sábado, 19 de mayo de 2012

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 18, 23-28


 

Después de haber permanecido un tiempo en Antioquía, Pablo partió de nuevo y recorrió sucesivamente la región de Galacia y la Frigia, animando a todos los discípulos.
Un judío llamado Apolo, originario de Alejandría, había llegado a Éfeso. Era un hombre elocuente y versado en las Escrituras. Había sido iniciado en el Camino del Señor y, lleno de fervor, exponía y enseñaba con precisión lo que se refiere a Jesús, aunque no conocía otro bautismo más que el de Juan Bautista.
Comenzó a hablar con decisión en la sinagoga. Después de oírlo, Priscila y Aquila lo llevaron con ellos y le explicaron más exactamente el Camino de Dios. Como él pensaba ir a Acaya, los hermanos lo alentaron, y escribieron a los discípulos para que lo recibieran de la mejor manera posible.
Desde que llegó a Corinto fue de gran ayuda, por la gracia de Dios, para aquéllos que habían abrazado la fe, porque refutaba vigorosamente a los judíos en público, demostrando por medio de las Escrituras que Jesús es el Mesías.
 
Palabra de Dios.

Reflexionemos

 ¿Qué hubiéramos hecho nosotros si se presenta en nuestra comunidad un laico que predica sobre Jesús por libre, tal vez con un lenguaje no del todo ajustado? En Éfeso el laico Apolo tuvo la suerte de encontrarse con unas personas, colaboradoras de Pablo, que le acogieron y le ayudaron a formarse mejor. Y así lograron un buen catequista y predicador de Cristo, al que la comunidad de Antioquia concedió un voto de confianza, encomendándole una misión nada fácil en Grecia. Somos invitados a ser abiertos de corazón, a saber reconocer el bien donde está. Nadie tiene el monopolio de la verdad. El criterio no tiene que ser ni la edad ni el sexo ni la raza ni si se pertenece o no al clero. Es verdad que Cristo encomendó la última responsabilidad y el magisterio decisivo a los apóstoles y sus sucesores. Pero la historia de la primera comunidad nos enseña que también este ministerio se tiene que desarrollar con una mentalidad abierta, sabiendo reconocer signos de la voz del Espíritu también en los laicos y en toda la comunidad.

P. Juan R. Celeiro

 

SALMO RESPONSORIAL 46, 2-3. 8-10


SALMO RESPONSORIAL                                 46, 2-3. 8-10

R.    ¡EI Señor es el Rey de toda la tierra!
Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.
El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones,
el Señor se sienta en su trono sagrado. R.
Los nobles de los pueblos se reúnen
con el pueblo del Dios de Abraham:
del Señor son los poderosos de la tierra,
y Él se ha elevado inmensamente. R.
 

SAN PEDRO CELESTINO Papa

San Pedro Morone, más tarde Celestino V, nació en los Abruzzos, Italia. "Mis padres, cuenta en su Autobiografía, tuvieron doce hijos, como Jacob, y su mayor deseo era ofrecer alguno al Señor. Fue escogido el undécimo, (él mismo), que se llamaba Pedro, como fue escogido José, en casa de locos''. Pedro repetía con frecuencia a su madre "Quiero ser un buen siervo de Dios".
Pedro era la humildad personificada. Sus deseos se inclinaban a la vida de los anacoretas. Marchó a una montaña y se quedó en una cueva, dedicado totalmente a la oración. Después cavó un hoyo bajo una roca, para mayor austeridad. Se alternaban grandes tentaciones con altas consolaciones.
Acudían muchos a consultarle. Le animaban a que recibiera el sacerdocio. Accedió y fue a Roma a recibirlo. De vuelta, se quedó otros cinco años en otra cueva para vivir en soledad con Dios. Tenía dudas sobre la celebración de la Misa. Pensaba que si celebraba acudirían muchos y perdería la soledad. Además se sentía indigno. La voz del cielo se dejó oír. - Celebra Misa, hijo. - Pero San Benito y otros Santos no se atrevieron. No soy digno. -Nadie es digno. Celebra Misa con temor y temblor. Y quedó tranquilo.
Marchó al monte Morone, que le ha dado el apellido, buscando mayor soledad. Pero crecía la fama de santidad y tenía el carisma de los milagros. Acudieron muchos que querían ser sus discípulos. Se resistía pero al fin cedió, y nació la Orden de los Celestinos, luego unida a los benedictinos.
Un día llegó una visita inesperada. Era el arzobispo de Lyón con varios prelados, embajadores del cónclave, notificándole que había sido elegido Sumo Pontífice. Rondaba ya los 80 años. Era el año 1294. Muchos se alegraron de esta elección. Hacía falta un Papa santo, que rompiera las intrigas de los Orsinis y Colonnas en el Sacro Colegio. Además era necesario terminar con el largo interregno de más de dos años sin Papa.
Pedro Morone cedió y tomó el nombre de Celestino V. Montado humildemente en un borriquillo entró en Aquila, como Jesús en Jerusalén. Recibió el homenaje de los cardenales, la consagración episcopal y la coronación como Papa. No quiso ir a Roma, sobresaltada por luchas ciudadanas. Se fue al Palacio Real de Nápoles e hizo construir una cabaña dentro de sus habitaciones para vivir mejor la soledad. Pero le influía demasiado el rey de Nápoles, y los asuntos de la Curia iban de mal en peor.
Su temperamento poco sociable, el desconocimiento de las cosas humanas, le acarrearon graves dificultades. Además todo eran intrigas y ambiciones. Entonces se convenció de su incapacidad para el cargo y dio un gran ejemplo de humildad y desapego de las grandezas y honores terrenos.
Constituyó una comisión para estudiar la posibilidad de renuncia. Dado el visto bueno, reunió a los cardenales y leyó la bula de abdicación. Fue una escena única en la historia. Es "la gran renuncia" que Petrarca le alabará y Dante le reprochará hasta hundirlo en el infierno. Había gobernado -más bien, había ocupado el Solio pontificio- unos cinco meses.
Poco después era elegido su sucesor Bonifacio VIII, que encerró a Pedro Celestino en el castillo de Monte Fumone, junto a Anagni, por temor a un cisma. Allí vivió como un simple monje, según era su deseo. Allí continuó su vida de oración, soledad y penitencia, hasta mayo de 1296 en que murió. El Papa Clemente V lo elevó al honor de los altares en Avignon el 1313.

viernes, 18 de mayo de 2012

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 18, 9-18


 

Una noche, el Señor dijo a Pablo en una visión: «No temas. Sigue predicando y no te calles. Yo estoy contigo. Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte, porque en esta ciudad hay un pueblo numeroso que me está reservado». Pablo se radicó allí un año y medio, enseñando la Palabra de Dios.
Durante el gobierno del procónsul Galión en Acaya, los judíos se confabularon contra Pablo y lo condujeron ante el tribunal, diciendo: «Este hombre induce a la gente a que adore a Dios de una manera contraria a la Ley».
Pablo estaba por hablar, cuando Galión dijo a los judíos: «Si se tratara de algún crimen o de algún delito grave, sería razonable que los atendiera. Pero tratándose de discusiones sobre palabras y nombres, y sobre la Ley judía, el asunto les concierne a ustedes; yo no quiero ser juez en estas cosas». Y los hizo salir del tribunal.
Entonces todos se apoderaron de Sóstenes, el jefe de la sinagoga, y lo golpearon ante el tribunal. Pero a Galión todo esto lo tuvo sin cuidado.
Pablo permaneció todavía un cierto tiempo en Corinto. Después se despidió de sus hermanos y se embarcó hacia Siria en compañía de Priscila y de Aquila. En Cencreas, a raíz de un voto que había hecho, se hizo cortar el cabello.
 
Palabra de Dios.

Reflexionemos

También hoy puede Dios decirnos: «muchos de esta ciudad me estan reservados». A pesar de la mala fama de Corinto, Dios espera que muchos se conviertan, porque están destinados a la vida. ¿Tenemos derecho a desconfiar nosotros, o desanimarnos, porque nos parece que nuestra sociedad está paganizada sin remedio? ¿no estarán destinados a ser pueblo de Dios tantos jóvenes a quienes vemos desconcertados en la vida, o tantas personas que parecen sumergidas irremediablemente en los intereses materialistas del mundo de hoy? Cada uno de nosotros, tanto si somos pastores como simples cristianos, pero interesados en que la fe en Cristo vaya calando más en la sociedad y que su Pascua renueve este mundo, deberíamos sentirnos estimulados a no tener miedo, a confiar en las personas, a trabajar con ilusión renovada, porque seguro que Dios quiere la salvación de «esta ciudad» donde vivimos, por muchos que sean los fracasos que podamos estar experimentando.  

P. Juan R. Celeiro

SALMO RESPONSORIAL 46, 2-7




R.    ¡EI Señor es el Rey de toda la tierra!
Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra. R.
Él puso a los pueblos bajo nuestro yugo,
ya las naciones bajo nuestros pies;
Él eligió para nosotros una herencia,
que es el orgullo de Jacob, su predilecto. R.
El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios,
canten, canten a nuestro Rey. R.

San Juan I Papa y mártir


Era italiano, de Toscana. En 523 fue elegido Sumo Pontífice. En Italia gobernaba el rey Teodorico que apoyaba la herejía de los arrianos. Y sucedió que el emperador Justino de Constantinopla decretó cerrar todos los templos de los arrianos de esa ciudad y prohibió que los que pertenecían a la herejía arriana ocuparan empleos públicos (los arrianos niegan que Jesucristo es Dios y esto es algo muy grave y contrario a la religión Católica). El rey Teodorico obligó entonces al Papa a que fuera a Constantinopla y tratar de obtener que el emperador Justino quitara las leyes que habían dado contra los arrianos. Pero Juan no tenía ningún interés en que apoyaran a los herejes. Y así lo comprendió la gente de esa gran ciudad.
Más de 15,000 fieles salieron en Constantinopla a recibir al Papa Juan, con velas encendidas en las manos, y estandartes. Y lo hicieron presidir muy solemnemente las fiestas de Navidad. Y claro está que el emperador Justino, aunque les devolvió algunas iglesias a los arrianos, no permitió que ninguno de estos herejes ocupara puestos públicos.
Y Teodorico se encendió en furiosa rabia, y al llegar el Santo Padre a Ravena (la ciudad donde el rey vivía) lo hizo encarcelar y fueron tan crueles los malos tratos que en la cárcel recibió, que al poco tiempo murió. Junto con el Papa fueron martirizados también sus dos grandes consejeros, Boecio y Símaco.
Y dicen los historiadores que el rey Teodorico sintió tan grande remordimiento por haber hecho morir a San Juan Primero, que en adelante lo veía hasta en los pescados que le servían en el almuerzo.

jueves, 17 de mayo de 2012

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 18, 1-8


 

Pablo dejó Atenas y fue a Corinto. Allí encontró a un judío llamado Aquila, originario del Ponto, que acababa de llegar de Italia con su mujer Priscila, a raíz de un edicto de Claudio que obligaba a todos los judíos a salir de Roma. Pablo fue a verlos, y como ejercía el mismo oficio, se alojó en su casa y trabajaba con ellos haciendo tiendas de campaña. Todos los sábados, Pablo discutía en la sinagoga y trataba de persuadir tanto a los judíos como a los paganos.
Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se dedicó por entero a la predicación de la Palabra, dando testimonio a los judíos de que Jesús es el Mesías. Pero como ellos lo contradecían y lo injuriaban, sacudió su manto en señal de protesta, diciendo: «Que la sangre de ustedes caiga sobre sus cabezas. Yo soy inocente de eso; en adelante me dedicaré a los paga- nos».
Entonces, alejándose de allí, fue a la casa de un tal Ticio Justo, uno de los que adoraban a Dios y cuya casa lindaba con la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor, junto con toda su familia. También muchos habitantes de Corinto, que habían escuchado a Pablo, abrazaron la fe y se hicieron bautizar.
 
Palabra de Dios.

Reflexionemos

 En un ambiente dificil como Corinto, Pablo cosecha éxitos y fracasos a la vez. Los judíos le rechazan, salvo Crispo, el jefe de la sinagoga. Unos cuantos paganos van convirtiéndose y constituirán el primer núcleo de la comunidad. Nunca ha sido fácil acoger y vivir la fe en Cristo, sobre todo cuando la sociedad está claramente predispuesta en contra, como sucedía en la pagana Corinto y sigue sucediendo en tantos ambientes neopaganos de hoy. El ejemplo que nos da Pablo, permaneciendo un tiempo prolongado en esta ciudad, para consolidar la comunidad que se está formando, nos estimula también a nosotros. No podemos pretender que en un grupo o en una parroquia las cosas lleguen a cuajar a las primeras de cambio. Muchas veces la evangelización exige esfuerzos prolongados. Entre la siembra y la cosecha puede pasar mucho tiempo: y puede ser también que recoja el que no ha sembrado. Y no por eso ha sido inútil la siembra, sino al contrario.

P. Juan R. Celeiro

SALMO RESPONSORIAL 97, 1-4




R.    ¡El Señor reveló su victoria a las naciones!
Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.
El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.

San Pascual Bailón

Le pusieron por nombre Pascual, por haber nacido el día de Pascua (del año 1540). Nació en Torre Hermosa, Aragón, España. Es el patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna. Desde los 7 años hasta los 24, por 17 años fue pastor de ovejas. Después por 28 será hermano religioso, franciscano. Su más grande amor durante toda la vida fue la Sagrada Eucaristía. Decía el dueño de la finca en el cual trabajaba como pastor, que el mejor regalo que le podía ofrecer al niño Pascual era permitirle asistir algún día entre semana a la Santa Misa. Desde los campos donde cuidaba las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y de vez en cuando se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento, desde esas lejanías. En esos tiempos se acostumbraba que al elevar la Hostia el sacerdote en la Misa, se diera un toque de campanas. Cuando el pastorcito Pascual oía la campana, se arrodillaba allá en su campo, mirando hacia el templo y adoraba a Jesucristo presente en la Santa Hostia.Un día otros pastores le oyeron gritar: "¡Ahí viene!, ¡allí está!". Y cayó de rodillas. Después dijo que había visto a Jesús presente en la Santa Hostia. De niño siendo pastor, ya hacía sus mortificaciones. Por ej. la de andar descalzo por caminos llenos de piedras y espinas. Y cuando alguna de las ovejas se pasaba al potrero del vecino le pagaba al otro, con los escasos dineros que le pagaban de sueldo, el pasto que la oveja se había comido. A los 24 años pidió ser admitido como hermano religioso entre los franciscanos. Al principio le negaron la aceptación por su poca instrucción, pues apenas había aprendido a leer. Y el único libro que leía era el devocionario, el cual llevaba siempre mientras pastoreaba sus ovejas y allí le encantaba leer especialmente las oraciones a Jesús Sacramentado y a la Sma. Virgen. Como religioso franciscano sus oficios fueron siempre los más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero. Pero su gran especialidad fue siempre un amor inmenso a Jesús en la Santa Hostia, en la Eucaristía. Durante el día, cualquier rato que tuviera libre lo empleaba para estarse en la capilla, de rodillas con los brazos en cruz adorando a Jesús Sacramentado. Por las noches pasaba horas y horas ante el Santísimo Sacramento. Cuando los demás se iban a dormir, él se quedaba rezando ante el altar. Y por la madrugada, varias horas antes de que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí el hermano Pascual adorando a Nuestro Señor. Ayudaba cada día el mayor número de misas que le era posible y trataba de demostrar de cuantas maneras le fuera posible su gran amor a Jesús y a María. Un día un humilde religioso se asomó por la ventana y vio a Pascual danzando ante un cuadro de la Sma. Virgen y diciéndole: "Señora: no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo, pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor". Pocos minutos después el religioso aquel se encontró con el santo y lo vio tan lleno de alegría en el rostro como nunca antes lo había visto así. Cuando los padres oyeron esto, unos se rieron, otros se pusieron muy serios, pero nadie comentó nada. Pascual compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento y el sabio Arzobispo San Luis de Rivera al leerlas exclamó admirado: "Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes". Sus superiores lo enviaron a Francia a llevar un mensaje. Tenía que atravesar caminos llenos de protestantes. Un día un hereje le preguntó: "¿Dónde está Dios?". Y él respondió: "Dios está en el cielo", y el otro se fue. Pero enseguida el santo fraile se puso a pensar: "¡Oh, me perdí la ocasión de haber muerto mártir por Nuestro Señor! Si le hubiera dicho que Dios está en la Santa Hostia en la Eucaristía me habrían matado y sería mártir. Pero no fui digno de ese honor". Llegado a Francia, descalzo, con una túnica vieja y remendada, lo rodeó un grupo de protestantes y lo desafiaron a que les probara que Jesús sí está en la Eucaristía. Y Pascual que no había hecho estudios y apenas si sabía leer y escribir, habló de tal manera bien de la presencia de Jesús en la Eucaristía, que los demás no fueron capaces de contestarle. Lo único que hicieron fue apedrearlo. Y él sintió lo que dice la S. Biblia que sintieron los apóstoles cuando los golpearon por declararse amigos de Jesús: "Una gran alegría por tener el honor de sufrir por proclamarse fiel seguidor de Jesús". Lo primero que hacía al llegar a algún pueblo era dirigirse al templo y allí se quedaba por un buen tiempo de rodillas adorando a Jesús Sacramentado. Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada Eucaristía, entonces sí se sentía inspirado por el Espíritu Santo y hablaba muy hermosamente. Había recibido de Dios ese don especial: el de un inmenso amor por Jesús Sacramentado. Siempre estaba alegre, pero nunca se sentía tan contento como cuando ayudaba a Misa o cuando podía estarse un rato orando ante el Sagrario del altar. Pascual nació en la Pascua de Pentecostés de 1540 y murió en la fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés. Pascua significa: paso de la esclavitud a la libertad). Y parece que el regalo de Pentecostés que el Espíritu Santo le concedió fue su inmenso y constante amor por Jesús en la Eucaristía. Cuando estaba moribundo, en aquel día de Pentecostés, oyó una campana y preguntó: "¿De qué se trata?". "Es que están en la elevación en la Santa Misa". "¡Ah que hermoso momento!", y quedó muerto plácidamente. Después durante su funeral, tenían el ataúd descubierto, y en el momento de la elevación de la Santa Hostia en la misa, los presentes vieron con admiración que abría y cerraba por dos veces sus ojos. Hasta su cadáver quería adorar a Cristo en la Eucaristía. Los que lo querían ver eran tantos, que su cadáver lo tuvieron expuesto a la veneración del público por tres días seguidos. Por 200 años muchísimas personas, al acercarse a la tumba de San Pascual oyeron unos misteriosos golpecitos. Nadie supo explicar el porqué pero todos estaban convencidos de que eran señales de que este hombre tan sencillo fue un gran santo. Y los milagros que hizo después de su muerte, fueron tantos, que el Papa lo declaró santo en 1690. El Sumo Pontífice nombró a San Pascual Bailón Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 17, 15. 22—18, 1


 
Los que acompañaban a Pablo lo condujeron hasta Atenas, y luego volvieron con la orden de que Silas y Timoteo se reunieran con él lo más pronto posible.
Pablo, de pie, en medio del Aréopago, dijo: «Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres. En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: "Al dios desconocido". Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer.
El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él no habita en templos hechos por manos de hombre, porque es el Señor del cielo y de la tierra. Tampoco puede ser servido por manos humanas como si tuviera necesidad de algo, ya que Él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas.
Él hizo salir de un solo principio a todo el género humano para que habite sobre toda la tierra, y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y sus fronteras, para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo. Porque en realidad, Él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en Él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: "Nosotros somos también de su raza".
Y si nosotros somos de la raza de Dios, no debemos creer que la divinidad es semejante al oro, la plata o la piedra, trabajados por el arte y el genio del hombre.
Pero ha llegado el momento en que Dios, pasando por alto el tiempo de la ignorancia, manda a, todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan. Porque Él ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un Hombre que Él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos».
Al oír las palabras "resurrección de los muertos", unos se burlaban y otros decían: «Otro día te oiremos hablar sobre esto». Así fue cómo Pablo se alejó de ellos.
Sin embargo, algunos lo siguieron y abrazaron la fe. Entre ellos, estaban Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros.
Después de esto, Pablo dejó Atenas y fue a Corinto.
 
Palabra de Dios.

Reflexionemos

Pablo, nos da la lección de saberse adaptar a su auditorio, a la hora de anunciar la fe en Jesús. A los judíos les habla a partir del AT. A los griegos, a partir de su literatura, de su visión religiosa del cosmos y la divinidad, y de su actitud de búsqueda y curiosidad -al menos filosófica- de la verdad. A todos les predica a Jesús, pero desde el mundo de valores de sus oyentes. Nosotros: ¿Cómo podemos anunciar a Cristo a la juventud de hoy, o a los alejados, o a los agnósticos? ¿cómo podemos ayudarles a pasar del mero materialismo a una visión más espiritual de la vida y del destino sobrenatural que Dios nos prepara? ¿cómo podemos tomar como puntos de partida tantos valores que hoy son apreciados -la justicia, la igualdad, la dignidad de la persona, la ecología, la paz- para pasar claramente al mensaje de Jesús y proponerles su persona y su Evangelio como la plenitud de esos y de otros valores? Es admirable Pablo. No hay nada que le cierre caminos, ni siquiera los fracasos que va cosechando, como en Atenas- sino también por su creatividad: cuando un recurso no da resultado, busca otros. Pero nunca se resigna a callar.

P. Juan R. Celeiro 

SALMO RESPONSORIAL 148, 1-2. 11-14



 
R.    ¡Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria!
 
Alaben al Señor desde el cielo,
alábenlo en las alturas;
alábenlo, todos sus ángeles,
alábenlo, todos sus ejércitos.  R.
 
Los reyes de la tierra y todas las naciones,
los príncipes y los gobernantes de la tierra;
los ancianos, los jóvenes y los niños,
alaben el Nombre del Señor.  R.
 
Alaben el Nombre del Señor.
Porque sólo su Nombre es sublime;
su majestad está sobre el cielo y la tierra,
y Él exalta la fuerza de su pueblo. R.
¡A Él, la alabanza de todos sus fieles,
y de Israel, el pueblo de sus amigos!  R.

San Luis Orione

Don Orione nació en el seno de una familia humilde, en Pontecurone, pequeña aldea del Piamonte, el 23 de junio de 1872. De niño se trasladó a Voghera, para ingresar en el convento franciscano, del que salió al año siguiente a causa de una grave enfermedad. El 4 de octubre de 1886 viajó a Turín para ingresar en el gran colegio salesiano fundado por quien sería su modelo y maestro, Don Bosco, a quien el joven estudiante llegó a querer como a su propio padre.
A través de aquel santo viviente, Don Orione supo de otro hombre de Dios a quien Don Bosco había conocido en persona, cuya misión caritativa en pro del desamparado no tenía precedentes, San José Benito Cottolengo, fundador de la Casa de la Divina Providencia.

Esos dos hombres marcaron a fuego el espíritu

del joven Orione.

Luis Orione regresó a Tortona el 16 de octubre de 1889, para ingresar en el seminario y una vez ordenado (1895), puso manos a la obra de manera inmediata, fundando la Pequeña Obra de la Divina Providencia y las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, consagrando ambas órdenes a Nuestra Señora de la Guardia, la Virgen patrona de la Liguria, en una de cuyas elevaciones (el monte Figogna), se apareció el 29 de agosto de 1490 al humilde pastor Benedicto Pareto.


Los niños carenciados, el individuo minusválido y la humanidad abandonada supieron de la benevolencia del incansable sacerdote de Tortona, lo mismo que los damnificados por los terremotos de Regio, Messina (1909) y Marsica (1915), en donde Don Orione realizó prodigios.


Al igual que San José Benito Cottolengo, Don Orione inauguró hospicios para albergar en ellos al desprotegido, al enfermo y al abandonado.

Su obra en Italia

Fundada su congregación al inaugurar el oratorio “San Luis” el 3 de julio de 1892 y después de abrir el pequeño colegio del barrio San Bernardino el 15 de octubre del año siguiente, Don Orione, ya ordenado sacerdote (13 de abril de 1895), impuso los hábitos a los primeros Ermitaños de la Divina Providencia, ciegos y videntes (30 de julio de 1899) e inició junto a ellos, sus sacerdotes y hermanos coadjutores, el épico camino que lo llevaría a los altares.

El 21 de marzo de 1903 el obispo de Tortona, Monseñor Bandi, le concedió la aprobación diocesana de su obra y el 19 de abril de 1912 emitió los votos perpetuos en manos del Papa San Pío X. Para entonces había viajado a Sicilia, con el objeto de socorrer a los damnificados por el terremoto de Messina (1909), siendo nombrado por Su Santidad Vicario General de aquella diócesis.


El 29 de junio de 1915, después de despachar a sus primeros misioneros hacia el Brasil (1913), el padre Luis fundó la congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad e inauguró el primero de sus “Pequeños Cottolengos” en Ameno.


El 19 de marzo de 1924 el futuro santo abrió el Pequeño Cottolengo genovés y el 29 de agosto de 1931 inauguró el magnífico Santuario de Nuestra Señora de la Guardia, en Tortona. La obra crecía y se multiplicaba.
El primer viaje a la Argentina
El padre fundador decidió iniciar su expansión por el mundo, escogiendo como primer destino el Brasil, hacia donde envió a un reducido grupo de religiosos. Unos años después, él mismo viajó a América, desembarcando en Buenos Aires el 13 de noviembre de 1921.

Monseñor Francisco Alberti, obispo de La Plata, le ofreció la iglesia de Victoria, localidad suburbana situada a 24 kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires, cerrada a la comunidad desde su edificación en 1913…¡por falta de sacerdotes!


El fundador de la obra se apersonó en Victoria días después en compañía del Nuncio Apostólico en Buenos Aires, Monseñor Maurilio Silvani, del cura párroco de San Fernando, Pbro. Maximino Pérez (quien hizo construir Nuestra Señora de la Guardia entre 1910 y 1913) y el Dr. Tomás R. Cullen, distinguido vecino de la localidad y devoto benefactor de la Iglesia.


Los cuatro individuos ingresaron en el templo y mientras los tres últimos se detenían aobservar los detalles interiores, un grito repentino los sobresaltó. Al volverse, vieron a Don Orione corriendo por el pasillo central, en dirección al altar mayor para postrarse de rodillas frente a una imagen de la Virgen y el Niño que se hallaba a un costado, sobre un rústico cajón de madera.


Monseñor Silvani, el Padre Pérez y el Dr. Cullen se acercaron y le preguntaron qué sucedía. Entonces, con viva emoción, exclamó:


-“¡¿Pero es que acaso no lo veis?! ¡Es la Virgen de la Guardia! ¡Vine a la Argentina a edificarle una iglesia pero ella fue mucho más diligente que yo y me la da hecha!”


Y sin dudarlo un instante, aceptó el templo para iniciar desde allí su misión.

Cuerpo incorrupto de Don Orione en el Santuario de Nuestra Señora de la Guardia (Tortona)

La obra de la Divina Providencia en América
Don Orione se alojó en la contigua casa parroquial, edificada en 1919 y desde ese punto mandó venir a los primeros sacerdotes de la congregación, con la intención de que diesen impulso a la Pequeña Obra de la Divina Providencia en América.
El 6 de febrero de 1922 desembarcaron en el puerto de Buenos Aires seis religiosos encabezados por Don José Zanocchi, a quien Don Orione designaría primer Provincial del continente. Se trasladaron a San Fernando, para alojarse en la que desde entonces pasó a ser su casa madre en América, la iglesia Nuestra Señora de la Guardia de Victoria, quinta parroquia en antigüedad de la actual diócesis de San Isidro, capellanía por entonces de Nuestra Señora de Aránzazu, el histórico templo sanfernandino.

El 11 del mismo mes Don Orione ofició su primera Misa en la Argentina, ante gran concurrencia y para beneplácito de una feligresía que lo escuchó con devoción.


Pero pese a ello, aquellos fueron días difíciles...

La hostilidad de los anarco-socialistas y masones
Victoria estaba poblada totalmente por inmigrantes, la mayoría italianos, que trabajaban en el Ferrocarril, en los grandes talleres instalados en 1890.

Esos inmigrantes trajeron de Europa sus costumbres, sus tradiciones, su temple y algunos de sus males, entre ellos extrañas tendencias socialistas y anárquicas, muy en boga en esos tiempos, sobre todo en la clase trabajadora; tendencias que entre sus consignas principales destacaba un feroz anticlericalismo.

Corazón de Don Orione venerado
en Claypole

Fueron innumerables las veces que Don Orione y sus misioneros fueron agredidos de palabra y de hecho por aquellos pobladores incultos y resentidos que, instigados por mentes más elevadas y malévolas (sus ideólogos), veían en la Iglesia a un enemigo de temer. Todo lo soportaron los valerosos sacerdotes, burlas, insultos, desprecios y agresiones físicas de todo tipo y a todas ellas respondieron con sonrisas, bendiciones y ayuda material.

Tanta fue su fuerza, tanta su Fe y tal su apostolado, que menos de una década después, aquellos mismos que lo atacaban se volcaban masivamenteal templo para asistir a Misa, bautizar a sus hijos, unirse en sagrado matrimonio y participar de todas las celebraciones y festividades religiosas, como nunca antes se había visto en aquellos lares.


Pero no solamente al anarquismo y al anticlericalismo socialista enfrentaron Don Orione y sus sacerdotes. La Masonería, secta a la que pertenecían casi todos los administradores británicos del Ferrocarril, también hizo de las suyas, obligando a muchos pobladores a integrarse a sus filas y ocultar sus verdaderas creencias, temerosos de perder sus fuentes de trabajo.

A todo esos enemigos enfrentó la obra orionita con firmeza y a todos los derrotó con la mejor arma que supo esgrimir: la Fe.
“Vivo o muerto regresaré a la Argentina”
En 1934 el padre Orione regresó a la Argentina. Participó del célebre XXXII Congreso Eucarístico Internacional de ese año, supervisó los avances de la congregación y alentó su acción hacia nuevas latitudes.
Don Orione abandonó la Argentina definitivamente el 24 de agosto de 1937.

Falleció el 12 de Marzo de 1940 en San Remo, Italia. “Jesús, Jesús, Jesús, ya voy”, fueron las palabras con las que abandonó este mundo.


Aquel hombre pequeño y humilde que llevó a cabo una obra de coloso, amó a los humildes, amó a carenciados y minusválidos; amó a la Iglesia y amó a la Argentina. “Vivo o muerto regresaré a la Argentina” exclamó antes de su partida definitiva en 1937. Y su predicción se cumplió. Hoy su corazón descansa en el cotolengo de Claypole, por el fundado en 1935 y desde allí sigue irradiando amor, hacia toda la Nación y el continente entero.

Fuente: http://www.cruzadadelrosario.org.ar

martes, 15 de mayo de 2012

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 16, 22-34


 

En Filipos, la multitud se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados les hicieron arrancar la ropa y ordenaron que los azotaran. Después de haberlos golpeado despiadadamente, los encerraron en la prisión, ordenando al carcelero que los vigilara Con mucho cuidado. Habiendo recibido esta orden, el carcelero los encerró en una celda interior y les sujetó los pies en el cepo.
Cerca de la medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban las alabanzas de Dios, mientras los otros prisioneros los escuchaban. De pronto, la tierra comenzó a temblar tan violentamente que se conmovieron los cimientos de la cárcel y, en un instante, todas las puertas se abrieron y las cadenas de los prisioneros se soltaron. El carcelero se despertó sobresaltado y, al ver abiertas las puertas de la prisión, desenvainó su espada con la intención de matarse, creyendo que los prisioneros se habían escapado. Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún mal, estamos todos aquí».
El carcelero pidió unas antorchas, entró precipitadamente en la celda y, temblando, se echó a los pies de Pablo y de Silas. Luego los hizo salir y les preguntó: «Señores, ¿qué debo hacer para alcanzar la salvación?»
Ellos le respondieron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás, tú y toda tu familia».
En seguida le anunciaron la Palabra del Señor, a él y a todos los de su casa. A esa misma hora de la noche, el carcelero los atendió y curó sus llagas. Inmediatamente después, fue bautizado junto con toda su familia. Luego los hizo subir a su casa y preparó la mesa para festejar con los suyos la alegría de haber creído en Dios.
 
Palabra de Dios.

Reflexionemos

 Pablo que ha recibido azotes en Asia de parte de los judíos, recibirá los primeros, en Europa,  por una historia de brujería, a raíz de un exorcismo. Serán gente molida a palos y que sin embargo son felices, cantan. Hacen realidad la bienaventuranza de Jesús. Liberados por un temblor, el prisionero reconfortará al guardián y le comunicará la buena noticia y así el verdugo terminará curando a la victima y recibiéndola en su mesa familiar. Una comerciante, ahora un policía del Imperio. La fe progresa y  la alegría que la acompaña. Señor, aumenta nuestra fe, aumenta nuestra alegría. Que la cruz no sea fuente de tristeza.


P. Juan R. Celeiro

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