Orando con la Palabra / Miércoles 21 de enero de 2026

 



Evangelio según san Marcos  3, 1-16



    Jesús entró en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, con el fin de acusarlo.
    Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «Ven y colócate aquí delante». Y les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?»
    Pero ellos callaron.
    Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» Él la extendió y su mano quedó sana.
    Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con Él.



Palabra del Señor.


“¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?”


En este pasaje del Evangelio, Jesús entra en la sinagoga y se encuentra con un hombre que tiene la mano paralizada. Los fariseos lo observan con desconfianza, atentos a ver si cura en sábado para poder acusarlo. Frente a esta actitud cerrada, Jesús plantea una pregunta decisiva: “¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?” El silencio de ellos revela un corazón endurecido.

Jesús mira con tristeza y enojo esa dureza de corazón, y sin embargo no deja de hacer el bien. Cura al hombre, mostrando que la ley está al servicio de la vida y no la vida al servicio de la ley. El sábado, día sagrado, alcanza su verdadero sentido cuando se convierte en espacio de liberación y misericordia.

Más adelante, vemos cómo Jesús se retira con sus discípulos y una multitud lo sigue buscando sanación y esperanza. En medio de esa multitud necesitada, Jesús elige a los Doce, llamándolos para que estén con Él y para enviarlos a predicar. La misión nace del encuentro personal con Jesús y de compartir su misma compasión por el pueblo.

Este Evangelio nos interpela hoy: ¿qué pesa más en nuestra vida cristiana, el cumplimiento externo de normas o el amor concreto al hermano? ¿Tenemos un corazón sensible al dolor del otro o nos refugiamos en actitudes rígidas que excluyen?

Jesús sigue pasando por nuestras “sinagogas” cotidianas, invitándonos a extender la mano, a dejarnos sanar y a convertirnos en discípulos que ponen el bien y la vida en el centro.


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