Lectura del primer libro de los Reyes 18, 1-2a. 41-46



Al tercer año de la sequía, la palabra del Señor llegó a Elías en estos términos: «Ve a presentarte a Ajab, y Yo enviaré lluvia a la superficie del suelo».
Entonces Elías partió para presentarse ante Ajab, y le dijo: «Sube a comer y a beber, porque ya se percibe el ruido de la lluvia».
Ajab subió a comer ya beber, mientras Elías subía a la cumbre del Carmelo. Allí se postró en tierra, con el rostro entre las rodillas. y dijo a su servidor: «Sube y mira hacia el mar».
Él subió, miró y dijo: «No hay nada». Elías añadió: «Vuelve a hacerla siete veces». La séptima vez, el servidor dijo: «Se eleva del mar una nube, pequeña como la palma de una mano».
Elías dijo: «Ve a decir a Ajab: engancha el carro y baja, para que la lluvia no te lo impida».
El cielo se oscureció cada vez más por las nubes y el viento, y empezó a llover copiosamente. Ajab subió a su carro y partió para Izreel. La mano del Señor se posó sobre Elías; él se ató el cinturón Y corrió delante de Ajab hasta la entrada de Izreel.

Palabra de Dios.



El profeta Elías es el modelo bíblico para la vida monástica, dice el Papa Francisco; “por su vida de soledad y de asceta, y por su pasión por la alianza y la fidelidad a la Ley del Señor”. Elías se aísla, sube a la cima del monte, se encorva hacia la tierra y pone su rostro entre las rodillas; su cuerpo facilita la oración. Es un hombre de Dios, un contemplativo que gusta de las alturas y de la soledad. Su postura encorvada sobre la montaña para implorar la lluvia se asemeja al recién nacido en el vientre de su madre. Su oración de intercesión por el pueblo extenuado por la sequía, recibe respuesta de Dios que llega en forma de una pequeña nube como la palma de la mano. Una respuesta que se convierte en lluvia abundante y reparadora para un pueblo al límite de sus fuerzas. La promesa de la lluvia y su cumplimiento es signo de fecundidad. La intercesión de Elías por su pueblo mereció estos beneficios de Dios para con ellos. El mundo actual necesita almas de oración. Pidamos capacidad de discernir los “movimientos de la nube” que guía nuestro camino y reconocer en los signos pequeños y frágiles, la presencia del Señor de la vida y de la esperanza.


P. Juan R. Celeiro

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