Lectura de la primera carta de san Juan 2, 12-17



Hijos, les escribo
porque sus pecados han sido perdonados
por el nombre de Jesús.
Padres, les escribo
porque ustedes conocen al que existe desde el principio.
Jóvenes, les escribo
porque ustedes han vencido al Maligno.
Hijos, les he escrito
porque ustedes conocen al Padre.
Padres, les he escrito
porque ustedes conocen al que existe desde el principio.
Jóvenes, les he escrito
porque son fuertes,
y la Palabra de Dios permanece en ustedes,
y ustedes han vencido al Maligno.
No amen al mundo ni las cosas mundanas.
Si alguien ama al mundo,
el amor del Padre no está en él.
Porque todo lo que hay en el mundo
-los deseos de la carne,
la codicia de los ojos
y ostentación de riqueza-
no viene del Padre, sino del mundo.
Pero el mundo pasa, y con él, sus deseos.
En cambio, el que cumple la voluntad de Dios
permanece eternamente.

Palabra de Dios.



San Juan habla en un lenguaje lleno de ternura, de la diferencia entre lo espiritual y lo mundano, entendiendo por mundano lo que excluye a Dios, lo malo. A Dios lo llama “el Padre”; a lo mundano, “el mundo”. Así como el mundo es el hogar donde tenemos que vivir nuestra espiritualidad, lo mundano, lo opuesto a Dios y a su Reino, es incompatible con el Padre, que quiere que vivamos en el mundo sin contaminarnos con el mal. ¿Cómo sabemos que estamos entre los que amamos al Padre y, sobre todo, entre los que somos amados por él? San Juan, no sólo en esta Carta, sino en todos sus escritos, insiste en los detalles que marcan toda la diferencia, particularmente en el amor a los hermanos. Lo contrario también se nota muy pronto; en general, todo lo que está en contra de la voluntad del Padre. San Juan, nada más nacer Jesús, nos pide que no huyamos del mundo, que lo amemos, que lo trabajemos, que lo mejoremos, que lo liberemos; o sea, que imitemos, también en esto, a Jesús a medida que recordamos y celebramos sus parábolas, sus milagros, sus gestos, sus encuentros, su compasión y su misericordia.

P. Juan R. Celeiro

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