Orando con la Palabra / Jueves 15 de Enero de 2026
Evangelio según san Marcos 1, 40-45
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mando Moisés, para que les sirva de testimonio”.
Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a Él de todas partes.
Palabra del Señor.
“Si quieres, puedes limpiarme”
La audacia de la humildad: El leproso rompe las reglas al acercarse a Jesús, y su petición es hermosa: "Si quieres, puedes" No exige, confía. Nos enseña que para acercarnos a Dios no necesitamos fórmulas complicadas, sino reconocer con sencillez nuestra necesidad de ser sanados.
El toque que rompe barreras: Jesús hace algo prohibido por la ley de entonces: lo toca. Al hacerlo, Jesús nos dice que para Él no hay nada "sucio" o "impuro" en nosotros que le impida acercarse. Su amor es más fuerte que nuestros prejuicios o nuestros pecados. Él no se contagia de nuestra miseria, sino que nos contagia de su vida.
Sanación para la comunidad: Jesús le pide que se presente al sacerdote. No basta con sentirse bien por dentro; la sanación de Jesús busca reintegrar al hombre a su comunidad y a su fe. Dios nos sana para que volvamos a ser parte activa de nuestra familia y sociedad.
La alegría incontenible: Aunque Jesús le pide silencio, el hombre proclama lo que le ha sucedido. Es el recordatorio de que cuando experimentamos la misericordia de Dios de forma profunda, es casi imposible quedarse callado.

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