sábado, 22 de abril de 2017

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 4, 13-21



Los miembros del Sanedrín estaban asombrados de la seguridad con que Pedro y Juan hablaban, a pesar de ser personas poco instruidas y sin cultura. Reconocieron que eran los que habían acompañado a Jesús, pero no podían replicarles nada, porque el hombre que había sido sanado estaba de pie, al lado de ellos.
Entonces les ordenaron salir del Sanedrín y comenzaron a deliberar, diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Porque no podemos negar que han realizado un signo bien patente, que es notorio para todos los habitantes de Jerusalén. A fin de evitar que la cosa se divulgue más entre el pueblo, debemos amenazarlos, para que de ahora en adelante no hablen de ese Nombre».
Los llamaron y les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra o enseñaran en el Nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron: «Juzguen si está bien a los ojos del Señor que les obedezcamos a ustedes antes que a Dios. Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído».
Después de amenazarlos nuevamente, los dejaron en libertad, ya que no sabían cómo castigarlos, por temor al pueblo que alababa a Dios al ver lo que había sucedido.

Palabra de Dios.



¿Acaso puede salir algo bueno de Galilea, de la chusma esa que está maldita y que no conoce a Dios?
Cuando algunos piensan que han atrapado a Dios y que sólo ellos son sus dueños, los únicos que lo aman y lo sirven, los únicos que pueden hablar de Él, pasarán buscando razones para perseguir a quienes, a pesar de las evidencias, no sólo hablen, sino den testimonio, con poder, del amor de Dios.
Quienes tapan su oídos y tienen el corazón de piedra, por más que oigan no entenderán; mirarán pero no verán, porque se ha endurecido su corazón y se han vuelto torpes sus oídos y han cerrado sus ojos; de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen, su corazón no entiende; pues no quieren convertirse ni que el Señor los salve.
A pesar de los rechazos hay que dar testimonio del Señor. Nadie, solo la muerte, puede silenciar la voz del profeta, que para entonces se convertirá en un Testigo de su fe en Cristo mediante la sangre derramada por Él. Porque hay que obedecer antes a Dios que a los hombres. El nos llamó para que seamos testigos de su amor, de su misericordia; Él nos envió como signos de su misericordia, de su perdón; Él nos envió para que llevemos su vida a todos los pueblos.
Los esclavos de la maldad, viendo amenazada su seguridad temporal, tal vez traten de ganarnos con el canto de las sirenas que eleva el dinero, los bienes materiales, la oferta del poder, de la amistad y de la protección de quienes se sienten dueños hasta del mismo Dios, con tal de que también nosotros tapemos nuestros oídos para Dios y los abramos para ellos; y nuestras palabras no les molesten, sino les halaguen y, como sus esclavos, les cumplamos sus caprichos.
A pesar de lo que conlleva como riesgo el anuncio del Evangelio, no podemos traicionarlo pues, antes que a los hombres, primero hay que obedecer a Dios dando testimonio de aquello que, en el silencio sonoro ante la Palabra de Dios, hemos contemplado y hecho nuestro para jamás dejar de contarlo, de tal forma que nuestro testimonio sirva para que todos glorifiquen a Dios.

SALMO RESPONSORIAL 117, 1.14-16. 18-21



R.    Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
El Señor es mi fuerza y mi protección;
Él fue mi salvación.
Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos. R

«La mano del Señor hace proezas,
la mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas».
El Señor me castigó duramente,
pero no me entregó a la muerte. R.

«Abran las puertas de la justicia
y entraré para dar gracias al Señor».
«Ésta es la puerta del Señor:
sólo los justos entran por ella».
Yo te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R.

SECUENCIA



Cristianos,
ofrezcamos al Cordero pascual
nuestro sacrificio de alabanza.
El Cordero ha redimido a las ovejas:
Cristo, el inocente,
reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron
en un duelo admirable:
el Rey de la vida estuvo muerto,
y ahora vive.

Dinos, María Magdalena,
¿qué viste en el camino?
He visto el sepulcro del Cristo viviente
y la gloria del Señor resucitado.

He visto a los ángeles,
testigos del milagro,
he visto el sudario y las vestiduras.
Ha resucitado Cristo, mi esperanza,
y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;
Tú, Rey victorioso,
ten piedad de nosotros.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 9-15




Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquélla de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación».

Palabra del Señor.


¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

El Evangelio de hoy es un resumen de los relatos con los que hemos ido rezando durante toda la semana.

Experimentar la presencia del Resucitado es maravilloso. María Magdalena y los que caminaban al campo lo han sentido. Pero ser testigos de la resurrección es muy duro: ¿qué hacer cuando se siente en el corazón la alegría más grande y nadie quiere dejarse llenar de ese gozo inmenso?
            “Señor, haznos testigos fieles de tu resurrección,
              aunque nadie crea que Tú vives,
              aunque nos sintamos incomprendidos, impotentes”

Id por todo el mundo y anunciad a todos la Buena Noticia. En cada aparición el resucitado envía a los discípulos a anunciar la Buena Noticia de la Resurrección. Anunciar la buena noticia requiere creerla, acogerla, vivirla y comunicarla con paciencia y humildad.
            “Envíame, Señor. Estoy dispuesto”
            “Que cada día crea y viva con más profundidad la Buena Noticia”

Seguimos pidiendo a Jesús que nos resucite, con Él, a una vida nueva.

Señor del amor verdadero,
pon tu luz en nuestras sombras,
pon tu paz en nuestras luchas,
pon tu voz en nuestros ruidos.

Pon armonía en nuestras diferencias,
pon sentido en nuestras preguntas,
pon ternura en nuestros juicios
y limpieza en cada proyecto.

Pon dignidad en nuestra mirada,
y libertad en nuestras certidumbres,
pon tu aliento en el bregar cotidiano,
y tu amistad en nuestros contrastes.

Pon, Señor, tu verdad en nuestras dudas.
Ponnos, Señor, contigo,
cuando buscamos tu evangelio
para este mundo.
Tú que eres el camino, la verdad, y la vida.

José Mª Rodríguez Olaizola, sj

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Tengo mis puertas y ventanas abiertas
para que entres en mis entrañas
y descoloques y centres mi corazón
en tus proyectos y ofertas.

Escucho, en silencio y con asombro,
el rumor de tantos ángeles humanos
que sugieren tu presencia y rostro
con sus gestos, hechos y abrazos.

Creo en tu creación manifiesta,
creo en tu promesa y esta tierra,
creo y gozo las primicias del Reino:
me siento tocado por tus obras y signos.

Acojo tu paz buena y gratuita
para no vivir con miedo y angustiado
ahora que te vas a la casa del Padre.
¡Y espero que vengáis a vivir conmigo!

Por eso, me dejo conducir por tus caminos
con tus regalos –gubia y Espíritu-
hacia esos lugares olvidados y rotos
para ser testigo de tus pasiones y mimos.

Así, aunque me encuentre perdido,
siento que mi vida tiene sentido
y me desborda la alegría de ser testigo
pobre y herido, pero bendecido.

Florentino Ulibarri


4. Termino la oración   
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...
     Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
     Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.

San Leónidas, mártir



Este mártir es el padre del célebre Orígenes, el apologeta y teólogo cristiano. Leónidas fue igualmente filósofo de renombre, y convertido una vez convertido a la fe de Cristo, se entregó al estudio de las Escrituras y la Teología cristiana, incipiente en aquellos tiempos, y que pugnaba por entenderse con la filosofía y el mundo más allá del contexto hebreo. Orígenes cuenta que su padre le quería mucho y que en ocasiones, mientras él dormía, o su padre le creía dormido, le besaba en el corazón, venerándolo como templo del Espíritu Santo.

Cuando Orígenes tenía 17 años, su padre fue detenido por orden de Leto, gobernador de Egipto, a causa de su fe cristiana. Y el mismo Orígenes cuenta que quería unirse a él en su destino, para padecer martirio por Cristo. Y si no lo hizo fue por obra de su madre, la cual le escondió toda la ropa, dejándole desnudo y con vergüenza de salir así a la calle. Escribió a su padre una carta, conocida como "Exhortación al martirio" donde le anima a seguir adelante y a confesar a Cristo, sin temer dejar a su familia, que ya Dios proveería. Leónidas fue decapitado en 202, imperando Severo, junto a otros cristianos que igualmente no renunciaron a Cristo. Fueron Arator, Quirico y Basilia. Y Dios proveyó, pues una mujer rica se hizo cargo de la viuda y los niños, cuyos bienes, como mandaba la ley, habían sido confiscados.

En menologios griegos aparece mencionado a 5 de junio entre otros mártires, de los que los Bollandistas han tachado de poco fiables. Baronio lo introdujo en el martirologio romano a 22 de abril por error, confundiéndole con San Leónides de Corinto.

viernes, 21 de abril de 2017

¿Nervios? ¿Dificultades? Reza un misterio del Rosario



Hoy me despertó el sol y me levanté contentísimo. Por alguna razón muy especial, lo único que quería era rezarle a la Virgen. Me arrodillé a los pies de mi cama y después de cada Ave María parecía que la Virgen me sonreía y decía: “Gracias hijito, nunca te dejaré”. ¡Que manera tan bonita de comenzar el día!
Toda la vida me ha acompañado el Santo Rosario y eso me da mucha alegría. Recuerdo como si fuera ayer cuando mamá nos levantaba a las cinco de la mañana para ir a rezar la novena a la Virgen en mi pueblo. También que durante el mes de mayo los niños rezábamos a los pies de María para regalarle flores y cuando de joven seminarista nos reuníamos todos en torno a María para pedirle por nuestra vocación y también que cuidara de nuestras familias…
Les quiero compartir un momento increíble: no sé cuántos años tenía pero era aún niño y en mi casa había un problema bien grande, a esa edad parecía que era imposible de solucionar, tenía mucho miedo y como pude fui por mis abuelitos para ver si ellos podían hacer algo.
Pero aun con la presencia de ellos sentía que me faltaba alguien así que busqué un Rosario y me puse a rezarle a la Virgen. Fue extraordinario: en cuanto comencé a orar la paz de Dios me inundó, sentía cómo mi Madre Santísima me consolaba: “Hijito, tranquilo, todo saldrá bien…”. Lo siento como si fuera ayer ¡María consolándome!
Al acordarme de estas experiencias, mis lágrimas brotan de emoción, y es que al ver las maravillas que el Santo Rosario ha hecho en mi vida no puedo más que decir a todos los que puedo que oren con él. Tanto lo recomiendo que hace poco un amigo me reclamó: “Pareces médico de pueblo, siempre das la misma receta”.
Me decía esto porque cuando se acercan a mí con un problema les recomiendo que recen el Rosario a María: “Reza el
Rosario, rézale a María, verás cómo nuestra Madrecita del Cielo no te desampara”.
Gracias a este consejo he visto cómo tantas vidas han cambiado. Me recuerdo en especial de doña Cesarina, una señora de 70 años a quien sus hijos abandonaron porque ahora son maestros o licenciados y se avergüenzan de su mamá. Esta buena señora estaba siempre triste, hasta que un día le regalé un rosario y le enseñé a orar con él. Santo remedio. Ahora Cesarina es diferente, va a misa y se pone hasta mero adelante con su cara sonriente y cada que puede me dice: “Padrecito, gracias por enseñarme a rezar el Rosario, me ha hecho tanto bien”.
Permítele a María ser parte de tu vida, reza siempre el Rosario…
cuando te sientas nervioso reza un misterio,
cuando tengas dificultades reza un misterio,
cuando necesites compañía reza un misterio,
cuando necesites consuelo reza un misterio,
cuando necesites salud reza un misterio.
Repite cada Ave María con fe y verás que nuestra Madre Santísima te dirá: “Hijito, tranquilo, todo saldrá bien…”
Y como buen cura de pueblo te recuerdo: ¡Reza siempre el rosario!

Padre Sergio

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 4, 1-12



Mientras los Apóstoles hablaban al pueblo, se presentaron ante ellos los sacerdotes, el jefe de los guardias del Templo y los saduceos, irritados de que predicaran y anunciaran al pueblo la resurrección de los muertos cumplida en la persona de Jesús. Éstos detuvieron a los Apóstoles y los encarcelaron hasta el día siguiente, porque ya era tarde.
Muchos de los que habían escuchado la Palabra abrazaron la fe, y así el número de creyentes, contando sólo los hombres, se elevó a unos cinco mil.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas, con Anás, el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los miembros de las familias de los sumos sacerdotes. Hicieron comparecer a los Apóstoles y los interrogaron: «¿Con qué poder o en nombre de quién ustedes hicieron eso?»
Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: «Jefes del pueblo y ancianos, ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue sanado, sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos. El es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular. Porque en ningún otro existe la salvación, ni hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvamos».

Palabra de Dios.


El anuncio de Jesús hecho con poder mediante obras y palabras siempre causa oposición entre quienes ven amenazados sus intereses. Sin embargo, el verdadero enviado no se deja intimidar, e incluso aprovecha el momento de estar frente a quienes rechazan a Cristo para anunciarles, con toda valentía, el Nombre del Señor.
Los apóstoles no se ofuscan a causa de su condición humilde para dejar de proclamar a Cristo ante los poderosos. Ellos saben que van con el Espíritu del Señor que les prometió estar con ellos y poner palabras sabias en sus labios cuando llegaran estos momentos de prueba.
No somos nosotros, es Dios quien hace su obra por medio nuestro. Si realmente amamos al Señor y vivimos nuestro compromiso con su Evangelio, no dejaremos de proclamarlo aun cuando seamos amenazados por la espada o por el despojo de lo nuestro. No podemos hacer del Evangelio nuestro negocio para que nada nos falte, ni dinero, ni poder ni prestigio. Nuestro único negocio será el tener como botín a todos aquellos que, ganados para Cristo, nos hagan llegar a la presencia de Dios, no solos, ni con las manos vacías, sino acompañados por quienes, habiendo sido dispersados por el pecado, han creído en Dios, y, unidos a Cristo, van con quienes Él ha querido hacernos signos de su amor y de su entrega, para que, viviendo ya desde ahora como hermanos, algún día juntos estemos en la Asamblea de los Santos, después de haber pasado, tal vez muchas tribulaciones por la proclamación auténtica y comprometida del Evangelio, que Dios nos ha confiado.
Ante los poderosos que han fallado tenemos el deber de proclamar con valentía el Evangelio, y no con diplomacia para evitar conflictos con ellos. El Evangelio no puede proclamarse con palabras timoratas ni con ambigüedades o acomodos que quisieran dar la razón a quien no la tiene. Jesucristo ha venido como Aquel por quien toma uno posición en la vida para vivir conforme a sus enseñanzas, y no para tenerlo como consuelo, ni mucho menos como cómplice de nuestras tonterías.
Dios nos ha enviado a proclamarlo como aquel que salva a todos y no como el que sirve a nuestros intereses personales para aprovecharnos de su mensaje a favor de nuestras comodidades o intereses económicos, o de poder o de prestigio.
¿Somos fieles al Señor no sólo por la pulcritud con que algunos viven, por los rezos más que por las oraciones, sino por nuestra entrega que se hace cercanía para salvar, para levantar, para socorrer, para consolar, para, finalmente, amar hasta sus últimas consecuencias? ¿Somos fieles a la Iglesia por entregar nuestra vida para que todos encuentren en Cristo la salvación, o sólo somos fieles para adquirir prestigio y puestos en la Iglesia mientras vemos con desprecio a los demás y nos apartamos de ellos como de la mugre en lugar de acercarnos para levantarlos y fortalecerlos en Cristo?.
Los poderosos en nuestra mente ¿Están como aquellos que son responsables de muchas injusticias, del hambre, de la pobreza, del dolor y del sufrimiento de millones de hermanos nuestros y a quienes, por nuestra fidelidad al Evangelio, les hacemos conciencia de su pecado? o ¿Por el contrario vemos en ellos la manera de encontrar seguridad para nosotros y los nuestros, y evitamos molestarlos con el anuncio auténtico del Evangelio?
Cristo nos envió a Evangelizar, ojalá y no lo traicionemos ni a Él ni a su Evangelio.

SALMO RESPONSORIAL 117, 1-2. 4. 22-27a




R.    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
        porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Éste es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. R.

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y Él nos ilumina. R.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 21, 1-14



Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar».
Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros». Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era Él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No».
Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor! »
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar».
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Palabra del Señor.



¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

Jesús se aparece otra vez a sus discípulos. Y sin embargo, parece que es la primera. Les cuesta darse cuenta de que es el Señor. El primero que lo reconoce es Juan, el discípulo amado, el discípulo que permaneció fiel al pie de la cruz con María, el evangelista que más habla del amor. Los ojos del amor son los descubren la presencia del Señor, los que penetran hasta lo más profundo, lo que tienen más alcance.
            “Haznos, Señor, cada día más conscientes de tu Amor”
            “Cambia nuestro corazón de piedra por otro de carne”
            “Cura, Señor, nuestra ceguera para descubrirte”

Una de la cruz que más nos cuesta asumir es trabajar sin obtener resultados, faenar toda la noche sin pescar nada, comprometernos y no conseguir ni el objetivo más pequeño, tratar de educar y no dejar la más mínima huella... Parece que el trabajo, el compromiso y la cruz son inútiles,  sin sentido. Entonces la tentación se disfraza de sensatez y queremos abandonar la tarea, el trabajo, la misión.
La resurrección nos recuerda que no hay cruz sin vida, no hay compromiso sin resultado, no hay amor que se pierda sin dar fruto. Por eso, Jesús Resucitado nos anima a echar la red de nuevo.
¿Qué te dice Jesús? ¿Qué le dices?

Desde que tú te fuiste no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos echando inútilmente las redes de la vida
y entre sus mallas sólo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles
lo mismo que una tierra cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos? ¿Desde hace cuántos años
no nos hemos reído? ¿Quién recuerda
la última vez que amamos?

Y una tarde tú vuelves y nos dices: «Echa tu red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar, abre tu alma,
saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, levántate y camina.»

Y lo hacemos, sólo por darte gusto. Y, de repente,
nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor que recogemos
que la red se nos rompe, cargada
de ciento cincuenta nuevas esperanzas.

¡Ah, tú, fecundador de almas: llégate a nuestra orilla,
camina sobre el agua de nuestra indiferencia,
devuélvenos, Señor, a tu alegría!

J.L. Martín Descalzo

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Di con el corazón: Jesús es Señor.
Di con los labios: Jesús es Señor.
Grábalo en tus entrañas: Jesús es Señor.
Cántalo con tu voz: Jesús es Señor.
Anúncialo a los cuatro vientos: Jesús es Señor.
Pregónalo con fe y gozo: Jesús es Señor.

Jesús es Señor:
antorcha de libertad,
fuente de alegría,
viento de paz,
victoria sobre toda muerte;
estandarte en lo más alto de la tierra,
sol en las profundidades de nuestro ser,
meta de nuestro caminar,
compañero de vida y esperanzas...
que nadie podrá quitar.

Jesús es Señor:
de él brota la vida,
en él nuestra esperanza,
con él todo bien,
a él nuestro reconocimiento,
para él nuestra voluntad,
por él nuestra plenitud;
él nuestra justicia,
él nuestra salvación...
que nadie podrá quitar.

Jesús es Señor:
no hay más señores;
los señores del dinero y de la salud,
de las armas y de las leyes,
del poder y de los negocios,
de la democracia y de la razón de estado,
de la carne y del templo,
todos los príncipes de este mundo,
señores de las tinieblas,
están vencidos.

Jesús es Señor,
el único Señor,
el Crucificado,
el perfumado,
el que deja el sepulcro vacía,
el que nos preceda a Galilea,
el que vive y el que nos hace vivir;
el que nos cura y salva,
el que recrea nuestra esperanza,
ayer, hoy y siempre.

Jesús es mi Señor,
No hay otros señores.
Jesús es nuestro Señor.

Florentino Ulibarri


4. Termino la oración   
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...
     Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
     Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.

San Anselmo Arzobispo. Doctor de la Iglesia

Nacio en Aosta del Piamonte (Italia). De noble familia lombarda, su padre quiso educarle para la politica, por lo que nunca aprobo su temprana decision de hacerse monje. Recibio una excelente educacion clasica, siendo tenido pir uno de los mejores latinistas de su tiempo. Esta educacion le llevo al uso preciso de la palabra y a la necesidad de claridad de su pensamineto.
Su padre era muy amigo de las fiestas y de aparecer bien en público. La mamá en cambio era sumamente piadosa y humilde. Mientras el papá lo animaba a ser un triunfador en el mucho, la madre le mostraba el bellísimo cielo azul de Italia y le decía: allá arriba empieza el verdadero reino de Dios. Y Anselmo se fue inclinando más a ganarse su cielo que la mamá le mostraba, que las glorias humanas que le ponderaba su padre.
De jovencito fue encomendado a un profesor muy riguroso, regañón y humillante y el niño empezó a perder la alegría y a volverse demasiado tímido y retraído. Entonces lo llevaron a los Padres Benedictinos y estos por medio de la bondad y de la alegría lo transformaron en un estudiante alegre y entusiasta. Más tarde Anselmo dirá: "Mis progresos espirituales, después de Dios y mi madre, los debo a haber tenido unos excelentes profesores en mi niñez, los Padres Benedictinos".
El papá le ofrece triunfar en el mundo y lo lleva a fiestas y a torneos. Pero aunque Anselmo participa con mucho entusiasmo, después de cada fiesta mundana siente su alma llena de tristeza y desilusión. Y exclama: "El navío de mi corazón pierde el timón en cada fiesta y se deja llevar por las olas de la perdición". Toda la vida se arrepentirá de esos años de mundanalidad. Afortunadamente se decide a aceptar otra propuesta: la de hacerse religioso. Y allí sí encuentra la paz.
Ha muerto la mamá y no se entiende bien con el papá. Anselmo huye del hogar y se va para Francia donde, según le han contado hay un monje famoso, muy sabio y muy amable que sabe dirigir maravillosamente a la juventud. Ese monje se llama Lanfranco. El joven Anselmo tiene 27 años y sale de su país acompañado solamente de un burrito que lleva sus pocas pertenencias. Va a hacerse monje benedictino.
Lanfranco recibe a Anselmo con gran amabilidad y se dedica a dirigirlo y a formarlo. En adelante serán grandes amigos por toda la vida y Anselmo irá reemplazando a su maestro en sus altos cargos. Cuando a Lanfranco lo nombran arzobispo, Anselmo es nombrado superior del convento, y aunque se negaba totalmente a aceptar tan delicado cargo, lo obligaron a aceptar y gobernó con gran prudencia y con la más exquisita bondad. Exigía exacto cumplimiento del deber pero sabía gobernar con gran prudencia y amabilidad, por eso lo amaban y lo estimaban.
Todos los ratos libres los dedicaba a estudiar y a escribir, llegando así a ser uno de los autores más leídos en la Iglesia Católica. Durante siglos los maestros de teología han leído y citado las enseñanzas de este gran sabio que escribió dos libros muy famosos: El Monologio y el Prosologio, y fue el verdadero precursor de Santo Tomás, el escritor que más unió las dos grandes ciencias, la Filosofía y la Teología (El dice que Monologio significa: manera de meditar en las razones de la fe). Fue el mayor teólogo de su tiempo. Gran sabio.
Su amigo Lanfranco, Arzobispo de Cantorbery, murió muy pronto, más por angustias, por las persecuciones del gobierno, que por viejo o por enfermedad. Y entonces el Papa nombró para reemplazarlo a San Anselmo. Casi se desmaya del susto, al recibir el nombramiento, pero tuvo que obedecer.
El rey Guillermo quería nombrar él mismo a obispos y sacerdotes. Anselmo se le opuso diciéndole que esto era un derecho exclusivo de la Iglesia Católica. El rey entonces expulsó de Inglaterra al arzobispo Anselmo, el cual aprovechó para dedicarse en Francia y en Italia a estudiar y a escribir.
A la muerte de Guillermo regresó Anselmo a Inglaterra pero el nuevo rey Enrique quería también nombrar él mismo a los obispos y disponer de los bienes de la Iglesia. Anselmo se le opuso valientemente. Enrique quiso expulsarlo. El Sumo Pontífice amenazó con excomulgar al rey si expulsaba al arzobispo. Entonces enviaron delegados a Roma y el Papa le dio toda la razón a Anselmo. El santo consiguió con sus ruegos en Roma que no fuera sancionado el rey y así obtuvo que Inglaterra no se separara de la Iglesia Católica todavía. El era extraordinariamente bondadoso.
San Anselmo murió el 21 de abril del año 1109.
Por la gran sabiduría de sus escritos, la Santa Sede lo ha nombrado Doctor de la Iglesia. Era gran devoto de la Virgen María y decía que no hay criatura tan sublime y tan perfecta como Ella y que en santidad sólo la supera Dios. Sus últimas palabras antes de morir fueron estas: "Allí donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los deseos de nuestro corazón".

jueves, 20 de abril de 2017

¡Ábreme los ojos, Señor!



También yo, en el amanecer de esta jornada
con el alma sujetada por la penumbra,
pero con el corazón inquieto
me he acercado hasta el lugar donde creía y me dijeron
se encontraba tu cuerpo amarrado entre vendas, sudarios
o desfigurado por los sucesos de estos últimos días.
Más, cual ha sido mi sorpresa, Señor,
cuando al cruzarme con María Magdalena,
con Simón Pedro y luego con Juan,
me han dicho que, no tenga prisa,
que tu losa no está  ni sellada ni centrada.
Que la piedra de tu sepulcro se encuentra movida,
y que abra bien los ojos para la gran sorpresa que me espera.

¡Ábreme los ojos, Señor!
Pues quiero verte para nunca más perderte.
Porque, después de avanzar hasta tu sudario,
necesito certezas para comprender,
y gritar al mundo que ¡Creo! ¡Creo! ¡Y mil veces creo!
Que has vuelto para devolvernos vida abundante.
Que, a partir de hoy, la asignatura difícil de la muerte,
ha sido resuelta y superada por el Maestro que más enseñó,
con palabras de amor y con gestos de humildad,
con milagros  y promesas felizmente cumplidas.

¡Ábreme los ojos, Señor!
Quiero, sin temor ni temblor,
y aunque algunos me digan lo contrario,
asomarme y ver el golpe definitivo que tu triunfo
sobre la muerte ha dejado.
Quiero, con la emoción de los discípulos,
y de la mano de Santa María Virgen,
comprender y creer que, era cierto,
¡Has resucitado! ¡Lo has hecho por nosotros!

¡Ábreme los ojos, Señor,
para verte y nunca perderte!

P. Javier Leoz

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 11-26



Como el paralítico que había sido sanado no soltaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió hacia ellos, que estaban en el pórtico de Salomón.
Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: «Israelitas, ¿de qué se asombran? ¿Por qué nos miran así, como si fuera por nuestro poder o por nuestra santidad, que hemos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando de Él delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerlo en libertad. Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
Por haber creído en su Nombre, ese mismo Nombre ha devuelto la fuerza al que ustedes ven y conocen. Esta fe que proviene de Él, es la que lo ha sanado completamente, como ustedes pueden comprobar. Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer.
Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados. Así el Señor les concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para ustedes. El debe permanecer en el cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas.
Moisés, en efecto, dijo: "El Señor Dios suscitará para ustedes, de entre sus hermanos, un profeta semejante a mí, y ustedes obedecerán a todo lo que él les diga. El que no escuche a ese profeta será excluido del pueblo". Y todos los profetas que han hablado a partir de Samuel, anunciaron también estos días.
Ustedes son los herederos de los profetas y de la Alianza que Dios hizo con sus antepasados, cuando dijo a Abraham: "En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Ante todo para ustedes Dios resucitó a su Servidor, y lo envió para bendecirlos y para que cada uno se aparte de sus iniquidades".

Palabra de Dios.


 En este anuncio de toda la obra salvífica de Jesús, en que se indica que cada uno es responsable de la entrega y del rechazo del mismo a la muerte, se nos disculpa, conforme al estilo en que san Lucas nos habla de la misericordia divina. Parece haber un eco de aquellas palabras: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen.
La responsabilidad del profeta, cuyas palabras pueden estar acompañadas de grandes señales, consiste en saber reportar su Misión y sus obras a Aquel que lo llamó y lo envió como testigo. No se anuncia el propio nombre, sino el Nombre de Jesús. No puede uno creerse dueño de las comunidades, sino solo siervo del Evangelio.
Hay muchos títulos que se le aplican al Señor en esta lectura: Siervo, Santo, Justo, Autor de la vida, Mesías, Señor, Profeta, Descendencia de Abraham. Podemos aumentar muchos más; esto no nos salva, pues no basta decir Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos. Hay que reconocer a Dios como nuestro Padre; arrepentirnos de nuestras faltas y convertirnos a Él. Sólo así, perdonados nuestros pecados, Dios enviará a su Hijo para que nosotros nos unamos a Él como las ramas se unen al tronco, y así seamos adoptados como hijos de Dios; y entonces, sólo entonces, Dios se convertirá para nosotros en una bendición.

SALMO RESPONSORIAL 8, 2a. 5-9



R.    ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre!
       en toda la tierra!

Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides? R.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies. R.

Todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas. R.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48



Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; Él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, Yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos».
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor



¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

¡Cuánto cuesta a los discípulos creer en la resurrección del Maestro! Los que caminaban a Emaús cuentan al resto lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Sin embargo, se aparece Jesús y ellos, llenos de miedo, creían ver un fantasma, no acababan de creerlo.
            “Nos cuesta creer en la resurrección. Danos fe, Señor”

¡Paz a vosotros! Es el saludo del Resucitado. Es el don que Dios nos hace en Pascua: paz para nuestro corazón, paz para las familias, los pueblos, el mundo entero, un don que tenemos que pedir y acoger.
            “Señor, resucítanos de toda forma de injusticia y violencia”
            “Entra Señor en nuestra vida. Haznos pacíficos y pacificadores”

Les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras. Las Escrituras hablan de la pasión y muerte de Jesús, hablan también de nuestra vida, de nuestros sufrimientos y alegrías.

No se anuncia.
No se le espera.
Nadie lo ve ni oye.

Pero, poco a poco,
todos lo notan,
porque se pone en medio
y nos saluda a su estilo,
como siempre:
Paz a vosotros.

Es la magia del Dios que nos ama.
Jesús de Nazaret
ya está presente.
Nada puede detenerlo.
Atraviesa puertas y ventanas,
derriba muros y vallas,
se cuela por poros y brechas,
transforma a las personas,
recrea todas las cosas,
renueva la tierra y la historia.

Es la magia del Dios que nos ama.
Y aunque la duda se instale
en nuestro corazón y mente,
él sigue adelante
mostrándonos sus llagas
de dolor, pasión y amor.
pues lo suyo es compartir
con amigos y desilusionados
lo mejor que tiene y trae:
la esperanza del reino ya presente.

Es la magia del Dios que nos ama.
Basta y sobra un gesto de vida:
buscar la misma longitud de onda,
asomarse a las ventanas,
desempolvar las sandalias,
entrar en su cauce,
seguir su estela desconcertante,
prenderse de sus llagas...
dejarse azotar por su palabra...
y caminar alegre y sin nada.

Es la magia de los que aman.
Y todo se renueva.
Jesús de Nazaret ha resucitado.
Nosotros somos testigos de estas cosas.
Es la magia del Dios que nos ama
y resucita.

Florentino Ulibarri
 

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A veces iré distraído
y a mi vera serás
peregrino ignorado.

Tú hazte notar.
Puede que vaya
sumido en fracasos,
rumiando derrotas,
lamentando golpes,
arrastrando penas
sin ver el sol radiante,
la vida que bulle,
tu manos tendidas.

Tú toca mi hombro
e importúname.

Acaso perdido en palabras
no escuche Tu voz
desvelando lo escrito
en el cielo, en la historia,
en el acontecer de cada día.

Tú grita.
Quizás no te lo pida,
no te abra la puerta,
ni me de cuenta
del hambre
que nos atenaza.
Pero Tú quédate.

Tal vez, al conocerte,
te quiera retener
en mi casa, a mi mesa
apresando el instante.
Tú te irás de nuevo,
dejando en mi pecho
el fuego de mil hogueras,
y la alegría del reencuentro.

José María Rodríguez Olaizola sj


4. Termino la oración   
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...
     Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
     Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.


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