sábado, 1 de abril de 2017

¡Que salga fuera, Señor!



De la oscuridad que no me deja verte,
a la luz que me da la vida.
De las dudas que ciegan mis ojos,
a la certeza que me invita a seguirte.
De la tristeza que sacude mi existencia,
a la alegría que infunde tú persona.

¡Que salga fuera, Señor!
De los miedos que me paralizan,
a la fortaleza que me regala tu Palabra.
De la inseguridad de mis pasos,
a la firmeza de tus caminos.

¡Que salga fuera, Señor!
De la muerte, cuando yo vivo como Tú quieres,
a la vida que siento cuando Tú estás presente.
De mi afán de suficiencia que fracasa,
al reconocimiento de tu poder que todo lo puede.

¡Que salga fuera, Señor!
De lo efímero que pasa y caduca,
a lo eterno que Tú me dices me espera.
De mi manera peculiar de vivir la vida,
a esa otra que, Tú, me dices es rica y diferente.

¡Que salga fuera, Señor!
Que me libre de esas largas vendas
que me impiden ser libre y seguirte.
Que me sacuda de los aromas
con que la sociedad quiere perfumarme y maquillarme.
Que sea fuerte para desprenderme
de tantas losas que pretenden silenciarme.
¡Que salga fuera, señor!
¡Sacúdeme con tu fuerza divina!
¡Háblame con palabras de eternidad!
¡Hazme morir en aquello que me separa de ti!
Amén.

P. Javier Leoz

Lectura del libro de Jeremías 11, 18-20



Señor, Tú me has hecho ver las intrigas de este pueblo.
Y yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que ellos urdían contra mí sus maquinaciones: «¡Destruyamos el árbol mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y que nadie se acuerde más de su nombre!»
Señor de los ejércitos,
que juzgas con justicia,
que sondeas las entrañas y los corazones,
que yo vea tu venganza contra ellos,
porque a ti he confiado mi causa!

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

El profeta perseguido por defender el único templo que ha de ser el de Jerusalén, y que, por tanto, el de su tierra natal, Anatot, ha de ser destruido, es perseguido incluso por su propia familia. No sólo lo persiguen, quieren apagar su voz, quieren matarlo. Dios le descubre a Jeremías lo que planean contra él sus enemigos. Y Jeremías pronuncia una frase que se convertirá en un oráculo sobre el Mesías: Yo era conducido como un manso cordero que es llevado a degollar. El profeta pide al Señor que lo defienda de sus enemigos.
En Cristo Jesús se ha cumplido esta profecía. Él nos dice que a Dios se le adora en espíritu y verdad. Hay que entrar en la propia habitación, cerrar la puerta y orar ante nuestro Padre, que está en lo secreto de cada uno de nosotros. No es malo acudir a los templos a orar junto con la comunidad de creyentes. Sin embargo, aún ahí hemos de comunicarnos con el Señor que habita en nosotros; si no tenemos un encuentro personal con Él podemos diluirnos en la comunidad y pensar que estuvimos con el Señor porque oramos y cantamos juntos. Quien no entienda esto podrá afanarse por tener un lugar de culto muy hermoso, y por preparar la liturgia de tal forma que cause impacto en los asistentes.
Hablar de que hay que destruir esa imagen de exterioridades para darle la importancia a nuestro templo interior, podría causar descontentos, críticas y persecuciones. Si en verdad viviésemos conforme a las enseñanzas de Jesús en este aspecto, la comunidad de fieles que se reúne para alabar a Dios y ofrecerle el único sacrificio que le es grato, tendría un sólo corazón y una sola alma, pues seríamos conscientes que es el único y mismo Señor, el único y mismo Espíritu que habita en cada uno de nosotros y nos reúne, como un cuerpo que alaba a Dios.

SALMO RESPONSORIAL 7, 2-3. 9bc-12



R.    ¡Señor, Dios mío, en ti me refugio!

Señor, Dios mío, en ti me refugio:
sálvame de todos los que me persiguen;
líbrame, para que nadie pueda atraparme
como un león, que destroza sin remedio. R.

Júzgame, Señor, conforme a mi justicia
y de acuerdo con mi integridad.
¡Que se acabe la maldad de los impíos!
Tú que sondeas las mentes y los corazones,
Tú que eres un Dios justo, apoya al inocente. R.

Mi escudo es el Dios Altísimo,
que salva a los rectos de corazón.
Dios es un Juez justo
y puede irritarse en cualquier momento. R.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 7, 40-53



Algunos de la multitud, que habían oído a Jesús, opinaban: «Éste es verdaderamente el Profeta». Otros decían: «Éste es el Mesías». Pero otros preguntaban: «¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?» y por causa de Él, se produjo una división entre la gente. Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre Él.
Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y éstos les preguntaron: «¿Por qué no lo trajeron?»
Ellos respondieron: «Nadie habló jamás como este hombre». Los fariseos respondieron: «¿También ustedes se dejaron engañar? ¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en Él? En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita».
Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo: «¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?»
Le respondieron: «¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta».
Y cada uno regresó a su casa.

Palabra del Señor.


¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

Hoy sigue pasando lo mismo, negar la evidencia y el pensar bien: “éste es el profeta”; “éste es el Mesías”; “nadie ha hablado como lo hace este hombre”; “¿acaso nuestra ley permite condenar sin haberle oído previamente?”. Para justificar nuestro modo de pensar y actuar: “¿También vosotros os habéis dejado seducir?”; “esta gente, que no conoce la ley, se halla bajo la maldición”; “¿también tú eres galileo?”.

Los cristianos seguimos teniendo delante de nosotros el reto de romper con la dinámica de condena y de autojustificación para entrar en la dinámica de amor y misericordia de Dios.

Nicodemo se la juega por Jesús, por la verdad.

Señor, también a mí me indigna la mentira, la injusticia, la violencia, la miseria...

Pero en demasiadas ocasiones soy miedoso y no me juego mi fama, no arriesgo mi comodidad, no comparto lo que debiera, para defender la verdad, la justicia y la paz, para luchar en favor de los más débiles.

Señor, aumenta mi confianza en ti, dame una confianza más grande que mi miedo y mi egoísmo. Y concédeme valor para dar la cara por ti, por tu Reino, por tus preferidos: los pobres y los que más sufren. Amén.

San Hugo, Obispo

San Hugo nació en Francia en el año 1052. Su padre Odilón, que se había casado dos veces, al quedar viudo por segunda vez se hizo monje cartujo y murió en el convento a la edad de cien años, teniendo el consuelo de que su hijo que ya era obispo, le aplicara los últimos sacramentos y le ayudara a bien morir.
A los 28 años nuestro santo ya era instruido en ciencias eclesiásticas y tan agradable en su trato y de tan excelente conducta que su obispo lo llevó como secretario a una reunión de obispos que se celebraba en Avignon en el año 1080 para tratar de poner remedio a los desórdenes que había en la diócesis de Grenoble. Allá en esa reunión o Sínodo, los obispos opinaron que el más adaptado para poner orden en Grenoble era el joven Hugo y le propusieron que se hiciera ordenar de sacerdote porque era un laico. El se oponía porque era muy tímido y porque se creía indigno, pero el Delegado del Sumo Pontífice logró convencerlo y le confirió la ordenación sacerdotal. Luego se lo llevó a Roma para que el Papa Gregorio VII lo ordenara de obispo.
En Roma el Pontífice lo recibió muy amablemente. Hugo le consultó acerca de las dos cosas que más le preocupaban: su timidez y convicción de que no era digno de ser obispo, y las tentaciones terribles de malos pensamientos que lo asaltaban muchas veces. El Pontífice lo animó diciéndole que "cuando Dios da un cargo o una responsabilidad, se compromete a darle a la persona las gracias o ayudas que necesita para lograr cumplir bien con esa obligación", y que los pensamientos aunque lleguen por montones a la cabeza, con tal de que no se consientan ni se dejen estar con gusto en nuestro cerebro, no son pecado ni quitan la amistad con Dios.
Gregorio VII ordenó de obispo al joven Hugo que sólo tenía 28 años, y lo envió a dirigir la diócesis de Grenoble, en Francia. Allá estará de obispo por 50 años, aunque renunciará el cargo ante 5 Pontífices, pero ninguno le aceptará la renuncia.
Al llegar a Grenoble encontró que la situación de su diócesis era desastrosa y quedó aterrado ante los desórdenes que allí se cometían. Los cargos eclesiásticos se concedían a quien pagaba más dinero (Simonía se llama este pecado). Los sacerdotes no se preocupaban por cumplir buen su celibato. Los laicos se habían apoderado de los bienes de la Iglesia. En el obispado no había ni siquiera con qué pagar a los empleados. Al pueblo no se le instruía casi en religión y la ignorancia era total.
Por varios años se dedicó a combatir valientemente todos estos abusos. Y aunque se echó en contra la enemistad de muchos que deseaban seguir por el camino de la maldad, sin embargo la mayoría acepto sus recomendaciones y el cambio fue total y admirable. El dedicaba largas horas a la oración y a la meditación y recorría su diócesis de parroquia en parroquia corrigiendo abusos y enseñando cómo obrar el bien.
Todos veían con admiración los cambios tan importantes en la ciudad, en los pueblos y en los campos desde que Hugo era obispo. El único que parecía no darse cuenta de todos estos éxitos era él mismo. Por eso, creyéndose un inepto y un inútil para este cargo, se fue a un convento a rezar y a hacer penitencia. Pero el Sumo Pontífice Gregorio VII, que lo necesitaba muchísimo para que le ayudara a volver más fervorosa a la gente, lo llamó paternalmente y lo hizo retornar otra vez a su diócesis a seguir siendo obispo. Al volver del convento parecía como Moisés cuando volvió del Monte Sinaí que llegaba lleno de resplandores. Las gentes notaron que ahora llegaba más santo, más elocuente predicador y más fervoroso en todo.
Un día llegó San Bruno con 6 amigos a pedirle a San Hugo que les concediera un sitio donde fundar un convento de gran rigidez, para los que quisieran hacerse santos a base de oración, silencio, ayunos, estudio y meditación. El santo obispo les dio un sitio llamado Cartuja, y allí en esas tierras desiertas y apartadas fue fundada la Orden de los Cartujos, donde el silencio es perpetuo (hablan el domingo de Pascua) y donde el ayuno, la mortificación y la oración llevan a sus religiosos a una gran santidad.
Se dice que al construir la casa para los Cartujos no se encontraba agua por ninguna parte. Y que San Hugo con una gran fe, recordando que cuando Moisés golpeó la roca, de ella brotó agua en abundancia, se dedicó a cavar el suelo con mucha fe y oración y obtuvo que brotara una fuente de agua que abasteció a todo el gran convento.
En adelante San Bruno fue el director espiritual del obispo Hugo, hasta el final de su vida. Y se cumplió lo que dice el Libro de los Proverbios: "Triunfa quien pide consejo a los sabios y acepta sus correcciones". A veces se retiraba de su diócesis para dedicarse en el convento a orar, a meditar y a hacer penitencia en medio de aquel gran silencio, donde según sus propias palabras "Nadie habla si no es para cosas extremadamente graves, y lo demás se lo comunican por señas, con una seriedad y un respeto tan grandes, que mueven a admiración". Para San Hugo sus días en la Cartuja eran como un oasis en medio del desierto de este mundo corrompido y corruptor, pero cuando ya llevaba varios días allí, su director San Bruno le avisaba que Dios lo quería al frente de su diócesis, y tenía que volverse otra vez a su ciudad.
Los sacerdotes más fervorosos y el pueblo humilde aceptaban con muy buena voluntad las órdenes y consejos del Santo obispo. Pero los relajados, y sobre todo muchos altos empleados del gobierno que sentían que con este Monseñor no tenían toda la libertad para pecar, se le opusieron fuertemente y se esforzaron por hacerlo sufrir todo lo que pudieron. El callaba y soportaba todo con paciencia por amor a Dios. Y a los sufrimientos que le proporcionaban los enemigos de la santidad se le unían las enfermedades. Trastornos gástricos que le producían dolores y le impedían digerir los alimentos. Un dolor de cabeza continuo por más de 40 años (que no lo sabían sino su médico y su director espiritual y que nadie podía sospechar porque su semblante era siempre alegre y de buen humor). Y el martirio de los malos pensamientos que como moscas inoportunas lo rodearon toda su vida haciéndolo sufrir muchísimo, pero sin lograr que los consintiera o los admitiera con gusto en su cerebro.
Varias veces fue a Roma a visitar al Papa y a rogarle que le quitara aquel oficio de obispo porque no se creía digno. Pero ni Gregorio VII, ni Urbano II, ni Pascual II, ni Inocencio II, quisieron aceptarle su renuncia porque sabían que era un gran apóstol y que si se creía indigno, ello se debía más a su humildad, que a que en realidad no estuviera cumpliendo bien sus oficios de obispo. Cuando ya muy anciano le pidió al Papa Honorio II que lo librara de aquel cargo porque estaba muy viejo, débil y enfermo, el Sumo Pontífice le respondió: "Prefiero de obispo a Hugo, viejo, débil y enfermo, antes que a otro que esté lleno de juventud y de salud".
Era un gran orador, y como rezaba mucho antes de predicar, sus sermones conmovían profundamente a sus oyentes. Era muy frecuente que en medio de sus sermones, grandes pecadores empezaran a llorar a grito entero y a suplicar a grandes voces que el Señor Dios les perdonara sus pecados. Sus sermones obtenían numerosas conversiones.
Tenía gran horror a la calumnia y a la murmuración. Cuando escuchaba hablar contra otros exclamaba asustado: "Yo creo que eso no es así". Y no aceptaba quejas contra nadie si no estaban muy bien comprobadas.
Una vez, cuando por un larguísimo verano hubo una enorme carestía y gran escasez de alimentos, vendió el cáliz de oro que tenía y todos los objetos de especial valor que había en su casa y con ese dinero compró alimentos para los pobres. Y muchos ricos siguieron su ejemplo y vendieron sus joyas y así lograron conseguir comida para la gente que se moría de hambre.
Al final de su vida la artritis le producía dolores inmensos y continuos pero nadie se daba cuenta de que estaba sufriendo, porque sabía colocar una muralla de sonrisas para que nadie supiera los dolores que estaba padeciendo por amor a Dios y salvación de las almas.
Un día al verlo llorar por sus pecados le dijo un hombre: "- Padre, ¿por qué llora, si jamás ha cometido un pecado deliberado y plenamente aceptado?- ". Y él le respondió: "El Señor Dios encuentra manchas hasta en sus propios ángeles. Y yo quiero decirle con el salmista: "Señor, perdóname aun de aquellos pecados de los cuales yo no me he dado cuenta y no recuerdo".
Poco antes de su muerte perdió la memoria y lo único que recordaba eran los Salmos y el Padrenuestro. Y pasaba sus días repitiendo salmos y rezando padresnuestros…
Murió cuando estaba para cumplir los 80 años, el 1 de abril de 1132. El Papa Inocencio II lo declaró santo, dos años después de su muerte.
San Hugo: te encomendamos nuestros obispos. Pídele a Dios que tengamos muchos obispos santos que nos lleven a todos a la santidad.

viernes, 31 de marzo de 2017

Circular Nº 3 by parroquiasj on Scribd

Y... ¿cómo está tu familia?


INSTRUCCIONES
Elija una opción por cada una de las siguientes preguntas y al terminar el cuestionario verifique el apartado final para saber qué tan unida y cercana a Dios está su familia.

1. ¿Con qué frecuencia conversan como familia?
a) Todos los días.
b) Una o dos veces por semana.
c) Rara vez.
d) Nunca.

2. ¿Las manifestaciones de cariño forman parte de su vida cotidiana?
a) Siempre
b) A veces.
c) Pocas veces.
d) Nunca.

3. ¿Pueden conversar y sostener una plática sin discutir?
a) Sin ningún problema.
b) Con cierta facilidad.
c) Difícilmente.
d) Imposible.

4. ¿Aceptan los defectos de cada uno y saben sobrellevarlos?
a) Sin ningún problema.
b) Con cierta facilidad.
c) Difícilmente.
d) Imposible.

5. ¿Con qué frecuencia comparten sus preocupaciones en familia?
a) Todos los días.
b) Una vez al mes.
c) Rara vez.
d) Nunca.

6. ¿Con qué frecuencia se reúnen para celebrar algún acontecimiento familiar?
a) Por lo menos una vez cada dos meses.
b) Una vez cada seis meses.
c) Una vez al año.
d) Nunca.

7. ¿Las decisiones que afectan a la familia se toman en conjunto?
a) Siempre.
b) A veces.
c) Pocas veces.
d) Nunca.

8. Ante una adversidad o algún problema familiar, ¿cómo reaccionan?
a) Se solidarizan y apoyan todos.
b) Se interesan, pero no apoyan.
c) Sólo se informan.
d) Son indiferentes.

9. ¿Cada miembro de la familia realiza alguno de los quehaceres del hogar?
a) Siempre.
b) A veces.
c) Pocas veces.
d) Nunca.

10. ¿Cada miembro de la familia cumple sus propias responsabilidades?
a) Siempre
b) A veces.
c) Pocas veces.
d) Nunca.

11. ¿Con qué frecuencia eligen pasar tiempo juntos para divertirse en familia?
a) Todos los días.
b) Una o dos veces por semana.
c) Rara vez.
d) Nunca.

12. Cuándo salen de paseo o de vacaciones, ¿cómo lo hacen?
a) Toda la familia junta.
b) Los papás y algunos hijos.
c) Sólo los papás
d) Todos por separado.

13. Las personas ancianas en su familia son consideradas:
a) Una bendición.
b) Fáciles de sobrellevar.
c) Difíciles de sobrellevar.
d) Una carga para la familia

14. ¿Con qué frecuencia invitan a otras personas a compartir su mesa familiar?
a) Siempre.
b) Casi siempre.
c) Rara vez.
d) Nunca.

15. ¿Con qué frecuencia ayudan, como familia, a personas necesitadas?
a) Una vez por semana.
b) Una vez al mes.
c) Rara vez.
d) Nunca.

16. En las pláticas en familia, ¿qué lugar ocupa la promoción de los valores católicos?
a) Importante.
b) Más o menos importante.
c) Secundario.
d) Intrascendente.


17. ¿Cuáles son los temas que acostumbran platicar en familia?
a) Cuestiones edificantes.
b) Problemas sociales o familiares.
c) Nos quejamos de todo.
d) Criticamos a otras personas.

18. ¿Hacen oración juntos?
a) Todos los días.
b) Una vez a la semana.
c) Algunas veces.
d) Nunca.

19. ¿Con qué frecuencia asisten a Misa en familia?
a) Cada ocho días.
b) Una vez al mes.
c) Rara vez.
d) Nunca.

20. ¿Con qué frecuencia comparten su fe como familia, por ejemplo leyendo juntos la Palabra, compartiendo su experiencia de Dios o hablando de temas espirituales?
a) Siempre.
b) Frecuentemente.
c) Rara vez.
d) Nunca.

Conclusiones
Si los incisos “a” fueron mayoría. ¡Felicidades! Tu resultado es muy bueno. Se nota que Dios es el centro de tu familia y que en Él encuentran la fuente de su amor y de su unión. Procuren seguir por ese buen camino y buscar nuevas maneras de continuar creciendo juntos como católicos y como miembros de una familia llamados no sólo a amarse mutuamente sino llamados también a compartir ese amor con otros.

Si los incisos “b” fueron mayoría. Tu resultado es bueno, aunque no tan favorable como hubieras querido porque hay por allí algunos puntos que necesitan atender o reforzar para darle a su vida familiar ese empujoncito que le falta para crecer en unidad y en fe. Te sugerimos organizar actividades en familia que involucren ayudar a otros, y también dedicar más tiempo a fortalecer como familia su relación con Dios.

Si los incisos “c” fueron mayoría. Tu resultado necesita mejorar. Se nota que las preocupaciones de la vida cotidiana están afectando la unidad de tu familia y su relación con Dios. No permitan que eso suceda. Conversa con tus familiares al respecto y acuerden acciones que puedan realizar para reparar esto, en especial pasar más tiempo juntos, esforzarse por dar a cada uno de sus miembros la atención personal y el cariño que necesitan, y sobre todo, dejar que Dios ocupe el centro para que todo lo demás adquiera su justa proporción.

Si los incisos “d” fueron mayoría. Hay muchos problemas en tu familia, pero nada que no se pueda corregir con la ayuda de Dios. Lo más importante es no desesperarse, ir atacando un problema cada vez. Y por encima de todo urge mejorar su relación con Dios. Si no puedes hablarle a tu familia de Dios, háblale a Dios de tu familia. Únete con otros miembros que deseen hacerlo y encomiéndala todos los días a la Sagrada Familia.

Libro de la Sabiduría 2,1a.12-22.


Los impíos se dicen entre sí, razonando equivocadamente: 
«Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. 
El se gloría de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. 
Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable, 
porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes. 
Nos considera como algo viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. El proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por padre a Dios. 
Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final. 
Porque si el justo es hijo de Dios, él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos. 
Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. 
Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará.» 
Así razonan ellos, pero se equivocan, porque su malicia los ha enceguecido. 
No conocen los secretos de Dios, no esperan retribución por la santidad, ni valoran la recompensa de las almas puras. 



Palabra de Dios


Reflexionamos Juntos

Dinámica que vemos cumplirse a lo largo de los siglos y también ahora: los justos resultan incómodos en medio de una sociedad no creyente, y por tanto hay que eliminarlos. Hoy, junto a muchas personas que creen y aceptan a Cristo, hay otras muchas que han optado por ignorarlo, o incluso por perseguir toda idea suya. Una sociedad que va perdiendo valores fundamentales, acusa el impacto del testimonio de los creyentes. Los verdaderos profetas son con frecuencia perseguidos. Los falsos, los que no se preocupan de transmitir lo que Dios dice, sino lo que gusta a la gente, ésos prosperan. Le puede pasar al Papa, si lo que dice no gusta. A unos obispos o a unos misioneros, si su voz se levanta para denunciar injusticias o situaciones que afectan a intereses de poderosos. También a nosotros, si con nuestra vida damos un testimonio de valores diferentes, porque vivimos en sentido inverso de lo que es moda o de lo que dicen las estadísticas sociológicas. No llegaremos a ser perseguidos y amenazados de muerte, pero sí desacreditados o ridiculizádos o simplemente ignorados.

P. Juan R. Celeiro

Salmo 34(33),17-18.19-20.21.23.


El Señor rechaza a los que hacen el mal 
para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha 
y los libra de todas sus angustias.

El Señor está cerca del que sufre 
y salva a los que están abatidos.
El justo padece muchos males, 
pero el Señor lo libra de ellos.

El cuida todos sus huesos, 
no se quebrará ni uno solo.
Pero el Señor rescata a sus servidores, 
y los que se refugian en El no serán castigados. 

Evangelio según San Juan 7,1-2.10.25-30.


Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo. 
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas, 
Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver. 
Algunos de Jerusalén decían: "¿No es este aquel a quien querían matar? 
¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? 
Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es". 
Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó: "¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen. 
Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él el que me envió". 
Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora. 



Palabra del Señor


¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

Jesús sabe que muchos judíos tratan de matarlo en Jerusalén. Por eso anda cauteloso. No quiere provocar la reacción violenta de sus enemigos. Pero la cautela, no le lleva a decir lo contrario de lo que piensa y sigue dando testimonio de aquél que lo ha enviado. No se deja llevar ni siquiera por el miedo a la muerte. Su voluntad es insobornable.

Tampoco los cristianos deberíamos provocar la reacción contraria de nuestros “enemigos”. No podemos provocar, pero tampoco podemos quedarnos callados. No podemos traicionar a Dios. Es difícil este equilibrio, pero es necesario.

Pedimos perdón por las veces en las que provocamos reacciones violentas.
Pedimos perdón porque a veces nos callamos cobardemente o no decimos lo que pensamos por miedo.
Damos gracias porque Dios nos enseña a ser cautelosos y valientes a la vez. Pedimos luz y fuerza.

Dicen que estoy "amenazado de muerte".
Es una advertencia para intimidarme,
meterme miedo en el alma y en el cuerpo
y dejar que todo siga el curso
que beneficia a los de siempre.
Sea lo que fuere, estoy tranquilo
porque, si me matan, no me quitan la vida.
Me sembrarán contigo
y granaré
desbordando sueños.

Los cristianos no estamos
amenazados de muerte.
Estamos "amenazados de vida".
Porque Tú eres la vida,
aunque estés crucificado
en la cumbre del basurero del Mundo,
o enterrado en arrabales, suburbios y favelas.

Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte.
¡Estamos amenazados de vida,
de esperanza, de amor...!
Porque tu hora, Señor, ha llegado,
y recorres nuestro mundo
como río de agua viva.

Florentino Ulibarri

--------------

Padre Celestial, mi vida está en tus manos.
Ayer hoy y por siempre, estoy segura y confiada en ti.
Señor, ayúdame a saber que tú tienes todo el control.
Ayúdame a creer que tú estás trabajando en mi vida ahora mismo,
aunque yo no  lo pueda ver.
Ayúdame a confiar en lo que no puedo ver,
aún cuando lo único que veo es doloroso y está todo tan nublado.

Ayúdame a saber que tú tomas control de todas mis necesidades.
Señor, gracias por escuchar mi súplica de ayuda.
Gracias por amarme tanto.
Ayúdame a creer en todas las promesas que me has dado.
Perdóname cuando dudo de ti y de tu amor.
Yo creo en ti Señor. Perdóname cuando a veces pierdo la fe.

Aumenta en mí la fe en ti.


4. Termino la oración   
Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...
     Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio
     Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.

Beato Amadeo IX de Saboya

Fue el noveno de este nombre y el tercer Duque de aquel Estado, entre los de la familia Saboya ( 1435-1472). Reinó solamente siete años (1465-1472). Obtuvo el título de Beato dos siglos más tarde, bajo el Pontificado del Beato Inocencio XI. — Fiesta litúrgica: 31 de marzo.

«Mucho os recomiendo a los pobres, derramad sobre ellos liberalmente vuestras limosnas, y el Señor derramará abundantemente sobre vosotros sus bendiciones. Haced justicia a todos sin acepción de personas; aplicad todos vuestros esfuerzos para que florezca la Religión y para que Dios sea servido”.

Éste fuel el testamento que el Beato Amadeo dio de palabra a su esposa, momentos antes de morir; que había servido de consigna a toda su vida de cristiano y político.

Es muy recomendable, amigo lector, que nos detengamos un poco en contemplar la riqueza de Dios, que ha escogido santos en todas las épocas de la Historia, y en cada uno de los diversos estamentos sociales, de todas las edades, con las más variadas inclinaciones naturales y carismas sobrenaturales. Amadeo supo conocer y amar, y descubrir a Cristo en los hermanos. Esto desde el trono, de donde apareció con más claridad ante sus súbditos su acrisolada virtud cristiana: sobre todo, sus obras de misericordia y deseo de regir justamente a la nación.

Nació y se educó en la región alpina que se extiende, desde la Francia Oriental, en las grandes cordilleras suizas. Cerca tenía el pacífico lago de Ginebra. No muy lejos aparecían las nieves perpetuas del San Bernardo y Monte Blanco. Ello comunicaba gran paz a su interior y a los espíritus de todos los habitantes del Ducado de Saboya; sencillos, religiosos, apegados a sus tradiciones, algo toscos.

La tradición familiar, profundamente religiosa, le llevó por los senderos del bien, de modo espontáneo. En una corte del medievo, pacífica y hogareña, uno puede conservarse sereno y virtuoso, trabajar por el gran ideal. Así las obras de Amadeo fueron conquistando admiradores y seguidores.

Muy joven, contrajo matrimonio con Violante de Valois, hija del rey de Francia. Fue una unión feliz, pues los dos procuraban hacerse suyas las necesidades y gustos del cónyuge para ponerles remedio: hicieron del amor el lema de sus relaciones con Dios y mutuas.

Fecundo matrimonio, tuvieron nueve hijos a los que, sobre las riquezas, supieron darles educación religiosa esmerada. Una de sus hijas subió a los altares con el nombre de Beata Luisa de Saboya.

Dios puso a prueba su virtud, para hacerla más firme y mayor. Tuvo un reinado molestado por luchas frecuentes con señores feudales colindantes; hasta por pretendientes al trono, entre los suyos. Su mansedumbre y misericordia fueron su gran defensa.

También, a menudo, era atacado por la epilepsia, que consideraba como un freno providencial de las pasiones y necesaria mirra entre las dulzuras de la vida. Por esto es invocado contra esta enfermedad.

Su vida entera queda resumida en una anécdota que vamos a citar y que ha sido conservada por la tradición.

Se trata de un diálogo que sostuvo con el embajador de un príncipe extranjero cuando éste le preguntaba qué diversiones tenía, si le gustaba la caza como entretenimiento, y cómo solía solazarse.

—Tengo otros entretenimientos, en los que me ocupo con mayor placer; deseo que vea el señor embajador con sus propios ojos el objeto de mis diversiones.

Seguidamente el príncipe abrió el balcón de la sala, mostrándole un gran patio, en el cual había un incesante desfile de numerosos criados, atendiendo y dando de comer a más de quinientos pobres.

—Ved ahí, señor embajador, mis distracciones, con las que intento conseguir el reino de los Cielos.

El embajador se decidió a censurar diplomáticamente la conducta del bondadoso Duque, y le dijo:

—Muchas gentes se echan a mendigar por pereza y holgazanería.

A lo que respondió el caritativo príncipe:

—No permita el Cielo que yo entre a investigar con demasiada curiosidad la condición de los pobres que acuden a mis puertas; porque si el Señor mirase de igual manera nuestras acciones, nos hallaría con mucha frecuencia faltos de rectitud.

Replicó el embajador:
—Si todos los príncipes fuesen de semejante parecer, sus súbditos buscarían más la pobreza que la riqueza.

A lo que contestó el Beato Amadeo de Saboya:
—¡Felices los Estados en los que el apego a las riquezas se viera por siempre desterrado! ¿Qué produce el amor desordenado de los bienes materiales, sino orgullo, insolencia, injusticia y robos? Por el contrario, la pobreza tiene un cortejo formado por las más bellas virtudes.

Añadió el embajador:
—En verdad que vuestra ciencia, en relación con los restantes príncipes de este mundo, es totalmente distinta; porque en todas partes es mejor ser rico que pobre, pero en vuestros Estados los pobres son los preferidos.

Y contestó el Duque:
—Así lo he aprendido de Jesucristo. Mis soldados me defienden de los hombres; pero los pobres me defienden ante Dios.

jueves, 30 de marzo de 2017

SI FUÉRAMOS... ¿QUÉ SERÍA LA CUARESMA?

-Si fuéramos automóviles, la Cuaresma sería el tiempo de cambiar el aceite y afinar el motor.
-Si fuéramos jardines, la Cuaresma sería tiempo de fertilizar nuestra tierra y arrancar las malas yerbas.
-Si fuéramos alfombras, la Cuaresma sería tiempo de darles una buena limpieza con el aspirador o una buena sacudida.
-Si fuéramos baterías (acumuladores), la Cuaresma sería tiempo de recargarlas.
Pero no somos ninguna de estas cuatro cosas:
-Somos personas que, quizá, muchas veces hemos hecho cosas malas y necesitamos arrepentirnos de ellas. De aquí la necesidad de hacer una buena confesión.
-Somos personas que muchas veces nos dejamos llevar por nuestro egoísmo y que, por lo tanto, necesitamos empezar a pensar en los demás. De aquí la necesidad de la limosna.
-Somos personas que muchas veces perdemos de vista el fin para el que fuimos creados por Dios.
Necesitamos, pues, recobrar la vista. De aquí la necesidad de la oración.


1) Despréndete de tantas palabras huecas y sin sentido: LLENATE de la Palabra de DIOS.
2) Abona tu FE con la participación diaria en la Eucaristía. Un peregrino, no puede llegar al final de su trayecto, sin saber por qué o por quién lo hace.
3) Carga tu conciencia con la rectitud del Espíritu. No caigas en la tentación de pensar  que, tu conciencia, es aquello que te da la posibilidad de realizar o pensar lo que creas conveniente. Deja que Dios  la eduque.
4) Vive con sobriedad estos días. No por tener mucho se es más feliz. La felicidad la da el uso correcto y sensato de las cosas, no el despilfarro ni la simple apariencia.
5) Busca, insistentemente, un espacio de silencio. Para lo que queremos no hay inconvenientes ni cansancio. Una iglesia puede ser la mejor sauna para el cuerpo y el espíritu.
6) Recapacita sobre quién necesita de tu comprensión o de tu perdón. Si estás enojado con alguien, derriba esos muros que os separan. Si, por el contrario, otros están distantes de ti, no dudes en pedir perdón.
7) Lee, cada noche, un trozo de la Palabra de Dios. ¿De qué nos sirve una mesa si no se sirve comida? ¿Para qué una valiosa joya si nunca se luce? La Biblia es la perla más preciosa y, no siempre la más codiciada, en un hogar cristiano.
8) Siéntete a gusto en tu iglesia. Pide por ella. Por el Papa, los obispos, los sacerdotes. En medio del desierto que estamos viviendo, también el maligno nos invita a dudar, a abandonar engañándonos. Ni sus representantes son tan buenos como quisieran ni, por supuesto, tan mediocres como algunos nos los pintan.
9) Haz oración. No pienses que es difícil. Es cuestión de ponerse. Si fueras a un médico, te diría que el funcionamiento del corazón es muy difícil de explicar. Pero, el paciente sin saber tanto, siente que en su interior se mueve con dos movimientos. La oración es el palpitar de Dios con el hombre y del hombre con Dios.
10) Bríndate generosamente. Haz algo, aunque sea pequeño, en favor de alguna causa. Pero, sobre todo, cuando lo realices ofréceselo a Dios. No te conviertas en un simple miembro de una “ong”. Como cristiano, la fuente de tu hacer el bien, está en Dios y no el altruismo.
11) Busca la paz. Trabaja por ella en lugares tan cercanos como el trabajo o la familia. ¿De qué nos sirve añorar la paz en el mundo si, luego, somos incapaces de conseguirla en nuestros pequeños campos de batalla?
12) Si hace tiempo que no frecuentas el sacramento de la confesión, haz un esfuerzo. Nuestra vida necesita un contraste, un consejo, una palabra oportuna. Alguien que, en nombre de Jesús, vaya el fondo de nosotros, nos cure y nos perdone. A veces, hasta una copa limpia, necesita de una mano que la deje resplandeciente.
13) Guarda vigilia y  ayuno. Nunca como hoy está tan de moda, diversas recetas para adelgazar: no comer. Pero, la Cuaresma, nos dice que para hacer fuerte el espíritu, es necesario –en el nombre de Jesús- estos signos que denotan algo muy importante: LO HACEMOS PORQUE JESUS SUBE A LA CRUZ. Lo contrario, en el fondo, es debilidad de fe.
14) No te avergüences de ser católico y cristiano. ¿Por qué todo el mundo dice lo que quiere y nosotros hemos de ser tan prudentemente peligrosos con nuestro silencio? ¿Por qué tan tolerantes con otras religiones y, tan poco respetuosos con la nuestra? Las raíces de nuestra tierra, recuérdalo, revívelo y manifiéstalo, son cristianas. ¡De ti depende!
15) Si vives bien y, además, arropado por el dinero, piensa que es una bendición de Dios. Comparte, algo por lo menos, con los necesitados. Una organización católica, tu parroquia, etc., serán el mejor cauce y el más seguro camino, para –no solamente hacer limosna- sino, además promover la justicia.
Lee todo esto, piénsalo, medítalo y, con Cristo, sube ligero de equipaje y con un corazón lleno de fe hacia la Pascua



Buscar este blog