Lectura de la profecía de Oseas 11, 1. 3-4. 8c-9



Así habla el Señor:
Cuando Israel era niño, Yo lo amé,
y de Egipto llamé a mi hijo.
¡Y Yo había enseñado a caminar a Efraím,
lo tomaba por los brazos!
Pero ellos no reconocieron que Yo los cuidaba.
Yo los atraía con lazos humanos,
con ataduras de amor;
era para ellos como los que alzan
a una criatura contra sus mejillas,
me inclinaba hacia él y le daba de comer.
Mi corazón se subleva contra mI
y se enciende toda mi ternura:
no daré libre curso al ardor de mi ira,
no destruiré otra vez a Efraím.
Porque Yo soy Dios, no un hombre:
soy el Santo en medio de ti,
y no vendré con furor.

Palabra de Dios.



El amor de Dios que se nos manifiesta en el corazón de Cristo se nos revela aquí con razagos paternales de entrañable hermosura, que ni en el mismo evangelio se manifiesta con acentos tan concretos.. La experiencia de paternidad del profeta le permite mostrarnos imágenes inolvidables de Dios. La ternura y el amor de Dios manifestados en su corazón le impiden a su justicia actuar contra aquellos que han sido infieles.  Es el mismo mensaje ardiente de Jesús: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo” (Jn 3, 17).La trascendencia de Dios, su santidad se expresan no en lo absoluto de la justicia, sino en lo absoluto de su misericordia. El hombre tiene tendencia a dejarse llevar por la venganza, por la cólera, Dios, afirma “Yo soy Dios, no un hombre”. Es mejor que nosotros.

P. Juan R. Celeiro

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