cristo bautiza con Espíritu Santo y fuego.

Te damos gracias, Padre, porque cuentas con nosotros,
para continuar la misión de Juan Bautista.

Que nuestra vida y nuestra voz griten que Tú estás cerca,
en el desierto de aldeas, pueblos y ciudades,
en el desierto del vacío interior de muchas personas.
Que con nuestro compromiso, Señor, Tú allanes los senderos,
eleves los valles de depresión, la desilusión y la desconfianza,
rebajes montes de orgullo y colinas de injusticia,
y endereces deseos y sentimientos torcidos.

Padre nuestro, danos la fuerza de tu Espíritu,
para seguir el estilo de vida de Juan Bautista,
para abrazar su pobreza y su austeridad,
para defender la verdad con palabras directas y certeras,
para ser humildes y no pretendamos grandezas humanas,
para que nunca queramos ser salvadores de nada y de nadie,
para que en nuestro corazón el pecado mengüe y Cristo crezca.

4. Termino la oración   
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...
     Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
     Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.

Santa Adelaida

Adela o Adelaida, es un nombre alemán que significa: "de noble familia". A esta santa le decían también Alicia.
Santa Adelaida fue la esposa del Emperador Otón el Grande.
Era hija del rey Rodolfo de Borgoña, el cual murió cuando ella tenía 6 años. Muy joven contrajo matrimonio con Lotario, rey de Italia. Su hija Emma llegó a ser reina de Francia.
Su primer esposo, Lotario, murió también muy joven, parece que envenenado por los que deseaban quitarle su reino, quedando Adelaida viuda de sólo 19 años, con su hijita Emma todavía muy pequeñita. El usurpador Berengario la encerró en una prisión y le quitó todos sus poderes y títulos, porque ella no quiso casarse con el hijo del tal Berengario. Su capellán se quedaba admirado porque Adelaida no se quejaba ni protestaba y seguía tratando a todos los carceleros con exquisita amabilidad y dulzura. Todo lo que sucedía lo aceptaba como venido de las manos de Dios y para su bien. Le robaron sus vestidos de reina y todas sus alhajas y joyas y le dieron unos harapos como de pordiosera. En su oscura prisión pasó varios meses dedicada a la oración. Los carceleros exclamaban: "Cuánto heroísmo tiene esta reina. ¡No grita, no se desespera, no insulta. Sólo reza y sonríe en medio de sus lágrimas!".
Y mientras tanto su capellán, el Padre Martín, consiguió un plano del castillo donde ella estaba prisionera, abrió un túnel y llegando hasta su celda la sacó hacia el lago cercano donde la esperaba una barca, en la cual se la llevó hacia le libertad haciéndola llegar hasta el Castillo de Canossa, donde se refugió. Pero Berengario atacó aquel castillo y Adelaida envió unos embajadores a Otón de Alemania pidiéndole su ayuda. Otón llegó con su ejército, derrotó e hizo prisionero a Berengario y concedió la libertad a la santa reina.
Otón se enamoró de Adelaida y le pidió que fuera su esposa. Ella aconsejada por el Padre Martín, acepto este matrimonio y así llegó a ser la mujer del más importante mandatario de su tiempo. Los dos se fueron a Roma y allá el Sumo Pontífice Juan XII coronó a Otón como emperador y a Adelaida como emperatriz.
Otón el grande reinó durante 36 años. Mientras tanto su santa esposa se dedicaba a socorrer a los pobres, a edificar templos y a ayudar a misioneros, religiosos y predicadores.
Al morir su esposo Otón I, le sucedió en el trono el hijo de Adelaida, Otón II, pero este se casó con una princesa de Constantinopla, la cual era dominante y orgullosa y le exigió que tenía que alejar del palacio a Adelaida. Otón aceptó semejante infamia y echó de su casa a su propia madre. Ella se fue a un castillo pero pidió la ayuda de San Mayolo, abad de Cluny, el cual habló de tal manera a Otón que lo convenció que nadie mejor lo podía aconsejar y acompañar que su santa madre. Y así el emperador llamó otra vez a Adelaida y le pidió perdón y la recibió de nuevo en el palacio imperial.
Otón II murió en una guerra y su viuda la princesa de Constantinopla se apoderó del mando y trató duramente a Adelaida. Ella decía: "Solo en la religión puedo encontrar consuelo para tantas pérdidas y desventuras". En medio de sus penas encontraba fuerzas y paz en la oración. A quienes le trataban mal les correspondía tratándoles con bondad y mansedumbre.
Una extraña enfermedad acabó con la vida de la princesa de Constantinopla y Adelaida quedó como regente, encargada del gobierno de la nación, mientras su nieto Otón III llegaba a la mayoría de edad. Fue para sus súbditos una madre bondadosa. Ignoraba el odio y no guardaba resentimientos con nadie. Supo dirigir el gobierno del país alemán con bondad y mucha compresión, ganándose el cariño de las gentes.
Fundó varios monasterios de religiosos y se preocupó por la evangelización de los que todavía no conocían la religión católica. Se esforzaba mucho por reconciliar a los que estaban peleados.
Su director espiritual en ese tiempo fue San Odilón, el cual dejó escrito: "La vida de esta reina es una maravilla de gracia y de bondad". Santa Adelaida tuvo una gran suerte, y fue que durante toda su vida se encontró con formidables directores espirituales que la guiaron sabiamente hacia la santidad: el Padre Martín, San Adalberto, San Mayolo y San Odilón. En la vida de nuestra santa sí que se cumplió lo que dice la S. Biblia: "Encontrar un buen amigo es mejor que encontrarse un buen tesoro. Quien pide un consejo a los que son verdaderamente sabios, llegan con mucha mayor facilidad al éxito".
Cuando su hijo Otón III se posesionó como emperador, ella se retiró a un monasterio, y allí pasó sus últimos días dedicada a la oración y a meditar en las verdades eternas.
Murió el 16 de diciembre del año 999 y aunque las ingratitudes y persecuciones le hicieron sufrir mucho durante toda su vida, al morir se había ganado la estima y el amor de toda su nación.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Lectio: Jueves, 15 Diciembre, 2016


Oración
La conciencia de nuestra culpa nos entristece, Señor, y nos hace sentirnos indignos de servirte; reconocemos que tenemos necesidad de tu salvación y de tu perdón de Padre. Manda, una vez más, a tu mensajero para que prepare el camino de tu Hijo ante nosotros: deseamos recorrerlo fielmente, dejándonos sumergir en el bautismo de tu misericordia. Concédenos tu alegrìa y tu salvación con la venida del Redentor, tu Hijo, que es Dios y vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo per los siglos de los siglos. Amén.
Lectura
Del Evangeilo según S.  Lucas (7, 24-30)
24Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, Jesús se puso a hablar a la gente de Juan: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 25¿O qué salisteis a ver? ¿Una hombre vestido con lujo? Los que visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios. 26Entonces, ¿qué salisteis a ver?¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 27Él es de quien está escrito:
Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti.
 28Os digo que entre los nacidos de mujer nadie es más grande que Juan, aunque el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él.
29Al oírlo, toda la gente, incluso los publicanos, que habían recibido el bautismo de Juan, bendijeron a Dios. 30Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustaron el designio de Dios para con ellos.
Meditación
Estamos a punto de entrar en los días de la Novena de la Navidad y la Iglesia nos invita hoy, a través de la Palabra de la Liturgia, a hacer nuestra opción clara, definida y fuerte: o bien aceptar la propuesta de Juan el Bautista y así entrar también nosotros en el camino que él vino a preparar, reconociendo  que somos pecadores y necesitados de conversión; o bien creernos ya en posesión de la salvación y no necesitados de nada.
Este texto de Lucas nos ayuda a  entrar en un diálogo y una confrontación personal con Jesús muy fuertes, porque Él, con sus preguntas y sus afirmaciones, nos pone ante los ojos del corazón el camino espiritual, el tramo que quizá ya hemos recorrido y el que todavía tenemos por delante.
* El primer elemento a subrayar es la triple repetición de la pregunta de Jesús a las muchedumbres: “¿Qué habéis ido a ver?” Es importante porque , si traducimos el texto literalmente, dice: “¿Qué habéis salido a ver?”. Al usar este verbo el Señor saca a la luz un aspecto positivo, pone de relieve un compromiso espiritual, un itinerario ya iniciado.
* Pero, al mismo tiempo, quiere ayudarnos a tomar mejor conciencia de lo que ha sucedido dentro de nosotros, quiere disipar nuestras tinieblas, quiere empujarnos hacia opciones más auténticas y vitales. Y, como siempre ha hecho con sus discípulos, y sigue haciendo hoy con nosotros, parte el Pan de la Palabra y nos desvela el sentido de la Escritura. Tomando prestado un verso de la profecía de Malaquías, Jesús nos ofrece la verdadera clave de lectura de la figura de Juan el Bautista. Es el mensajero, el enviado de Dios, que abre y prepara el camino para la venida del Mesías. Juan es el eslabón entre la Antigua y la Nueva Alianza; es el puente que permite alcanzar la verdadera Tierra Prometida, Jesús; es la puerta abierta hacia el Reino de Dios.
* Pero, como dice Jesús en los últimos versos, todavía ha de darse  un proceso de conversión. Después de haber salido y haber visto es necesario escuchar y hacerse bautizar (v. 29). Es decir, se hace necesario que se de en  nosotros mismos un camino de apertura, de disponibilidad sincera a la voz de Dios. Sin miedo, sin retener nada,  deberemos sumergirnos con confianza como en un bautismo. Descender en el agua de la misericordia y dejarnos acoger plenamente entre los brazos del Padre.
* El texto termina con una referencia al designio de Dios, es decir a su voluntad de amor para con nosotros, a su plan de salvación. Dios quiere, desea, anhela conducirnos con Él a la salvación y a la felicitad plenas. Pero, por nuestra parte, se da una respuesta libre, una respuesta de amor. Lucas nos pone delante dos posibilidades en la  elección , expresándola a través de dos verbos: “bendijeron [a Dios]” y “frustraron [el designio de Dios]” De nosotros depende la elección que hagamos.
Algunas preguntas
* ¿Puedo considerarme también yo entre aquellos que han salido y han visto? ¿Se ha dado en mí de verdad este movimiento espiritual, que me ha llevado, al menos en parte, hacia Dios, hacia el misterio de su voluntad en mi vida, hacia los hermanos, hacia las situaciones aunque sean  pesadas y molestas?
¿Están mis ojos de verdad abiertos para ver o para contemplar, consiguiendo caminar un poco más allá de la superficie de las cosas y más allá de las apariencias de las personas?
Si creo que aún no se han realizado en mí estos pasajes, ahora, mientras se aproxima este periodo fuerte del año, de preparación cercana a la Navidad, ¿estoy dispuesto a tomar este compromiso, quiero también yo salir y ver a Dios en mi vida?
* Juan se me presenta en este texto como un profeta, un mensajero , uno que prepara el camino. ¿Creo en esta realidad? ¿Acepto abrirme a la fuerza del anuncio de la Palabra del Señor, quiero comenzar a escuchar de verdad el mensaje que Dios desea ofrecer a mi vida, a mi persona? Si es un camino trazado también para mí, ¿estoy dispuesto a recorrerlo?
* Yfinalmente, el paso más importante. ¿Opto, también yo, por reconocerme necesitado del abrazo del Padre? ¿Me arrojo en el agua buena de su amor para recibir el nuevo bautismo? ¿Tengo aún miedo de dejarme bañar, de dejarme llenar en mi vida de Él, de su presencia, de su respiro ?¿Quiero, hoy, comenzar una nueva vida? Y ¿qué signo podré poner para decir que esta elección mía es cierta? ¿Quizá la confesión, la participación en la Misa de modo más asiduo?
Sí, de verdad deseo descender  en el agua de la misericordia y sumergirme totalmente en ella, sin resistirme más sin querer ya más salir de ella. Amén.
Oracón final
Sólo tú, Señor, eres mi bien
 Protégeme , Dios mío, que me refugio en ti:
yo digo al Señor: “Tú eres mi bien.”
Los dioses y señores de la tierra
No me satisfacen.
Multiplican las estatuas
De dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labio.
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.
Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche mi instruye internamente.
Tengo siempre presenta al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas.

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