jueves, 28 de enero de 2010

El Sacerdote



El sacerdote es glorificador del Padre. La gran tarea del sacerdote es atrapar almas, arrebatarlas al enemigo y regresárselas al dueño que las hizo.


Cristo vino a este mundo a realizar dos tareas: salvar al pobre hombre y reparar la gloria ultrajada de Dios; ni más ni menos tiene que hacer el sacerdote, por ser el continuador de Cristo: glorificar al Padre, devolverle la gloria que el hombre le robó en el Paraíso y fuera de él. Si el pecado es el gran ladrón de Dios, el sacerdote glorificador debe declarar guerra a muerte a dicho pecado a todas horas y donde quiera que se encuentre; ha de arrancarlo de sí mismo y del corazón de los hombres. La forma y la estrategia consiste en ser santo y convertir en santos a los hombres pecadores. Satanás es el antiglorificador; por ello alista y contrata jornaleros a destajo para robar a Dios su honra; muchos disfrutan del salario de Satán; al parecer les paga bien, aunque, en realidad, los engorda para luego degollarlos. Tú militas en las filas de Dios; eres sacerdote, tienes como santo y seña hacer la guerra a Satán y a su comparsa. Algo habrás realizado ya en tus primeros años de presbítero, pero han sido, tal vez, solo arañazos; debe correr sangre y rodar muchas cabezas de enemigos.Has luchado con alfileres, debes emplear tanques, aviones y mísiles desde hoy. La otra gran tarea del sacerdote es atrapar almas, arrebatarlas al enemigo y regresárselas al dueño que las hizo. Y se salvan con sangre, con dolor, volviendo a ser sacrificado Cristo en sus sacerdotes. No hay mejor condecoración ni mejor forma de presentarse ante Dios que llevar un manojo muy grande de esas rosas, que crecían en el huerto de Satanás; para Dios valen mucho, pues dio por ellas un precio muy alto: su misma sangre. “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en su Reino”, sino el que lleve muchas almas, el que corte muchas rosas y las lleve a la presencia del Señor. ¿Cuántas estarán apuntadas a tu nombre en el libro de la vida? Esos son tus títulos de nobleza ante la corte celeste. Toda la vida deben aumentar tus presas hasta llenar el cielo. Se extiende ante ti el ancho mundo, esa mies amarilla, madura para la siega; tienes en las manos la hoz en espera de segar esos tallos de espiga. Mete la hoz, segador, haz gavillas numerosas de tanta mies; trilla y tritura los granos en el molino, para saciar las bocas hambrientas de pan.


Autor: P. Mariano de Blas, L.C. Fuente: Virtudes y valores

El Padrenuestro meditado por Santa Teresa de Lisieux




Santa Teresa de Lisieux oró y vivió de un modo peculiar la oración del Padrenuestro. Nos lo explica en una de sus confidencias espontáneas:

“A veces cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio el “Padrenuestro”, y luego la salutación angélica. Entonces estas oraciones me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase precipitadamente un centenar de veces”.


Padre nuestro que estás en el cielo…

La mayor originalidad y el mayor regalo de la oración de Jesús fue, sin duda, la de enseñarnos a orar dirigiéndonos a Dios como al más entrañable y cariñoso de los Padres: “Cuando queráis orar decid: Padre nuestro…” (Mt 11, 1).
Pues bien, el acierto mayor de la Santa -cuyo papel fundamental es el de volvernos al Evangelio- fue el de comenzar por descubrir su condición de “hijita” para poder, luego relacionarse a sus anchas con el Padre. De ahí que ninguna otra plegaria le ayudase tanto a conseguirlo como ésta del Padrenuestro.
A partir de aquí, es cuando Teresita escudriñará apasionadamente el rostro amoroso del Padre. Y al poco de esto, es cuando, providencialmente, en la selección de textos bíblicos que le envía su hermana Celina, descubre dos tesoros que la introducen de lleno en el océano del amor paternal de Dios:
“Quien sea pequeño, que venga a mí” (Prov 9,4). Y “como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os merece” (Is 66,12).
He aquí el kilómetro “0″, el punto de partida de ese “pequeño camino”; de ese sendero directo que al momento descubriría para ir a Dios. Su camino de infancia espiritual. Un caminito del todo nuevo, que no fomenta el infantilismo ni la estéril confianza, sino el auténtico goce de ser y sentirnos hijos del más tierno y amoroso de los padres y de lanzarnos por amor a su servicio.
Dotada, a la vez, y según reconoce ella misma, de una asombrosa aptitud para la pedagogía espiritual, Teresita, no sólo ora y vive ella el “Padrenuestro”, sino que se lo enseña a todo el que se lo pide.
Comencemos, pues, a decir junto con ella: “Padre nuestro…”

Santificado sea tu nombre…

Santificar el nombre de Dios es reconocer su gloria, la que ha manifestado, sobre todo, en su Hijo Jesús. La gran obsesión de Teresa será, por eso mismo, “amar a Jesús y hacer que otros le amen”. Observemos que esta frase es un verdadero estribillo en sus Cartas. Incluso en el cielo, no piensa hacer otra cosa.
Santificar el nombre del Señor es convertirle en centro de nuestros pensamientos. Y ella nos confiesa: “Creo que nunca he estado tres minutos sin pensar en Dios.”
Santificar el nombre del Señor es sentirnos seguros y confiados ante El. De ahí que la Santa trabaje por vivir en paz y armonía como clima en que mejor se refleja su Bondad y en que mejor se viven actitudes tan suyas como la de la confianza y el total abandono. La tensión y división interiores, enseñará a sus novicias, no glorifican a Dios.

Venga a nosotros tu reino…

iOh Jesús mío! Ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de las almas, he aquí mi vocación”.
Y he aquí, también, uno de los mejores criterios para calibrar nuestros deseos de que el “Reino de Dios” venga por fin: nuestro celo apostólico por salvar almas.
El Maestro inyecta en Teresita una sed abrasadora por las almas. Primero, las de los pecadores, luego, las de los sacerdotes y misioneros; por fin, todas. Podríamos insertar aquí todo un sartal de textos suyos que lo atestiguan. El título de Patrona de las Misiones que le otorga la Iglesia puede resumirnos mucho en este sentido.

Llevada por este deseo de que la presencia de Dios se instaure allí donde reina el mal, no duda en sentarse a la mesa con los pecadores sometiéndose a la dura noche de la fe. Tiene, al mismo tiempo, prisa de que sus hermanas entren en el horizonte de este Reino. A su prima le dice: “Preocúpate un poco menos de ti misma…. Todos tus escrúpulos no son más que el fruto de buscarte a ti misma. Tus penas, tus congojas, todo rueda alrededor de ti misma… ¡Por favor! Olvídate de ti misma y piensa más en salvar almas” .
Su mismo sufriendo lo convierte en la mejor arma con la que luchar por este propósito: “Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto. No puedo explicármelo, a no ser por los ardientes deseos que tengo de salvar almas.

Hágase tu voluntad…

Teresa, monja contemplativa, comprende a la par que “el Reino de los Cielos está dentro de nosotros” Y que para enseñarnos el camino de este Reino; es decir, cuál es su voluntad, “Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores… Él, el Doctor de doctores, enseña sin ruido de palabras” .
Por ello, al descubrir que es totalmente incapaz de santificarse por sí misma, deja a Dios actuar en ella, y se abandona confiadamente a su acción divina. Deja a Dios ser Dios. Y lo hace ofreciéndose al Amor Misericordioso. Y es en ese abandono confiado donde ve claramente que la voluntad de Dios es un verdadero intercambio de amor entre Dios y la criatura.

El Padrenuestro es la oración que nos enseñó Jesús para dirigirnos a Dios Padre




Padre nuestro: con esta invocación nos dirigimos a Dios padre, que es la Primera Persona de la Santísima Trinidad, Dios Padre, que nos ha hecho hijos suyos adoptivos (cfr. Catecismo, 2782).

Que estás en el cielo: (cfr. Catecismo, 2794 y 2795): Dios está en todas partes y el Espíritu Santo mora en nuestra alma en gracia, junto con el Padre y el Hijo, mientras no le expulsemos por un pecado grave.

Santificado sea tu nombre
(cfr. Catecismo, 2807) Pedimos para que Dios sea conocido, amado, honrado y servido por todos los hombres de la tierra.

Venga a nosotros tu Reino: queremos que Dios reine en nuestra alma por la gracia y que su Reino en la tierra (la Iglesia) se extienda cada día más, para que todos podamos reinar con Él en el Cielo (cfr. Catecismo, 2818).

Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo: la Voluntad de Dios es que todos los hombres se salven (cfr. Catecismo, 2822). Nosotros le pedimos siempre que se haga lo que Dios quiera, no lo que queremos nosotros, porque a veces no sabemos pedir lo que realmente nos conviene.

Danos hoy nuestro pan de cada día: le pedimos a Dios lo necesario para la vida del alma -el Pan de la Eucaristía- y para la vida del cuerpo (cfr. Catecismo, 2830 y 2831).

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: si perdonamos al prójimo -es decir a todos los que nos rodean-, también Dios nos perdonará a nosotros (cfr. Catecismo, 2839 y 2840).

No nos dejes caer en la tentación: le pedimos a Dios que nos ayude a vencer las tentaciones: huir de las ocasiones de pecar, a ser constantes en la oración, a acudir con frecuencia a los sacramentos, etc. (cfr. Catecismo 2846-47).

Y líbranos del mal: le pedimos a Dios que nos libre del único verdadero mal, que es el pecado; le rogamos también que nos libre de la pena que trae consigo el pecado, que es la condenación. (cfr. Catecismo, 2850-51).

miércoles, 27 de enero de 2010

¿Cómo se reza la Liturgia de las Horas?



La oración litúrgica de la Iglesia, la oración "oficial", es una oración que se desarrolla de manera continuada a través de un año entero: el «año litúrgico».


El «año litúrgico»

Llamamos así al ciclo completo de celebraciones que comienza a fines de noviembre de un año y termina hacia fines de noviembre del siguiente.

¿Por qué en noviembre y no el 1 de enero?

Porque el año litúrgico no consiste en 365 días todos iguales entre sí, como el año civil, sino en un conjunto de días todos distintos entre sí, que van alternando días "fuertes" y "débiles"(1), "festivos", "conmemorativos", etc, de carácter más alegre, más triste, más sereno, más penitencial, etc. Por eso comienzan con la espera (del nacimiento) del Señor(2), el Adviento ("advenimiento") y se va desarrollando hasta la celebración de "Jesucristo, Rey del universo" (hacia fines de noviembre del siguiente año), pasando por todo el camino de la redención: el Nacimiento, la Pasión, la Resurrección, la venida del Espíritu Santo ... hasta la glorificación definitiva de nuestro Señor (la dicha celebración de Cristo Rey).

El centro del año litúrgico lo constituye el Santo Triduo Pascual, es decir, desde la Cena del Señor (Jueves Santo), la celebración de la Pasión (Viernes Santo), descenso a la muerte (Sábado Santo) y resurrección (Domingo de Resurrección). Esta celebración se rige por el antiguo calendario judío, de origen lunar, que varía cada año respecto del año civil (solar). De esta celebración, la más fuerte del año, hacia atrás, todo tiene carácter de espera, mientras que hacia adelante, todo tiene carácter de realización definitiva.

El año litúrgico puede dividirse en tiempos semifuertes, débiles, fuertes y fortísimos:

Comienza cuatro domingos antes de Navidad (por eso el comienzo varía, porque depende de qué día de la semana caerá la Navidad), con el tiempo de Adviento, un período fuerte, en el que los textos de la liturgia combinan los temas de la espera del nacimiento del Señor, con el tema de la espera de su venida final, con la preparación penitencial al encuentro con el Señor.

Con la Navidad comienza el tiempo de Navidad, que se extiende unas dos semanas, un tiempo semifuerte, con el carácter gozoso propio del nacimiento humano de nuestro Señor. Durante estas dos semanas se suceden varias solemnidades y fiestas, todas ellas ligadas a la vida terrena de Jesús. Culmina con la celebración de la Epifanía (venida de los Reyes Magos)(3)

Terminado este tiempo, comienza el tiempo "débil" llamado Ordinario (TO), que comprende 34 semanas (¡más de la mitad del año!) y se divide en dos partes: las primeras 7 a 9 semanas (dependiendo de la fecha de la Pascua de cada año), antes de la miércoles de Ceniza (comienzo de la Cuaresma, hacia febrero-marzo), y las restantes luego de la Solemnidad de Pentecostés (hacia junio). En el Tiempo Ordinario es donde veremos acumularse la memorias de los santos.

Luego de la primera parte del TO comienza el tiempo fuerte de Cuaresma, tiempo penitencial por excelencia, en el que durante 40 días conmemoramos simbólicamente los 40 años de Israel en el desierto y los 40 días én los que Jesús fue tentado. Todos los textos de este tiempo recuerdan la inminencia de la Pasión. En la catequesis antigua de la Iglesia, este tiempo era también el tiempo de penitencia y purificación de quienes iban a recibir el bautismo en Pascua -no en cualquier otro momento- a lo que se unía en la preparación toda la comunidad creyente.

Terminada la Cuaresma con el Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa, que desemboca en el Santo Triduo Pascual, el tiempo fortísimo, en el que gira como en un eje todo el año litúrgico, de donde saca sus caracteres todo el resto del año: el triple movimiento de dolor (viernes), silencio (sábado), explosiva alegría (domingo), lo veremos aparecer en el resto de los tiempos, y a su vez en el ritmo interno de cada una de las semanas del año.

Con el Domingo de Resurrección comienza el Tiempo de Pascua (TP). Sin embargo, es tan fuerte el gozo de ese domingo, que se extiende durante ocho días enteros, la llamada "Octava de Pascua". Una curiosidad de la Octava es que se reza todos los días lo mismo, como si se tratara siempre del mismo domingo. También las misas de la Octava son siempre la misma misa de Resurrección. Durante esta semana los catecúmenos llevaban su ropa blanca bautismal que se quitaban al domingo siguiente que por esto se lo llamó «in albis» («en -vestiduras- blancas»).

Durante el tiempo Pascual predomina el carácter alegre y festivo (pero si prestamos atención a los textos de cada día, ese carácter alegre se combina con el ritmo semanal de dolor-silencio-gozo ya mencionado). En él se suceden 50 días de recuerdo de la Resurrección, donde al mismo tiempo se va preparando el "fruto" de esa resurrección. A los 50 días, la fiesta de Pentecostés, una antigua fiesta judía que conmemoraba la recolección de los primeros frutos del campo, conmemorará para nosotros los primeros frutos visibles de la Resurrección: la venida del Espíritu Santo, y por lo tanto el impulso misionero de la Iglesia.

Con el domingo de Pentecostés finaliza el TP, aunque su carácter glorioso se extiende unos días más, hasta la celebración del Cuerpo y Sangre del Señor, a partir de la cual se retoma el carácter más neutro del Tiempo Ordinario.

Que el TO sea neutro, o "débil", no implica que no tenga su propio ritmo. Ante todo por ese triple movimiento de cada semana (dolor-silencio-gozo), pero también porque a medida que pasan las semanas los textos van haciendo cada vez más alusión a la Segunda Venida del Señor, que se celebra con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, con la que -como se ha dicho- finaliza el año litúrgico.



¿Dónde se notan estos distintos caracteres de los tiempos litúrgicos?

En los tiempos semifuertes y fuertes, se notan en todos los textos y horas: en los himnos, las antífonas, las lecturas, las preces, etc.

En cambio, en el largo Tiempo Ordinario, estas alusiones a la espera del Señor se ven más en el Oficio de Lecturas, en las oraciones finales de cada Hora y en la antífona del Cántico Evangélico de los domingos, ya que los demás textos están engarzados en un ritmo de cuatro semanas que se repiten cíclicamente.



Las cuatro semanas del Salterio

Además del ritmo anual de los tiempos débiles y fuertes, la Liturgia de las Horas contiene un ritmo mensual de cuatro semanas, que se llaman las "cuatro semanas del Salterio", porque a lo largo de ellas se utilizan todos los salmos (excepto tres y algunos pocos fragmentos), pero que no afecta sólo a los salmos sino a todos los textos: en las cuatro semanas se suceden antífonas, lecturas, preces, etc, que se volverán a repetir cuatro semanas más tarde.

Entonces, cada día será la conjunción de los textos del salterio en cuatro semanas, con los textos del «propio del tiempo», es decir, de los textos que varían a lo largo del año.



El calendario santoral

Junto con el año litúrgico y el salterio mensual, la Liturgia comprende el recuerdo de los santos y de los hechos memorables de la vida del Señor, o de la Virgen, o de la Iglesia.

Estas celebraciones intermedias están siempre sujetas a ser combinadas con el año litúrgico, que es mucho más importante que cualquier otra celebración. Las celebraciones que tienen que ver con el año litúrgico, son las Solemnidades del Señor, mientras que las celebraciones del año santoral sólo excepcionalmente son solemnidades, en general suelen ser fiestas (cuando son muy importantes), memorias obligatorias, memorias libres o simples conmemoraciones.

La memorias (ya sean obligatorias, libres o conmemoriales) son lo más abundante del calendario santoral, su texto principal es la oración final, que recuerda al santo o hecho que se celebra. Los demás textos pueden ser, generalmente, del día que toque en el salterio. La diferencia entre una y otra clase de memoria no está en los textos, sino en que:

-las memorias obligatorias se celebran siempre (¡pero no en los tiempos fuertes, en los que no hay memorias ni obligatorias ni libres!)

-las memorias libres pueden ser rezadas o no, e incluso en un mismo día puede haber para elegir varias memorias libres. Si no se celebra ninguna memoria, se reza el día que toca según el salterio en cuatro semanas y el propio, es decir, la "Feria".

-Las conmemoraciones es un recuerdo de un santo que se hace al final de una celebración de tiempo fuerte, en el que no puede haber memorias, es simplemente el añadido de la oración del santo al final de la Hora.



Solemnidades: las celebraciones más importantes, generalmente propias de los tiempos del año litúrgico, que recuerdan los hechos centrales de la Historia de la Salvación.

Fiestas: celebraciones también importantes pero más vinculadas al ritmo del calendario santoral (es decir que coinciden con el año civil).

Memorias: (obligatorias y libres): recuerdo de un santo.

Conmemoraciones: lo mismo que lo anterior, pero en tiempos fuertes.

Feria: lo que toca cada día según el salterio en cuatro semanas.

Rezar la "feria del martes de la tercera semana", por ejemplo, significa simplemente que se rezarán los textos correspondientes al martes de la tercera semana del salterio, sin ninguna otra celebración añadida.



La semana litúrgica

Como ya se ha señalado, los textos de dentro de cada semana también tienen su propio ritmo, que va de domingo a sábado (todo tiempo en la liturgia comienza en domingo), así que tendremos:

Domingo: de carácter glorioso siempre, incluso en Cuaresma, en recuerdo de la Santa Resurrección, recuerdo que no debe empañarse con ninguna penitencia ni dolor.

Lunes: los salmos aluden generalmente a las contrariedades de la vida, la persecusión, las dificultades.

Martes: los salmos "responden" con acción de gracias al día anterior por la salvación providencial que Dios nos ofrece.

Miércoles: de carácter semipenitencial.

Jueves: los salmos recuerdan la gloria que nos espera, generalmente aludiendo a Sión, Jerusalén, el Templo, etc.

Viernes: de carácter fuertemente penitencial, aunque a la noche culminan en acción de gracias por el perdón recibido.

Sábado: de espera y silencio, y simultáneamente marianos (lo propio de la Virgen es precisamente su silencio expectante y esperanzado)

Como vemos, recorre esta semana el triple acento en el dolor del pecado, el silencio de la espera y la alegría de la salvación.

Estos caracteres son generales, y no significa que todos los textos hagan inmediata -ni mucho menos exclusiva- mención de cada uno de ellos. En cada día se alude a todo junto, sólo que con un mayor acento en uno u otro aspecto.



Las Horas

Dentro de cada día se suceden las Horas, que se dividen en dos: Mayores y Menores.

Las Horas Mayores son las dos que contienen el Padrenuestro: Laudes y Vísperas, y que junto con la Misa dan su ritmo celebratorio de tres momentos fuertes en cada día.

-Laudes es oración de la mañana, sus textos aluden al día que comienza, con su esperanza y también con su desafío.

-Vísperas es oración del atardecer-noche, sus textos aluden al fin de la jornada activa, en la que hemos visto actuar en nuestra vida al Señor, por lo que hay un fuerte acento en la acción de gracias.

Las Horas Menores son: Oficio de Lecturas, Hora Intermedia y Completas

El Oficio de Lecturas no tiene un momento propio del día, sino que consiste en una meditación en la Biblia y en el pensamiento, la doctrina y la espiritualidad eclesial, que puede realizarse en cualquier ocasión del día. Las lecturas de esta hora son las más ajustadas al tiempo litúrgico, ya que sólo los salmos corresponden al salterio en cuatro semanas, mientras que las lecturas son propias del tiempo.

El Invitatorio: Si comienza el día litúrgico con el Oficio de Lecturas, se antepone una breve introducción (si el día comienza por Laudes es optativa). Consta de un único salmo y una antífona. La antífona varía, pero el salmo es -en principio- siempre el mismo (aunque hay tres más para reemplazarlo, si se desea). El sentido de esta "mini-hora" introductoria es: el primer minuto del día, que sea para el Señor.

Hora Intermedia
es una pausa en las actividades, para recordar los hechos centrales de la Pasión, por lo que se suele vincular a las tres horas romanas de Tercia (9/12 hs), Sexta (12/15 hs) o Nona (15/18 hs). No se acostumbra rezar las tres sino sólo una de ellas, ya que comparten entre sí varios textos. Como "santificación del tiempo del día" es semejante a la tradición popular del rezo del Ángelus a mediamañana, a mediodía y a mediatarde.

Las Completas es la oración final del día. Es la única oración de las horas que no sigue el salterio en cuatro semanas sino que tiene su propia distribución, completamente fija, en una única semana, en la que la diferencia entre los tiempos del año sólo se nota en la presencia o ausencia de la aclamación "aleluya". El último minuto del día, como el primero, que sea para el Señor, ése es su carácter. Por eso puede incluso aprenderse de memoria uno sólo de los siete modelos de Completas y utilizarse siempre el mismo.



Quien comienza a rezar las Horas...

Lo primero que debe tener presente el que quiere introducirse en el rezo de las Horas, es que no hará una oración surgida de su propio corazón sino del corazón de toda la Iglesia, menos en sintonía con nuestros sentimientos pasajeros, pero un corazón más sutil y sabio que el nuestro personal, aquilatado y amasado en el lenguaje del propio Dios: la Biblia.

Las Horas son oración bíblica por excelencia, en ella todos los textos son o directamente bíblicos o inspirados en textos bíblicos, por lo que a la vez son una escuela de Biblia para quien se deja guiar por sus resonancias y sus ritmos.

Las Horas son también oración muy estructurada, y en donde cada parte está puesta en fuerte relación con los demás textos. Es una experiencia muy bella ir percibiendo esas relaciones y ritmos, cómo va resonando una acción de gracias junto a un pedido de perdón, cómo se superpone al ruego personal el recuerdo de la Jerusalén que nos espera, etc...

Por eso es preferible a quien comienza, ajustarse al ciclo de cuatro semanas hasta haberse empapado de su sentido. Durante un primer tiempo es mejor obviar las memorias, así sean obligatorias, para que lleguemos a sintonizar con la progresión de salmos y otros textos.

Lo mismo, no conviene proponerse en principio más que el rezo de una de las Horas Mayores, y seguir esa Hora hasta que hayamos incorporado su movimiento a nuestra vida cotidiana.

A lo sumo complementar con alguna hora menor si se desea, pero tratando de que el peso de la liturgia lo lleve la Hora Mayor, a la que es bueno dedicarle un tiempo y un espacio propios en nuestro día.

Sólo de a poco ir comenzando a atender al calendario santoral, pero tampoco a todas sus variantes, sino que, cuando toque, rescatar de la memoria de los santos lo esencial: la oración final de las horas.

Sólo cuando ya se maneja bien el rezo de la Liturgia, correspondería ir incorporando las variantes de oración que los diversos calendarios superpuestos aportan.

Quienes tienen la edición manual, verán que a cada santo corresponde un "común" (de la Virgen, de un mártir, de varios mártires, de pastores, de doctores, etc): esos textos complementan los textos propios del santo, y pueden en principio obviarse.

Si queremos rezar las Horas con provecho espiritual, deberíamos comenzar recordando que nuestro Señor dice: "detesto falsedad y solemnidad". Que las Horas no sean nunca una ocasión de sobreponer nuestra palabra a la de Dios, sino, por el contrario, de dirigirnos a él con sus propias palabras.

martes, 26 de enero de 2010

Hoy recordamos a:



Jesús Misericordioso


18:30 hs. Coronilla.
19:00 hs. Santa Misa

A las almas que recen esta coronilla - prometió el Señor Jesús - me place concederles todo lo que me pidan (1541) y agregó: si (...) está de acuerdo con mi voluntad (1731)".


Coronilla que Jesús Misericordioso enseñó a Santa Faustina el 13 de septiembre de 1935

ORACIONES INICIALES:

Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. AMÉN.

Dios te Salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. AMÉN.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María Virgen. Padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos. Está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunió de los Santos, el Perdón de los pecados, la Resurrección de la carne y la vida eterna. AMÉN.

Al comienzo de cada decena:

Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en expiacion de nuestros pecados y los pecados del mundo entero (una vez).

En cada cuenta de la decena:

Por su dolorosa pasión, ten Misericordia de nosotros y del mundo entero (10 veces).

Al terminar:

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten Misericordia de nosotros y del mundo entero (3 veces)

CONSAGRACION AL MISERICORDIOSISIMO JESUS

Oh Misericordiosisimo Jesus, tu bondad es infinita y los tesoros de tu gracia son inagotables.
Yo confio en tu Misericordia que supera a todas tus obras.
Yo me consagro enteramente a ti para vivir bajo los rayos de tu gracia y amor que brotaron de tu santisimo Corazon en la Cruz.
Yo deseo propagar tus Misericordias por medio de obras esprituales y corporales de la Misericordia, especialmente convirtiendo a los pecadores, afligidos y enfermos, ayudandolos.
Pero tu me vas a proteger como tu propiedad y tu gloria, pues yo temo todo de mi debilidad y espero todo de tu gran Misericordia.
Que toda la humanidad conozca el abismo incomprensible de tu gran misericordia y ponga todas sus esperanzas en ella y la alabe por toda la eternidad. Amen.

Jesus yo confio en Ti !

lunes, 25 de enero de 2010

Nuestra Señora de Lourdes


Del 2 al 10 de Febrero


Novena a Nuestra Señora de Lourdes


18.30 hs. Rosario en la Gruta.



11 de Febrero


Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes

18.30 hs. Rosario en la Gruta. Procesión hacia el Templo.

Bendición del Agua. Santa Misa.

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